¿Es patriarcal la violencia? Por Andrés Irasuste

 

Desde que en la década de los años 70 la noción sexológica y psiquiátrica de “género” fue tomada por las feministas de New York y de Los Angeles, adaptándola -desde los planteos de la antropología transculturalista- a todo un discurso “antipatriarcal” de una nueva ola ideológica que algunos denominan new feminism, mucho se habla de violencia de género.  Desde ese entonces, cada vez que pensamos en “violencia” en las relaciones humanas enseguida mentamos en nuestro mundo imaginario y simbólico a hombres golpeando mujeres, o como dicen las feministas anglosajonas: un male-against-female act, un acto destructivo y violento unidireccional hombre → mujerTal noción ha sido elevada a la categoría de una verdad conceptual incuestionable desde que aquellos  movimientos sociales organizados colocaron a sus propios experts en las academias del mundo desarrollado, renovando así los respectivos cuadros institucionales (a veces incluso mediante la violencia física y mediática, lo cual es plenamente demostrable en sentido histórico), y desde allí produjeron teorías exportables hacia el tercer mundo para ser asimiladas indigestamente por academias que no tenían un reservorio teórico autónomo en la mayoría de los casos.

Ya no se necesita indagar en ideólogas como Wendy McKenna o Suzanne Kessler para comprender cómo se dieron las condiciones de surgimiento, puesto que los discursos emanados de las susodichas teorías producen certeza y convicción inmediata desde un aparato cultural muy bien establecido: a nadie le extraña que nuestras avenidas se inunden por momentos de carteles en donde un puño sale de la boca de un varón para golpear a una mujer. Por fin hemos admitido un triste y silenciado fenómeno por medio de una representación híper-real (aunque justa al parecer). Desde luego, aclaramos aquí que todo el peso de la ley y de la justicia debe recaer sobre aquellos hombres que incurren en tales prácticas abyectas. No obstante, aquí nos preguntaremos por otro aspecto de la cuestión que no suele ser abordado: ¿se trata de una imagen sociológica completa y adecuada en sí misma la que trasmiten tales discursos del new feminism? ¿Es la violencia estrictamente violencia patriarcal? Kessler & McKenna, pioneras de Chicago en hablar de “rol de género” sobre la base de la antropología transcultural y el relativismo epistemológico, establecieron en los 70 que el género es la adscripción de un cierto rol sobre los sujetos sobre la base de una pertenencia socio-cultural, lo cual fue el big bang de los planteos “de género” en el mundo feminista y académico. De este modo, “violencia de género”, posteriormente, será la concepción de que dentro de un determinado universo de roles, el hombre porta por antonomasia el rol del victimario.  

Battering:

En 1986 se publica en USA una investigación que dio (y que da) qué hablar. Su coordinadora fue una activista militante del Lesbian Task Force (Frente por un Accionar Lésbico, uno de los tantos movimientos de la sexual revolution aún en actividad), quien desde la década anterior se hallaba trabajando en la Comisión Nacional contra la violencia doméstica dentro de su país. El nombre de quien hablamos es de la psicóloga Kerry Lobel, la cual durante años se encargó de encontrar asistencia y refugio para mujeres maltratadas por sus parejas masculinas. Muchas de aquellas mujeres, debemos aclarar, provenían de relaciones heterosexuales previas, y por fin se habían liberado del hogar “tradicional” y androcéntrico, esa prisión burguesa por excelencia del mundo patriarcal basada en la obsecuencia de la mujer como simple “animal doméstico” (en palabras de Mary Wollstonecraft ya en el siglo XVIII).

Y sin embargo, la investigación no iba esta vez por el lado que todos y todas pudiésemos imaginar, sino que se trató de toda una nueva problemática que impactó en la comunidad de mujeres feministas y lesbianas, quienes no esperaban la nueva situación emergente. En los refugios, así como en las nuevas parejas formadas entre mujeres, ahora se observaba algo distinto e inesperado. La obra coordinada por Lobel es un compendio de artículos de diversas psicólogas y asistentes sociales norteamericanas que trabajaron con esta comunidad de mujeres: ‘I began to realize that there was violence in lesbian relationships. Women were beating and terrorizing other women. I was shocked and dismayed’, afirma Barbara Hart (“comencé a darme cuenta de que había violencia en los vínculos entre lesbianas. Estaba shockeada y consternada”). (Lobel, 1986, p. 9) Asombroso: las mujeres, específicamente lesbianas, podían golpear, agredir y humillar a otras mujeres, tal como siempre el feminismo señaló (y señala) respecto a los hombres, eterna encarnación del sexismo patriarcal. Es que el abuso y la violencia, tal como dice DonnaCecere, siempre fue mentado y conceptualizado como un male-against-female act. (Lobel, 1986, p. 23) Más asombroso nos resulta el cómo las feministas se consternan.

Este mundo subterráneo de lesbian battering -“maltrato lésbico”-, era (¿es?) un mundo solapado dentro de los muros del silencio de lo políticamente correcto ya desde los tiempos de la revolución sexual feminista de los 60. De eso no había que hablar, no era conveniente, y Barbara Hart nos explica en parte por qué: ‘we were so clear about violence as a mechanism for control and domination of heterosexual women. We did not make the connection necessary to recognize the violence in lesbian relationships.’ (“Estábamos tan esclarecidas de que la violencia como acto es un mecanismo para el control y la dominación de la mujer heterosexual; no hacíamos la necesaria conexión de reconocer la violencia en las relaciones entre lesbianas”(Lobel, 1986, p. 10) Claramente, un mundo donde las propias feministas revolucionarias podían comportarse acorde a los mismos patrones que los verdugos, aquellas que estaban llamadas a echar por tierra el patriarcado milenario, era un mundo donde los nuevos esquemas se agotaban e implosionaban sobre sí mismos. No convenía esparcir demasiado la noticia.

Lydia Walker trabajó con mujeres golpeadas y abusadas por otras lesbianas (incluso mediante relaciones sexuales forzosas), y describe patrones de conducta muy similares a los observados en la conducta masculina y “machista”: luego del maltrato, adviene una fase de pseudoarrepentimiento, la “luna de miel” de la violencia lésbica, para luego, una vez recuperado el control embelesando a la contraparte maltratada con falsas promesas, arremeter de nuevo con todo contra la compañera, produciendo distintos daños físicos y emocionales. (Lobel, 1986, pp. 73-76)

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Ante este inesperado fenómeno de lesbian battering -que sacudió la buena consciencia de las feministas radicales- hubo ahora que definirlo técnica y conceptualmente. Finalmente, las lesbianas podían cometer asaltos violentos, destrucción de propiedad ajena, violencia dirigida a los amigos y familia de la pareja, chantaje económico y emocional sobre la víctima, así como incluso abuso sexual. Sí. Dice Barbara Hart:

            Lesbian battering is that pattern of violent and coercive behaviors whereby a lesbian seeks to control the thoughts, beliefs or conduct of her intimate partner or to punish the intimate for resisting the perpetrant’s control over her. (Lobel, 1986, p.173).       

  (“El maltrato lésbico es ese patrón de comportamientos coercitivos y violentos mediante los cuales una lesbiana busca controlar los pensamientos, las creencias o conducta de su compañera íntima, así como castigarla en la intimidad por resistirse a los controles de la perpetradora.”)

Al parecer, entonces, las lesbianas podían practicar la violencia para ganar control sobre sus víctimas después de todo, mediante la coerción y la intimidación, tal como hacen los hombres del horrendo patriarcado cultural. (Lobel, 1986, p. 174) El daño puede llegar a ser incluso sexual, practicando la violación, el acto sexual forzado, armas para amenazar e intimidar sexualmente, el sex on demand (sic), lenguaje sexualmente denigrante, incluso…negarle a la pareja el derecho reproductivo, dice Hart. (Lobel, 1986, p. 188)

Nancy Hammond, en un acto de insight reflexivo, expresa cuán dura es esta realidad, realidad que siempre se creyó propia del perverso hombre, con sus tendencias despóticas e incluso fascistas (en el new feminism, el coito heterosexual es teorizado como un “acto fascista” en sí mismo), y afirma: ‘It is hard for us to acknowledge that a woman we love is capable of being cruel, violent, and brutal’. (“Es duro para nosotras concientizarnos  de que una mujer a la que amamos es capaz de ser cruel, violenta y brutal.”) (Lobel, 1986, p. 195)

Disociación entre teoría y realidad sociológica:

Una primera conclusión que podemos extraer es que el universo teórico del feminismo lésbico radical de fines de los 60, con todo su radicalismo y tenor subversivo, era simplemente algo muy por debajo de la realidad de la naturaleza humana y sus posibles, e incluso por detrás de la realidad sociológica de su tiempo. Queriendo hacer figurar para la lucha ideológica una violencia atribuible a una supuesta realidad patriarcal, el new feminism no daba cuentas de todo un conjunto de violencia estructural (si apelamos al concepto del sociólogo noruego Johann Galtung)

Como muy bien ha dicho una feminista de altura como Elisabeth Badinter, este se trata de un “feminismo victimista“, aquel que identifica de forma completamente maniquea al Bien con el siempre presunto “sexo oprimido” (la mujer), y con el Mal al sexo opresor (el hombre, bañado por el fantasma del Patriarca). Esta ideología produce ciertos fenómenos culturales como ser en Francia a fines de los años 90, en donde se decía que la violencia siempre es violencia sexuada (masculina), o en España, donde se dice que la violencia conyugal produce más muertes que ETA. (Badinter, 2003, pp. 49 ss.) Por ello, por su postura maniquea, la mujer violenta resulta un tópico impensable para estas corrientes (una “zona gris” del feminismo dice la autora); hablar sobre ello es un tabú. Pero como muy bien dice una vez más Badinter, se sabe que la mujer puede ser muy violenta, puede ser infanticida, puede humillar al otro, puede asesinar pasionalmente o a sangre fría, y que históricamente incluso ha participado en genocidios, como por ejemplo las oficiales mujeres del régimen nazi de los campos de concentración. (Badinter, 2003, p. 62) Es que los planteos del new feminism parten de una falsa concepción de naturaleza humana, aquella que plantea que el sujeto es tan sólo una tabula rasa, una “superficie de inscripción” en donde la sociedad y la cultura dejan la marca de un conjunto de relaciones sociales de dominación, siendo el varón el verdugo y agente de dichas relaciones de dominación. De este modo, el male against female act sería el resultado concomitante del conjunto de las relaciones de dominación y explotación patriarcales. Muy pocas feministas se interesan en la violencia de la mujer, aunque afortunadamente Badinter sí lo hace en un acto de honestidad intelectual encomiable.

Pero, ¿cómo se explica este asombro, este pasmo de parte de ciertas feministas frente a una realidad que a nosotros para nada nos asombra? Y no nos asombra, simplemente, porque no existen motivos para creer que la mujer no sea capaz acaso de alcanzar altos niveles de agresividad y violencia en condiciones psicológicas propicias. Desde un punto de vista de la constitución biológica innata, el hombre tiende a ser más agresivo que la mujer, esto es verdad, debido no sólo a las posibilidades que brinda su más promisoria constitución física, sino su configuración hormonal. No obstante, no son sólo las hormonas las responsables de la agresión y la violencia, y los antropólogos lo saben muy bien. Citamos a Marvin Harris:

            Tanto los hombres como las mujeres pueden llegar a ponerse muy agresivos con bajos niveles de testosterona. (…) En palabras de Irwing Bernstein (…): ‘Con el desarrollo de la corteza cerebral, las influencias hormonales sobre el comportamiento del primate no se pierden, pero pueden ser sustituidas.’ Si esto es cierto en el caso de los monos, todavía debe serlo más en el de los humanos. (…) En las sociedades industriales (…) las mujeres están aprendiendo a competir agresivamente con los varones por los puestos profesionales y directivos más cotizados. (2010, pp. 244-247)

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Es decir, bajo circunstancias ambientales, y podríamos decir que también psicológicas, incluso con bajos niveles de testosterona, hombres y también mujeres pueden desarrollar una marcada conducta agresiva. Si lo vemos en términos  psicoanalíticos, no existe ningún motivo para suponer que en la mujer no habite -al igual que en el hombre- una pulsión destructiva, lo que Freud denominaba pulsión de muerte,  que puede dirigirse hacia uno mismo (autoagresión) pero también hacia los otros. Más aún, tal como trae a colación Harris, la posmoderna vida contemporánea genera aún más las condiciones para ello. Lo que a nuestras psicólogas y asistentes sociales feministas de USA les sorprende, a nosotros nos parece lo más esperable del mundo. Es evidente que la violencia femenina también existe, aunque desde luego, las investigaciones académicas sólo apuntan a indagar terrenos de los cuales existe una demanda de investigación. ¿Cómo conocer la magnitud real de un acontecimiento si este primero no es reconocido en su existencia para establecerse luego una demanda de investigación? El new feminism aplica la desmentida de lo real sobre todo un sector del campo social.

 Un ejemplo de efecto político y social del new feminism como ideología maniquea:

 ¿Tienen estos planteos consecuencias sociológicas palpables? Claro que sí, mencionaremos el ejemplo de España. La propia TV Danesa (tal como mencionamos en nuestro segundo capítulo) ha hecho un reciente documental (Falsas acusaciones en España) acerca de cuáles son los efectos sociológicos de estas concepciones de género desde que fueron implementadas por el PSOE. (véase: http://www.youtube.com/watch?v=GjgBfklmYj8)

Los creadores de este proyecto legal y político son los cuadros, precisamente, de activistas feministas de género que conforman distintos sectores del PSOE, las mismas que ocupan el llamado Ministerio de Igualdad español.

La propia TV Danesa define lo que acontece como una oculta tragedia nacional: la magistrada María Sanahuja, en acto de honestidad ética, legal e intelectual, ha dicho que muchas mujeres utilizan pérfidamente y por venganza el nuevo código penal para obtener ventajas sexistas de género. Basta que una mujer haga una llamada telefónica e inmediatamente se detiene al hombre (esto también ocurre en Escandinavia) sin que se escuche su versión y sin presentar pruebas o testimonios. Sólo por ser hombre el implicado, el delito ya se encuentra previamente agravado en lo jurídico. El abogado Javier Pérez-Roldán opina que ello, jurídicamente es “una barbaridad”. Este modelo, dice la propia magistrada Sanahuja, hace de la palabra de la mujer la única verdad a ser escuchada por medio de una jurídica “presunción de veracidad de la denunciante”. En muchos casos los denunciados son verdaderos hombres violentos y agraviantes, pero muchos otros (miles según la TV Danesa) no lo son, y el sistema no está filtrando los casos.

A estos desventurados no se les permite hablar ni hacer preguntas en las Cortes, y a veces ni siquiera son interrogados por los jueces. Estos detenidos son automáticamente desprovistos del derecho a ver a sus hijos, y son expulsados de sus propiedades para quedar en la calle, sin que existan programas de atención psicológica o siquiera de refugio para los mismos. Muchos terminan en la marginalidad y la mendicidad, además de ser cuantiosamente multados. Históricamente, a décadas de distancia, existe algo que está claro: el maniqueísmo ideológico no promueve la búsqueda de la verdad, sino que sus postulados son funcionales a una guerra psicológica con otros fines.

Si esto no es un atentado contra los derechos humanos y el Estado de Derecho -como resultado de la ideología de género llevada a lo jurídico-, entonces ya no sabemos qué es. Zapatero se jactó en su momento de que esta es la ley más avanzada de las democracias del mundo. Pero lo cierto es que se trata de la subyugación del Estado de Derecho al poder de los lobbies  activistas feministas, quienes introducen un enorme daño y entropía en la sociedad, una auténtica sexual warfare que destruye la familia y las relaciones entre hombre y mujer. Consideramos la posibilidad de que esto pueda llegar a suceder en Uruguay, así como en países de nuestra Hispanoamérica.

¿es “de género” la violencia? 

No es este el espacio en sí mismo para discutir el uso conceptual de la noción de género. No obstante, creemos que la violencia no es de género. La violencia meramente es violencia siempre y en todos los casos, y seguramente es también estructural en lo sociológico, como adelantó Galtung. La violencia, en tanto ejercicio de relaciones de poder que afectan destructivamente al otro, lejos está de ser unidireccional, un simple male-against-female-act. La violencia no tiene dirección unívoca, porque las relaciones de poder circulan en red. El hogar puede perfectamente ser una red de circulación de violencia que exceda con creces el binomio unidireccional hombre →mujer, sino que siempre existe unfeed-back que retroalimenta el circuito de la violencia de múltiples formas. Y lo mismo se aplica a todo el campo social.

Por demás, la violencia es el resultado de un dato de la naturaleza humana: nuestra agresividad constitutiva. Y no en vano, el feminismo de género se ufana en negar la existencia de la naturaleza humana sobre la base de postulados constructivistas y sociologistas heredados del postestructuralismo francés, pero la psicología, la neurociencia y la biología lo señalan con el dedo epistemológico exigiendo verdad.

El problema está en que, al no existir una demanda de investigación de otras direcciones de la violencia que excedan la concepción unidireccional, no sabemos cuál es su verdadera magnitud.  ¿Qué sucedería si planteásemos en la academia la propuesta de indagar la violencia de las relaciones no-heterosexuales? ¿Se conseguirían fondos para una investigación tal? Sería muy interesante ver la reacción.

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