Por qué pasó lo que pasó. Por Vicente Massot

La derrota que acaba de cosechar el gobierno ha sido autoinfligida. No resultó, pues, obra de un arco opositor que se hubiese puesto de acuerdo para embestirlo y hacerlo trastabillar ni de una Corte Suprema interesada en empujarlo a Mauricio Macri contra las cuerdas. En cuanto hace al peronismo, al Frente Renovador y a los saldos y retazos del kirchnerismo, ninguno tuvo arte ni parte en el asunto. En lo que respecta al supremo tribunal de la Argentina, y contra cuanto podría pensarse a primera vista, tampoco fue el artífice del revés sufrido por la Casa Rosada en el tema de las tarifas. La resolución adoptada en conjunto por los cuatro ministros de ese organismo tuvo algo de salomónica y mucho de prudente. Si hubiera querido introducir un palo en la rueda de la administración de Cambiemos, le hubiese bastado con extender a los usuarios comerciales el derecho de la acción de clase que le reconoció a los domiciliarios. En el caso de obrar conforme a ese criterio, hoy el oficialismo estaría frente a una de esas crisis de las cuales no siempre se sale bien parado. Pero era un valor entendido que la Corte, como lo dijimos hace siete días, no tenía intención ninguna de jugar con fuego en los umbrales de un polvorín ni estaba dispuesta a obligarlo al gobierno a dar un salto al vacío.

En realidad las pérdidas —que no hay razón para exagerar— han sido en su totalidad del macrismo, con la particular coincidencia de que no ha habido ganadores. Quienes en las antípodas del oficialismo saltaron de alegría cuando se conoció el dictamen de la Corte, se dieron el gusto de celebrar el traspié de sus enemigos. Nada más. Puede, inclusive, que hayan descorchado champagne, pero no sumaron puntos en su favor ni adelantaron un solo casillero a expensas de los que salieron perdidosos en el trance. Por un motivo sencillo: los dueños temporarios de Balcarce 50 se dieron por notificados de que en su camino había un rastrillo y, en lugar de rodearlo o de agacharse para hacerlo a un lado, lo pisaron con la vehemencia de los atolondrados y sufrieron el daño que era de imaginar. Semejaron a un boxeador que, en lugar de afanarse por impactar a su contendiente, se hubiera empecinado en pegarse a sí mismo.

Conviene ir por partes y separar el proceso anterior a la resolución de la Corte de la sentencia del máximo tribunal, y a ambos del escenario que ha quedado planteado después del jueves último. Macri, la jefatura de gabinete y el ministro de Energía habían rivalizado en punto a las torpezas cometidas, ininterrumpidamente, en el tema de marras. Casi podría decirse, sin incurrir en exageraciones, que habían hecho casi todo mal. No en términos de la decisión de fondo sino a la hora de pasar de la teoría a la práctica e implementar un alza que cualquiera sabía que traería cola. No quisieron llamar a audiencias públicas, no pusieron a la sociedad en autos de la herencia que los obligaba a aumentar las tarifas y se olvidaron de efectuar un juego de simulación previo para evitar sorpresas desagradables en el porcentaje de las alzas, una vez que las boletas resultasen impresas y comenzaran a llegar a los usuarios de todo el país. Habría sido demasiada suerte que salieran indemnes luego de tamaña acumulación de errores.

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Con todo, Mauricio Macri se aferró a un libreto que, abierta la instancia judicial, requería como condición necesaria a los efectos de salir airoso un interlocutor ante la Corte con el suficiente calado intelectual y moral como para no desentonar y no resultar objeto de impugnaciones. Características —las mencionadas— nada fáciles de encontrar en una misma persona. Lo increíble del caso es que el macrismo nunca se preocupó por buscarla. Conclusión: improvisó sobre la marcha y amontonó de manera desordenada a varios funcionarios y otros notables sin cargo alguno en la administración, que fueron llevando mensajes de Balcarce 50 y trayendo impresiones —no siempre confiables— de los despachos de los ministros de la Corte, hasta convertir en inservible ese camino de ida y vuelta.

En un país en donde las relaciones con los jueces son más importantes que los códigos, y las instituciones resultan infinitamente más débiles que los poderes fácticos, carecer de un operador político que se encargue de mantener aceitada la relación de la política con la justicia supone, o bien un desconocimiento peligroso de la realidad en la que nos movemos —más cercana a las prácticas que se cultivan en el Riachuelo que a las usuales en Ginebra o Estocolmo— o bien una dosis de soberbia que, a la larga, es mala consejera. Como quiera que sea —por lo uno o por lo otro— Macri no tiene interlocutores válidos ni con los magistrados de Comodoro Py ni con el supremo tribunal de la Nación. De ahí la improvisación, que terminó con los correos chocándose en los pasillos.

No es que Ernesto Sanz, Germán Garavano, Pepín Rodríguez Simón, el Procurador del Tesoro, el Secretario Legal y Técnico de la Presidencia y varios más que oficiaron de mensajeros no sirvieran para nada. Todos hicieron lo que pudieron y en más de un caso cumplieron su función sin que haya nada que reprocharles. El meridiano del problema no pasa por ahí. El vicio se halla en la falta de consistencia que, nuevamente, dejó en evidencia Macri. Ya se había equivocado él y sus asesores a poco de comenzar su gestión, forzando el nombramiento de los dos nuevos miembros de la Corte. En ese entonces dieron la batalla equivocada en el lugar equivocado. En tren de apelar a un decreto presidencial, el empeño deberían haberlo puesto en desalojar a Alejandra Gils Carbó y no en hacerlos ingresar a Horacio Rosatti y a Carlos Rosenkrantz por la ventana. Volvieron a fallar ahora.

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Fue una derrota por dos razones primordiales: las consecuencias fiscales de dejar sin efecto los aumentos a los usuarios domiciliarios hasta después de consumadas las audiencias públicas y sin posibilidad de hacerlos retroactivos, y el escenario de incertidumbre que plantea el hecho de tener que volver en parte sobre sus pasos, morder el freno y corregir algunos capítulos de la estrategia del ajuste. Nada que no pueda sobrellevarse ni que plantee una situación de ingobernabilidad a corto o largo plazo. Nada que autorice a realizar pronósticos tremendistas o a suponer que el revés sufrido obligará al oficialismo a cambiar el libreto, despedir a un par de ministros y empezar de cero. Pero que fue derrota, no hay duda.

Que el porrazo que se pegó el gobierno no haya sido fatal debería de todos modos enseñarle, por un lado, que nos hallamos lejos de las instituciones que brillan en los países verdaderamente desarrollados. Motivo suficiente para hallar a un interlocutor que, salvando honores, no puede tener el perfil de Daniel Angelici. Por el otro, que la Corte Suprema cambió y ya no será nunca más la misma. Si para muestra vale un par de botones, téngase presente que Horacio Rosatti mantuvo hasta último momento la posición más dura de entre sus pares, y que Carlos Rosenkrantz postergó, en un momento crítico, su ingreso al tribunal y recién se sumó al mismo anteayer. Por si alguien lo olvidó, son los dos ministros que eligió Mauricio Macri.

Por momentos el presidente da la impresión de que, cuando debe tomar decisiones, se deja llevar por prejuicios o caprichos contraproducentes. Acierta en la definición de los problemas y, a la par, comete errores en la implementación de las políticas públicas. El ajuste tarifario era imprescindible, ¿pero a título de qué obviar las audiencias? Si Daniel Angelici no sirve, ¿por qué prefirió encargarle a las apuradas a muchos —sin relación entre sí— cuanto hubiese podido cumplirlo mejor uno solo al mando de un equipo serio? Son preguntas difíciles de contestar.

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