Un país en las antípodas de un ideal. Por Cosme Beccar Varela  

Ni optimistas ni pesimistas: realistas. Eso es lo que debemos ser. Sin embargo, es más fácil ser optimista cuando a uno le va bien y ser pesimista cuando a uno le va mal. La situación general suele ser inadvertida por la generalidad de la gente porque el egoísmo, la falta de inteligencia y de imaginación hacen que uno tienda a no considerar la situación general con la misma perspicacia que la propia. Se olvida con facilidad que nadie puede ser feliz ni tener cierta seguridad del mañana si la situación general no garantiza la vigencia de los principios saludables en que se funda la sociedad humana.

¿Cuáles son esos principios? Enumeraré los principales y Ud. juzgará si la situación en que vivimos reúne las condiciones necesarias como para confiar razonablemente en el futuro (aunque como verá al final, no pude impedir hacer mi propia y breve evaluación ).

1) Una sociedad no puede existir sin una autoridad. No puede convivir con la anarquía, es decir, con el dominio de fuerzas disolventes que se dedican a arrebatar ventajas por medio de la violencia o el engaño, sin que haya una fuerza superior regida por la Justicia que las contenga y obligue a respetar el derecho de los demás.

2) La autoridad no es simplemente el poder en manos de alguien o de varios que lo usen para utilidad de sus intereses personales o de ideologías falsas. Es esencial que la autoridad esté en manos de personas con calidad e idoneidad suficiente, al servicio del bien común y amor a la Justicia.

3) Nadie puede reunir esas cualidades sino tiene temor de Dios, del Dios verdadero, Creador del cielo y de la tierra, que premia a los buenos y castiga a los malos. El general Loudon, jefe siempre victorioso del ejército del Imperio de los Habsburgo del siglo XVIII, cuando estaba muriendo reunió a sus oficiales y les dijo: “Sin temor de Dios no es posible verdadera probidad ni valor.” (Historia Universal, Juan Bautista Weiss, tomo XIV, pag. 749). Y ese general les hablaba a militares cuyo oficio era la guerra y no el gobierno, que abarca un número mucho mayor de decisiones que las del combate. Con mucho más razón se aplica a los gobernantes.

4) Una sola injusticia cometida o tolerada por un gobierno es suficiente para descalificarlo y hacerle perder la confianza que es la base de la Autoridad. Tanto más cuanto mayor sea la injusticia y mayor la pertinacia en mantenerla.

5) La sociedad constituye una compleja composición de superpuestas jerarquías naturales, respetadas y mantenidas con voluntaria aceptación de todos y por todos. Cada superioridad es protectora de los inferiores, sin violencia ni abuso, y todo subordinado mantiene su posición dignamente sin sentirse humillado ni en estado de rebelión. La naturalidad de esas jerarquías, que son innumerables, no debe descuidar la constante vigilancia de ese orden para reencauzar a los soberbios de arriba y a los díscolos de abajo. La inversión de ese orden, o sea que el inferior sea el superior y éste el inferior,  es la esencia de la subversión y hace imposible la convivencia.

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6) Toda sociedad bien constituida acepta reglas morales conformes con la ley natural. Los delincuentes, los inmorales,  los corruptos deben ser impedidos de dañar y de pervertir a los demás, y castigados si lo hacen.

7) Un Poder Judicial independiente, inteligente, honesto, insobornable, valiente, sin dejar de usar misericordia cada vez que las circunstancias lo indiquen y lo permitan, debe resolver los conflictos con serenidad e imparcialidad constantes, sin hacer acepción de personas ni favorecer al gobierno en perjuicio de los particulares, ni a un rico o a un pobre por ser tal. Uno de los consejos sabios que le dio Don Quijote a Sancho Panza cuando fue a gobernar la ínsula de Barataria fue. “Que las lágrimas del pobre te muevan a más compasión, pero no a más justicia que las razones del rico”.

8) Las sanas costumbres, o sea, las leyes consuetudinarias, deben ser mantenidas indefinidamente, mientras no se pruebe categóricamente y con un consenso general, que son perjudiciales. Las leyes deben ser pocas, justas y claras. Los tributos y otras cargas públicas deben ser lo más livianos que sea posible. La máquina del gobierno (mal llamada “Estado”, palabra repugnante a la tradición de la civilización cristiana) debe ser eficiente y ahorrativa. Los funcionarios públicos deben ser siempre accesibles a todos y dedicados enteramente a servir el bien común, sin abusar de su poder ni aprovecharse personalmente del prestigio y facilidades de sus cargos. Los injustos, los duros de corazón, los corruptos y los ineptos, no deben acceder jamás a un cargo público.

9) Las familias, basadas en el matrimonio monagámico de un hombre y una mujer, son la célula de la sociedad y el lugar natural en que nacen, crecen y se educan los seres humanos. Protegerlas es deber esencial de la Autoridad así como también favorecer las asociaciones educativas y la escuela pública para que suplan lo que las familias no pueden dar.

10) Toda sociedad bien constituida debe sostener fuerzas armadas eficientes basadas en el honor, en la fidelidad al bien común, en la disciplina y en la autorestricción que impida toda violencia innecesaria. Sin perjuicio de eso, toda persona de bien, debidamente instruida, debe tener el derecho de usar armas para su defensa.

11) La libertad legítima (no el libertinaje) es la base de la cultura y de la civilización. Ningún pueblo puede progresar en la ciencia, ni en las artes, sin esa libertad. Las leyes deben dictarse para sostener esa libertad y no para restringirla ni entorpecerla con intervenciones gubernativas, que ni de derecho ni de hecho, constituyan acciones u actos que aplasten la actividad personal; deben amparar el derecho de propiedad privada; no impedir el derecho de transitar, de asociarse y de vivir como cada uno sabe que puede vivir según su capacidad.

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ACLARO que no es necesario que el gobierno sea confesionalmente católico para que esas condiciones básicas se cumplan. Ni siquiera conviene, en este momento, lo sea, visto y considerando el estado calamitoso del Clero.  Basta que se trate de personas de bien que cumplan honesta y seriamente la ley natural que todos los seres humanos conocen.

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¿Se cumplen en la argentina estos principios de una sociedad sana y fuerte, como para ser optimistas frente al futuro? Yo creo categóricamente que NO, DE NINGUNA MANERA.

Para sólo dar algunos ejemplos: Macri no podría ser jamás el Presidente de una nación que los respetara. A lo sumo podría ser un industrial modesto, si fuera bien vigilado como para impedir que engañe en la calidad de las materias primas.

Un Rodriguez Larreta jamás podría ser Intendente de una ciudad que fuera como era Buenos Aires, llamada exageradamente pero con cierto fundamento, “la Paris de América”, sino a lo sumo un policía de tráfico de servicio en una garita ubicada en algún cruce de calles sin semáforo.

Marcos Peña, no podría ser “jefe de gabinete” sino celador de algún colegio de barrio con un Director severo que no le permita envanecerse con su poder sobre los alumnos. Y así sucesivamente.

En cuanto al respeto de las jerarquías naturales, el peronismo, el sindicalismo, el piqueterismo, la agitación de izquierda, lo han destruido completamente, imponiendo su sinrazón mediante patadas frenéticas aplicadas al espinazo nacional. Su lugar apropiado sería en una cárcel ubicada en alguna de las islas del Sur, lo más alejada posible del continente.

Poder judicial, aquí no hay. Lo que hay son unos individuos de ambos sexos ubicados en lugares llamados “tribunales” que no sirven a la Justicia, a no ser alguno que otro y no siempre. Sólo servirían para alcanzar expedientes en las Mesas de Entradas de algún Juzgado con un buen Oficial Primero que les tuviera el ojo encima para no permitir desatenciones al público.

Y así sucesivamente. Complete Ud. los innumerables blancos de esta brevísima comparación…

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