Por el odio a la hegemonía. Por juan Manuel de Prada

Aunque sus burdos detractores se obstinen en presentarlos como una jarca de perroflautas ignaros, los dirigentes de Podemos son sin duda alguna nuestros políticos más leídos; y, sobre todo, los que mayor aprovechamiento sacan de sus lecturas.

Seguramente el autor que más haya influido a los dirigentes de Podemos (con permiso de Maquiavelo) sea Ernesto Laclau. Este verano he aprovechado para leerlo y penetrar en el meollo de su propuesta política, extraordinariamente desasosegante. En Hegemonía y estrategia socialista, obra escrita en colaboración con Chantal Mouffe, Laclau dispensa vituperios a todo pensador que trate de buscar vías democráticas al socialismo, desde Habermas a Touraine, pasando por Giddens. Y frente a las corrientes de filosofía política que abogan por una democracia de tipo “consensual”, postula que la supervivencia de la izquierda requiere el «establecimiento de una nueva hegemonía».

Aquí el lenguaje de Laclau se torna oscuro, se retuerce y enturbia, recurre a la elipsis y el circunloquio para disimular sus intenciones. Pero la lectura atenta de su obra nos permite descifrar finalmente sus palabras: Laclau aspira a alcanzar esa hegemonía a través de un «juego que elude el concepto», en donde «los jugadores no llegan a ser plenamente explícitos». Para Laclau, la «nueva lógica política» exige difuminar los conceptos y recurrir constantemente al engaño. ¿Y cómo se logra ese engaño? Laclau reconoce sin rebozo que el proletariado ya no puede ser protagonista de la revolución. En cambio, señala nuevos movimientos y minorías con inmenso potencial revolucionario: feminismos, ecologismos, minorías étnicas y sexuales, etcétera. Y afirma que sus reivindicaciones deben ser rearticuladas como «relaciones de opresión (…) de las que puede surgir un antagonismo». Es decir, Laclau considera que hay que halagar a feministas, homosexuales, ecologistas o musulmanes; y, al mismo tiempo, alimentar su odio y resentimiento (el “antagonismo”), para alcanzar el poder azuzando sus insaciables reivindicaciones.

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A Laclau no le interesa solucionar los problemas sociales, sino enervarlos, exacerbarlos, para luego sacarles rédito político. Por supuesto, sabe que una sociedad alimentada por los antagonismos es una sociedad hórrida e inhabitable; pero, a su juicio, sólo esa sociedad enviscada como un nido de áspides permitirá construir la hegemonía y conquistar del poder. En La razón populista, su obra más emblemática, Laclau se permite ser más explícito cuando escribe sin ambages que, para que estos movimientos sean plenamente efectivos, hay que crearles un enemigo común al que puedan odiar: «Lo que hace posible la mutua identificación entre los miembros es la hostilidad común hacia algo o hacia alguien». Por supuesto, ese enemigo puede adquirir diferentes máscaras coyunturales; pero en último término alude al orden cristiano.

Laclau quiere crear una sociedad sobre el disolvente de la discordia. Nada que ver, pues, con una auténtica comunidad política, sino más bien con su antípoda: una anticomunidad de hombres envenenados de odio y conflictividad que serán utilizados por los demagogos. Podemos, en efecto, ha leído con gran aprovechamiento a Laclau. Resulta muy revelador que, a la vez que ignora las reivindicaciones clásicas de los trabajadores (aunque los enardezca con sus soflamas), promueva todo tipo de iniciativas para halagar a homosexuales, feministas, ecologistas o musulmanes, que son los tontos útiles –unidos en la hostilidad contra un enemigo común– que permitirán crear una “sociedad antagónica”, paso previo para alcanzar la hegemonía.

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