Mié. Jun 29th, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Ocho escenarios que es mejor descartar. Por Vicente Massot

Los análisis políticos están hechos siempre con base en suposiciones y conjeturas que el curso ulterior de los acontecimientos pueden confirmar o desestimar. Si bien las más de las veces tratan acerca de lo que parece probable que suceda, es conveniente tener en cuenta también aquello que, por mucho que se lo mencione y se lo dé como posible, no habrá de ocurrir. Es una manera de despejar el camino y no perder el tiempo imaginando escenarios que sólo un milagro podría transformar en realidad. Brevemente consideradas aquí se enumeran ocho futuribles que, o son puras expresiones de deseo, o resultan sólo sueños.

1- Que Alberto Fernández asuma su mayoría de edad política.

Desde el mismo momento en que comenzaron a separarse los caminos del presidente de la República y de la vicepresidente, las especulaciones respecto de cuándo el primero terminaría por dar una demostración de autoridad y se independizaría de la viuda de Kirchner, fueron una constante. El tema se ha analizado del derecho y del revés y ahora ha recrudecido como producto del miedo que causa en algunos de los principales empresarios nacionales la idea de que la Señora llegase a ocupar el sillón de Rivadavia. Los hombres de negocios, buena parte de los gobernadores y la totalidad de los incondicionales del primer magistrado desearían que éste un buen día dijese Basta, hasta aquí llegué y rompiera los lazos que le sujetan a su principal enemiga. Pero no es inteligente pedirle peras al olmo. De la misma forma que Héctor Cámpora jamás hubiese osado rebelarse contra Juan Domingo Perón y que a Daniel Scioli no se le hubiera pasado por la cabeza antagonizarlo a Néstor Kirchner, el hombre al que Cristina Fernández puso en la Casa Rosada carece del temple y de la personalidad necesarias para dar un paso de ese calibre. Por eso lanza indirectas, juega con las palabras, verbalmente la va de guapo y poco más.

2- Que haya un llamado conciliador entre los Fernández.

Los dos saben que el gobierno, en medio de una pelea como la que se viene desarrollando en el seno del oficialismo, perderá las elecciones del año próximo. Asimismo, no se llaman a engaño sobre el peligro que los sobrevuela en punto a la fragilidad del Frente de Todos. Si éste terminase por romperse, los dos antagonistas correrían el riesgo de llegar tercero y cuarto en los comicios venideros. Sin embargo, como se detestan, ninguno quiere dar su brazo a torcer. El presidente, en razón de que considera que no le corresponde a él tomar esa iniciativa. La vice, porque cree que no hay nada que, a esta altura, pueda encarrilarse. Aquél no la llamará, aunque estaría dispuesto a hacer casi cualquier cosa con tal de no continuar sufriendo el fuego amigo de la Señora. Ésta, en virtud de que lo considera un desagradecido, y hasta un traidor.

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3- Que el peronismo se encolumne detrás del presidente.

Hay dos motivos en virtud de los cuales esto no sucederá. Por de pronto, la deriva de la administración actual es desastrosa —basta leer las encuestas cualitativas sobre la opinión que tiene el grueso de la ciudadanía acerca de su futuro y del futuro del país para darse cuenta de ello. Los mandatarios provinciales y los principales intendentes no quieren acompañar un gobierno al que juzgan fracasado. Por el otro lado, los caudillos peronistas del interior del país no confían en Alberto Fernández y obraran en consecuencia: adelantarán las elecciones provinciales con el propósito de despejarse de la compulsa presidencial y tratarán, así, de salvarse solos.

4- Que haya un crecimiento sostenido de la economía y un descenso pronunciado de la inflación.

No hay un solo dato o fundamento serio a los efectos de pensar que, en los meses que le falta al presidente para completar su mandato, exista la más remota posibilidad de que se ponga en marcha un plan de estabilización que ofrezca resultados positivos y palpables para la población antes de los comicios. Alberto Fernández ha atado su suerte a la de Martin Guzmán, Matías Kulfas y Cecilia Todesca, y —si acaso debiera verse en la necesidad de realizar algún cambio en el gabinete— no pasará de un afeite menor. Mientras exista el grado presente de incertidumbre y las contradicciones y disputas sigan siendo moneda corriente entre los dos bandos enemigos que habitan el gobierno, ni la economía podrá crecer ni la inflación tendrá una baja sustantiva. Por el contrario, la probabilidad de que suban a escena —hermanadas— una recesión aguda con una inflación superior al 80 % anual, no es de descartar.

5- Que se cumplan las metas fijadas con el FMI.

Los objetivos de carácter fiscal, monetario y de reservas —que son la parte fundamental del acuerdo de facilidades extendidas que firmó la administración peronista con aquel organismo de crédito—fueron, en realidad, redactas para no cumplirse. Aun si no hubiese estallado la guerra de Rusia y Ucrania y no se hubiesen seguido los efectos de todos conocidos en la economía mundial, la Argentina —tarde o temprano— habría dejado de honrar el compromiso contraído. Con la contienda en curso, el cumplimiento es imposible. No obstante lo cual, el Fondo Monetario Internacional no obrará, a la hora de examinar la performance criolla, como un profesor del MIT u Oxford —que suelen ser inflexibles— sino como uno de la facultad de periodismo de la Universidad de La Plata. Hará la vista gorda y tolerará la contabilidad creativa. Eso ocurrirá si no es que antes, de común acuerdo entre las partes, no fijan nuevas metas, cosa que seguramente sucederá antes de mediados de año.

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6- Que estalle una rebelión popular.

Es notable que con los indicadores que delatan el alza del costo de los alimentos, la inseguridad ciudadana, la pobreza, la indigencia, la falta de trabajo y la inexistencia de un mínimo siquiera de movilidad social —mucho peores, dicho sea de paso, que los de la mayoría de los países sudamericanos—esas pésimas condiciones de vida, que azotan a la parte más necesitada de la población, entre nosotros sólo han dado lugar a cortes de calles, huelgas y protestas que duraron horas, mientras que en Chile, Ecuador, Perú y Bolivia se han producido estallidos en gran escala en el curso de los últimos años. La mansedumbre argentina pone al gobierno —a este y a cualquier otro, más allá de su coloratura ideológica— a cubierto de un alzamiento social que termine en una crisis institucional de proporciones.

7- Que Juntos por el Cambio tenga un conductor.

Los tires y aflojes que son cosa de todos los días en la —de momento— principal  fuerza opositora, no se aplacarán. Las discusiones no bajarán de tono. Las disputas de egos no se acabarán de la noche a la mañana. Los celos no cederán. Las ambiciones de sus figuras más representativas crecerán sin solución de continuidad. Todo, en buena medida, por la falta de un jefe que no existe ni existirá, en el mejor de los casos, hasta bien entrado el año próximo. Con el fracaso ruidoso de la experiencia gubernamental macrista se acabó la posibilidad de que alguien liderase a ese mosaico variopinto de partidos y de figuras desiguales, que no piensan igual, cuyas prioridades no son las mismas y a las cuales los une, básicamente, su anti-kirchnerismo. Lo que está a la vista en punto a las desavenencias de los referentes de más peso dentro de Juntos por el Cambio, no tiene nada que deba sorprender. Sería sorprendente, en cambio, que se pusieran de acuerdo López Murphy y Gerardo Morales, Patricia Bullrich y Graciela Ocaña, Mauricio Macri y Martin Lousteau, Hernán Lacunza y Ángel Rozas.

8- Que en algún momento —fruto de la dimensión de la crisis que vivimos— la grieta se achique por necesidad.

La Argentina cuenta con un tinglado institucional lábil, cuya consistencia es la de un castillo de naipes. Un soplido más o menos fuerte y se viene abajo sin remedio. Como los antagonistas no son adversarios sino enemigos, y la enemistad entre el kirchnerismo y el anti-kirchnerismo no tiene vuelta atrás, la idea de que —por temor a una catástrofe— pudiesen unos y otros coincidir en unas pocas políticas de estado, es no entender la dimensión de la mencionada enemistad que ha ganado a las partes. En el corto plazo, seguirá la guerra y las instituciones republicanas seguirán siendo letra muerta.