No todos los políticos mienten. Por Ariel Corbat

 
Y si mañana es como ayer otra vez 
lo que fue hermoso será horrible después. 
No es sólo una cuestión de elecciones. 
Charly García (Cerca de la Revolución)
Saliendo de su internación hospitalaria, dijo Alberto Fernández que no debatirá con Mauricio Macri porque «no tiene sentido debatir con un mentiroso».
Y, al margen de lo establecido por Ley 27.337 para los debates presidenciales, no se me ocurre una peor excusa en quien fue designado candidato presidencial por Cristina Fernández para que mienta por ella: fabuladora compulsiva, viuda de Kirchner y aspirante a sucesora de Fernández…  
En unas pocas palabras Alberto Fernandez expuso tanto su desprecio por las reglas de juego como su cobardía intelectual.
Argentina, país con daño institucional y degradado en su cultura hasta la merma intelectual, no se escandalizará porque un candidato anteponga sus caprichos a la Ley, del mismo modo que no se ofende por las mentiras ni la cobardía. Es lo que viene de la casta política; por eso el daño, la degradación y la merma.
Que la campaña presidencial es un concurso de mentirosos lo demuestra la historia de los postulantes, claro que, por fuera de la casta política, es posible encontrar excepciones. Porque también se postula a la Presidencia de la Nación Juan José Gómez Centurión, alguien que combatiendo en la Guerra de Malvinas le dijo a un herido tras las líneas enemigas: “aguanta aquí que, sea como sea, yo te prometo que vuelvo a buscarte”. Y cumplió.
Entonces no todos los políticos se forman en la mentira. Siempre hay en la política personas de bien que honran con hechos a sus palabras. El honor es esa relación certera entre las palabras y los hechos, la misma que hace serios a los países que respetan sus constituciones. Por lo tanto, al menos esta vez, no es cierto que estemos obligados a votar mentirosos. Y no es sólo una cuestión de elecciones.
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