Sáb. Dic 5th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

No saben cerrar la boca. Por Vicente Massot

Comparado con los actos festivos y multitudinarios a los que nos tenía acostumbrados el peronismo, el del pasado día sábado lució tan distinto y desabrido que cualquiera de sus grandes figuras ya muertas, si hubiera vuelto del más allá, no se habría dado cuenta de que sus sucesores estaban celebrando el día de la Lealtad. Ni el clima —que de ordinario ha acompañado a las masas dispuestas a seguir vivando al General, pese a los años transcurridos— ayudó demasiado esta vez. Fue, en realidad, un día poco peronista. Resultó, en cambio, kirchnerista, aunque a la conductora del Frente de Todos nunca le interesaron demasiado ni la liturgia ni el folklore ni la estética del movimiento al que —al menos en teoría— dice pertenecer. Por eso no hizo acto de presencia y tampoco en su escueto mensaje, transmitido para salvar las formas, se acordó del militar que inauguró esos mítines desde entonces célebres, un lejano 17 de octubre de l945.

Pasados los festejos, el gobierno comenzó la semana con la novedad —si acaso puede llamársela así— de que Martín Guzmán ha pasado a ser, por decisión del presidente, el primus inter pares del equipo económico que lo acompaña desde su asunción. Luego de diez meses en los cuales el titular de la cartera de Hacienda y el mandamás del Banco Central no terminaron de ponerse de acuerdo acerca de la política a seguir respecto del dólar, el jefe del Estado cortó por lo sano y —después de bascular entre uno y otro y darle la razón a éste y a aquél, según fueran las circunstancias— se decidió a otorgarle la primacía a Guzmán. No le confirió plenos poderes, de modo tal que nadie podrá pensar que a partir de ahora tendremos a un nuevo Domingo Cavallo en punto a sus facultades. Pero es de esperar que los cortocircuitos que se sucedieron entre ellos, sin solución de continuidad desde los inicios del nuevo mandato kirchnerista, desaparezcan.

El paso que ha dado Alberto Fernández revela una dosis bienvenida de realismo. A semejanza de lo que ocurrió con su antecesor en Balcarce 50, él también prefirió, ni bien sentado en el sillón de Rivadavia, lotear el área de Economía temeroso de que un ministro que concentrase bajo su mando las oficinas públicas de energía, transporte, finanzas y agricultura, de alguna manera pudiese hacerle sombra. Con lo cual se equivocó de medio a medio en atención a que, frente a una crisis de la envergadura de la presente, se hace menester —más que nunca— la unidad y no la dispersión del mando. Mauricio Macri terminó de darse cuenta del problema y le amplió funciones a Nicolás Dujovne cuando ya era tarde. Fernández, urgido por la situación acuciante, reaccionó algo más temprano. No tardó dos años en producir el cambio sino escasos diez meses.

Sin embargo, la cuestión de fondo permanece intocada y, a esta altura, resulta difícil de solucionar. Por un lado, en nada ayudan a dotar de sustento a la gestión económica las declaraciones que, casi sin interrupción, han hecho tanto el presidente de la República como Martín Guzmán y su mano derecha. Si el contexto en el que se moviesen fuese similar al que le tocó en suerte a Néstor Kirchner, cabría hacer referencia a una de las frases más famosas del santacruceño: “No tengan en cuenta lo que digo sino lo que hago”. Con un formidable viento de cola planetario y la soja estacionada en U$ 600 la tonelada, aquél se podía dar el lujo de hablar como un populista contumaz, sin correr riesgos serios. Los mercados no iban a asustarse porque, producto de la diosa fortuna, el país nadaba en la abundancia.

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El escenario actual es la contracara del que existió entre 2003 y 2010, al menos. Razón por la cual los funcionarios públicos deberían poner extremo cuidado a la hora de realizar conferencias de prensa o de pronunciar un discurso. En la reunión anual de IDEA, llevada a cabo como todos los años en la ciudad de Mar del Plata, Alberto Fernández dijo —sin que nadie se lo preguntara— que no pensaba tocar los depósitos en dólares. No pudo ser más inoportuno el comentario de cara a unos mercados caracterizados por la desconfianza. Si cabe la comparación, es como si, a punto de levantar vuelo un avión en viaje transcontinental, se parase un pasajero de tez aceitunada y turbante y proclamase en voz alta, para que todos lo escuchasen: “No llevo una bomba encima”.

Por su lado el ministro al que le han extendido poderes de los que antes carecía se permitió, inmediatamente después de la gaffe de su jefe en la Ciudad Feliz, sostener que tiene los instrumentos para poner en caja al dólar. Acto seguido, la divisa norteamericana tuvo una de las alzas más pronunciadas de los últimos días. Cosa enteramente lógica si se tiene en cuenta que el billete verde carece de techo en la medida que reine la incertidumbre, que la actual administración —por la torpeza e imprudencia de sus principales figuras— ayuda a expandir como reguero de pólvora. Pero en la maratón verborrágica también se anotó Cecilia Todesca, de lejos la más lúcida funcionaria del área. Cosa rara en ella, siempre tan medida, dijo en el reportaje principal de Clarín de hace dos domingos que las medidas recién implementadas no iban a dar resultados ni en el mes que corre, ni tampoco en noviembre y diciembre. Otro sincericidio gratuito. Claramente, los hombres y mujeres del gabinete nacional tienen un déficit alarmante en términos de la comunicación pública.

Pero hay una segunda razón —comentada aquí desde el mismo momento en que juró, en la Casa Rosada, Alberto Fernández— que conspira contra las mejores intenciones del Frente de Todos en función de gobierno: la falta de un plan de estabilización que le confiera a las promesas y las palabras del oficialismo un marco mínimo de credibilidad. Mientras brille por su ausencia, todo lo que se intente será como arar en el mar. Vale la pena repasar cómo fue tratado el tema.

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Cuando se impuso en las PASO y se dio por descontado que el Frente de Todos se impondría en las elecciones generales de octubre, al candidato puesto por Cristina Kirchner al frente de la fórmula partidaria se le preguntó con arreglo a qué plan desenvolvería el mandato, en caso de resultar electo. Como era de esperar, la respuesta fue de compromiso. Primero había que ganar los comicios y luego el país conocería el libreto que guiaría su acción. Después de asumir, el periodismo volvió a la carga y Alberto Fernández respondió que el plan existía pero —al mismo tiempo— hizo saber que, hasta que no se firmase un acuerdo con los bonistas, no lo haría público. Para más tarde girar en redondo y ponernos en autos de que no lo consideraba fundamental. Como en tantas otras materias, las marchas y contramarchas jalonaron la historia del bendito plan. Que sí, que no, que más tarde, que nunca. Por lo
visto y hasta nuevo aviso no sabremos a que atenernos. “—¿Yo señor? —No, señor. —Pues, entonces, ¿quién lo tiene?”… Así jugábamos en tiempos idos al cuento de la buena pipa, que era mitad un trabalenguas y mitad una suerte de indefinición de nunca acabar. Como entretenimiento no dejaba de ser divertido. Extendido a la función pública no deja de resultar peligroso.

Si alguna duda cabía sobre la necesidad de poseer un plan y obrar en consecuencia con el mismo, ha sido la gente del Fondo Monetario Internacional la que acaba de solicitarselo al gobierno. En su lugar, Guzmán debutó con una serie de medidas de dudosa utilidad que —en el mejor de los casos— pueden ofrecerle un fugaz respiro a los padecimientos del equipo económico. Si hasta aquí el oficialismo daba la impresión de improvisar sobre la marcha, y no pocos lo atribuían a la dispersión existente entre los ministros y secretarios del ramo, ahora no cabe sostener más semejante hipótesis.

Recuperar la confianza —o, si se prefiere, el crédito— que el gobierno dejó abandonado en algún lugar del camino que comenzó a recorrer el pasado mes de diciembre, luce improbable. Los mercados le tomaron el tiempo al dúo Fernández y Guzmán. No sólo no le creen sino que lo consideran poco serio. Contra esa convicción es escaso lo que pueden obrar quienes no son parte de la solución —aunque para eso los eligieron— sino que representan parte del problema.

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