No quieren, no saben, no pueden. Por Cosme Beccar Varela

Cada vez resulta más claro que el drama argentino es incomprensible para los argentinos. Parece un absurdo pero deja de parecerlo si se explica en qué consiste ese drama y en qué consiste el conocerlo.

El drama de los argentinos es que padecen una ignorancia causada por una ceguera adquirida como consecuencia de una vida dedicada a llenarse la cabeza de conocimientos secundarios (preferentemente lucrativos o divertidos) que se van acumulando en su mente hasta hacerla tan pesada y rellena de éstos, que pierden la capacidad de ver aquello que importa.

Cuando Nuestro Señor Jesucristo visitó a la familia de su amigo Lázaro, las hermanas de éste, Marta y María recibieron al Salvador con toda solicitud y amor. Marta «andaba muy afanada en disponer todo lo que era menester, por lo cual dijo: «Señor, ¿no reparas que mi hermana me ha dejado sola en las faenas de la casa?, dile, pues, que me ayude. Pero el Señor dio esta respuesta: Marta, Marta, tú te afanas y acongojas por  muchas cosas. Cuando con pocas y hasta con una sola cosa basta. María ha escogido la parte mejor y no le será arrebatada.» (San Lucas, 10, 40/42) María estaba a los pies de Nuestro Señor bebiendo cada una de sus palabras. Sabía que era Dios y Hombre y que Él era el Camino, la Verdad y la Vida,  que sus palabras le abrían las puertas del Paraíso y lo sabía no apenas como un «dato» más sino como algo decisivo a partir de lo cual todo lo demás adquiría un nuevo significado.

A partir de esa primera disposición de su alma, obra de la gracia de Dios, comprendió y estimó debidamente lo que oía. Los fariseos habían oído lo mismo pero sus almas estaban cerradas a la gracia y por ende, a la comprensión de las enseñanzas del Divino Maestro y no entendieron nada, porque no querían entender. Y lo peor fue que ese rechazo y esa incomprensión se convirtieron en un odio mortal. Empezaron a planear como matarlo. Es que frente a Dios no es posible la neutralidad. O se cree y se ama o se rechaza y se odia, aunque el odio no aparezca con la misma fealdad con que se mostró en los perversos fariseos.

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Este ejemplo evangélico sirve para tratar de explicar lo que pasa hoy en la argentina. La situación ruinosa del país dominado por una «dirigencia» corrupta e inepta compuesta de peronistas, izquierdistas, clérigos apóstatas y periodistas cínicos; la deserción culpable de los «buenos patriotas» de su deber de servir a la patria ofreciendo nuevos dirigentes honestos, inteligentes y laboriosos, el resentimiento destructivo de una plebe maleada por agitadores profesionales, muchos de ellos provenientes de las «clases cultas» y el creciente número de criminales comunes liberados de toda represión policial eficaz, todo eso tiene una causa principal. Esa causa está en el alma de casi todos los argentinos y es la total incapacidad de conocer a Dios y las cosas de Dios con la confiada y fiel simplicidad de los viejos tiempos.

Esa es más que una ignorancia, es una ceguera tanto más grave cuánto más alta es la condición social de quien la padece. Y así hemos llegado a este momento en el que es imposible hablar o escribir sobre asuntos no materiales con la esperanza de ser entendido. En tiempos no tan ruines (y no hace mucho porque yo mismo viví una pequeña fracción de esos tiempos) la gente estaba más o menos en el mismo pozo pero todavía se daba cuenta de muchas cosas y no había perdido totalmente su capacidad de pensar y de comprender las ideas. Por lo tanto, era posible conversar y discutir de cosas serias. Pero hoy eso ya no es posible.

Por esa causa, es inútil razonar sobre la notoria indignidad de todos los políticos actuantes y de los candidatos presidenciales y de la obligación de honra que tenemos de actuar para impedir que el país caiga en manos de cualquiera de ellos. La teoría del «mal menor» es un invento que autoriza a los enceguecidos voluntarios para hacer el mal con la excusa de que es el menor. ¡Cómo si fueran capaces de discernir entre diversos males cual es el menor! Para eso tendrían que ser capaces de conocer y servir a Dios (como dice el catecismo) que es el Bien por excelencia y de entender una cantidad de ideas como la de «honor», «pureza», «dignidad», «fidelidad», «inteligencia», «amor al bien común», «Justicia», etc.

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Sin saber de qué se trata cuando se las nombra, es imposible formarse un juicio veraz sobre estos políticos y, por ende, se cae en un total incapacidad de «votar». Es lo mismo que si se computaron los votos de los loros, que también hablan pero no piensan, motivo por el cual tienen pleno derecho a recibir la ciudadanía argentina.

Si seguimos así, es obvio que los males argentinos no tienen solución porque el mal mayor, que acabo de describir, es el «padre de todos los males» y de ese padre nadie quiere abjurar. Llegará un día en que la argentina se convierta en un país inhabitable para quienes quieran conservar el uso de su razón y tenga la certeza de que perdida ésta, se pierde todo lo demás.

Pidamos a María Auxiliadora de los Cristianos, cuya fiesta se celebra hoy, que nos ayude a salir de esta abyecta situación.

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