No es oro todo lo que reluce. Por Vicente Massot

Aun cuando las formas —distintas de los meros formalismos— sean una genuina representación del fondo de las cosas, conviene siempre distinguirlos. Tanto más si se trata de analizar el encuentro de dos presidentes, como Donald Trump y Mauricio Macri, con una agenda asimétrica, propia de las enormes diferencias que existen entre los Estados Unidos —primera potencia mundial— y el nuestro —un país irrelevante en el concierto internacional. Si para muestra basta un botón, compárese cuánto significa para nosotros la exportación de limones y el tema del biodiesel y cuánto para los norteamericanos. Cuestiones trascendentales en estas playas son insignificantes en aquéllas.

En punto a las formas todo salió a pedir de boca, medido con el parámetro de la delegación argentina. Los Trump recibieron a los Macri a cuerpo de rey. Las dos damas rivalizaron en belleza y buen gusto, mientras los caballeros cruzaron elogios y se declararon amigos. No hubo nada, ni siquiera un mínimo detalle, que resultara disonante en ese conjunto, armónico por donde se lo mirase. Vista esa reunión cumbre desde Buenos Aires y acostumbrados como estábamos al mal gusto y la chabacanería de los Kirchner, el contraste en favor del presidente y de su mujer es tan acusado que no necesita explicación.

Si alguien suponía que el mandatario del país más poderoso del planeta tendría presente las inoportunas declaraciones de su huésped y de la titular del Palacio San Martín respecto de su figura en medio de la campaña electoral, se equivocó. Que Mauricio Macri y Susana Malcorra hubieran adelantado su opinión favorable a Hillary Clinton, en términos que no dejaban lugar a dudas sobre sus preferencias, al anfitrión del norte le debe haber parecido un detalle absolutamente menor. Una de esas metidas de pata de dos principiantes.

Acerca del fondo, en cambio, aún está por verse el resultado de la gira. Que fue exitosa se halla fuera de la cuestión. Pero nadie sabe todavía cuán exitosa fue. Pasará algún tiempo para que pueda calibrarse hasta qué punto consiguió el jefe de estado argentino lo que fue a buscar a Washington. La relación bilateral había sido restablecida por Macri desde antes del triunfo de Trump. Deteriorada hasta extremos indecibles por aquella conferencia llevada a cabo en la ciudad de Mar del Plata —en la cual Néstor Kirchner fogoneó, a expensas de Bush hijo, una contracumbre de cuño chapista— y por las insolencias reiteradas de Cristina Fernández y Héctor Timerman, ahora se ha recompuesto.

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Macri hasta el momento ha cosechado elogio tras elogio en cada una de las visitas que hizo fuera del país. En Madrid como en Berlín, y en Brasilia como en Pekín y en Washington, su propósito —repetido una y otra vez, en todos los auditorios por igual— de combatir la corrupción, reconstruir las instituciones, defender la seguridad jurídica y sentar las bases de una economía de mercado ha sonado como música celestial en los oídos de estados que nunca suscribieron ni los lineamientos de la política exterior kirchnerista ni tampoco su rechazo —por momentos visceral— a los capitales extranjeros.

En esos ambientes que Néstor y Cristina miraban con una mezcla de desdén y resentimiento y a los que preferían no concurrir, Mauricio Macri y su mujer se mueven como pez en el agua. Su educación, conocimiento del mundo, preferencias culturales y estilo de vida los predisponen para hacer un buen papel en cualquier lugar: sea en la corte madrileña como en la Ciudad Sagrada china. Nadie podrá nunca sostener del jefe de la actual administración argentina aquello que uno de los empresarios más importantes de la madre patria expresó del santacruceño en su primera visita a ese país: “Nos ha puesto a parir”.

Si se entiende la figura literaria, podría decirse que Macri no ha perdido oportunidad de sembrar en el mundo su mensaje con el fin específico de cosechar algo que tanto él como su equipo económico creyeron pertinente conseguir rápido, a partir del momento que se hicieron cargo del gobierno. Pero las tan mentadas inversiones extranjeras —contra lo que suponían los hombres de Cambiemos— no se hicieron presentes en la cantidad ni en la calidad imaginadas. Han llegado con cuentagotas.

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Los viajes presidenciales sirven como una de las mejores cartas de presentación de un país. Tanto más cuanto que el giro copernicano que intenta darle Macri a su gestión rima con los deseos y los intereses de todos aquellos que defienden el capitalismo. Pero, terminadas las reuniones cumbres —de suyo, cortas— los gobiernos, por buenas que sean las relaciones bilaterales, no pueden modificar el olfato de los mercados mundiales. Para quienes podrían llegado el momento invertir en la Argentina, el buen recibimiento que Trump le ofreció al primer magistrado de nuestro país representa apenas un pormenor. Sobre el particular es menester no dejarse llevar por la cobertura que del periplo macrista hicieron nuestros medios de comunicación.

De acuerdo a lo visto, leído y escuchado entre nosotros, Macri departió de igual a igual con su par americano y sus conversaciones fueron trascendentales o poco menos. Si nos tomáramos el trabajo de analizar qué informaron los medios del país de norte, nos costaría encontrar las páginas y audiciones que dieron cuenta del encuentro. Prácticamente, pasó sin que ningún diario o canal de televisión de alguna importancia lo tomara en cuenta. Es que la Argentina es una más del montón, de donde lo extraño sería que la visita de su jefe de estado a Washington fuese considerada una noticia digna de figurar en las portadas de los grandes matutinos o en los programas con mayor audiencia de los Estados Unidos.

Los capitales están a la espera. Más allá de la buena impresión que produce Macri y de las calificaciones excelentes que sigue acumulando cada vez que expone su programa de gobierno fuera de nuestras fronteras, no tienen prisa ninguna de aterrizar en estas playas. Querrán antes ver qué pasa en los comicios que se llevarán a cabo dentro de cuatro y seis meses; cómo evoluciona el tipo de cambio; de qué manera se articula la relación del gobierno con el sindicalismo; y cuál es la relación de fuerzas después de octubre.

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