Ni un tranco de pollo. Por Vicente Massot.

En ningún otro país de la región —o, si se prefiere, del mundo civilizado en punto a robustez institucional— podría un presidente a punto de abandonar el poder montar una estrategia de desgaste político–protocolar —por llamarla de alguna manera— como la que, a la postre sin éxito, montó Cristina Fernández a expensas de su sucesor. Pero estamos en la Argentina donde el poderoso de turno es capaz de transformar su voluntad en ley en un abrir y cerrar de ojos o —lisa y llanamente— ignorar toda ley con el propósito de salirse con la suya. Ello explica la actitud cerril de la viuda de Kirchner en las últimas horas de su mandato.

Acostumbrada desde siempre a hacer su voluntad, prescindiendo de considerar si ésta se acomodaba o no a las normas vigentes, decidió dejar su huella hasta en el acto de traspaso del mando. Cualquiera que no fuera ella habría cedido de buena gana el centro del escenario al presidente entrante. Al fin y al cabo, si de roles protagónicos se trata, ella carece del derecho de queja. Ha gobernando como una reina a nuestro país por espacio de largos ocho años y nunca le ha cedido su espacio de soberana absoluta a nadie. Sin embargo, no pudo con su genio y se encaprichó con pasarle el bastón de mando y ponerle la banda a Macri en el Congreso, rodeada de las barras que le son adictas.

No fue la suya una decisión con base escenográfica, tan sólo. Cristina Fernández desea retirarse nimbada de gloria y dejando la impresión ante la gente de que es ella la que manda. Cuando se encapricha como una colegiala que no ha sido electa abanderada, trasparenta algo más que cólera o resentimiento. En realidad, lo que ahora desea dejar en claro es que —a diferencia de la gran mayoría de las facciones peronistas— ella no le dará un segundo de respiro al nuevo presidente. Tratar, pues, de abroquelarse en el Congreso y no en la Casa Rosada, excedía con creces la noción de que en aquel lugar contaría con el apoyo incondicional de unos balcones copados por la muchachada de La Cámpora mientras en Balcarce 50 haría las veces de visitante. Por supuesto, algo de eso hubo en su fallido intento. Pero el dato esencial era otro, consistente en poner distancias respecto a Macri desde el vamos. Cuando prácticamente todo el arco político le ha abierto un compás de espera y ninguna fuerza planea ponerle palos en la rueda al jefe de Cambiemos, hete aquí que Cristina Fernández hace todo lo contrario.

Claro que se ha encontrado con un contrincante de fuste y no con un timorato. Si imaginaba que Mauricio Macri, en correspondencia con su afán de no antagonizarla y de mirar para adelante, iba a pisar el palito o a volver sobre sus pasos, temeroso de las consecuencias que se podrían seguir si acaso insistía en su postura de privilegiar la Casa Rosada, se equivocó de medio a medio. El ingeniero —contra la imagen que de él se había formado el kirchnerismo— no es de dejarse llevar por delante. No es un vago —como acostumbraba llamarlo el jefe de gabinete Aníbal Fernández— ni tiene los vicios de un millonario ajeno a la realidad que, súbitamente, irrumpe en la política y gana unos comicios presidenciales. Su track record es claro y no necesita un relato para sostenerse. Ahí esta su gestión al frente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires durante dos mandatos consecutivos.

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En los años que le tocó lidiar con el kirchnerismo, Mauricio Macri fue testigo y víctima de la perversidad con la cual se manejaba el matrimonio gobernante. Aprendió en un curso acelerado a desconfiar de esa mujer que, en cuanta oportunidad tenía, le demostraba su animadversión. Por eso no le sorprendió la encerrona que planeó en contra suya para el día del traspaso del mando. Su reacción fue instantánea y también la decisión que adoptó de no cederle un tranco de pollo a la presidente. Si lo que le proponía era una pulseada para poner a prueba su voluntad de ejercer el poder en plenitud, no retrocedería. Si no era por las buenas, la que debería desandar lo andado sería la Fernández. Y ello fue lo que ocurrió.

La idea de que desde un comienzo el fin buscado por la presidente era no cruzarse mañana con Macri y no tener que ponerle la banda correspondiente a su cargo, no resiste el menor análisis. Si el ingeniero hubiese aceptado sus condiciones, la señora hubiera presidido la ceremonia orgullosa. Claro que en ese caso su sucesor habría entrado al gobierno con el pie izquierdo. El plan no posperó en razón de que en lugar de un Scioli —cuyo último acto de indignidad ha sido declarar que él hubiera aceptado la propuesta de Cristina a libro cerrado— topó con un Macri nada dispuesto a ceder a su impertinencia.

Nadie está en condiciones de asegurar que mañana será una jornada normal, sin incidentes que puedan afearla. Nunca se sabe a qué extremos puede llegar la tozudez kirchnerista por empañar el acto de asunción de Macri. Pero en tren de arriesgar, las probabilidades de que la violencia de unos cuantos inadaptados enlute el día son escasas. Con Cristina Fernández fuera de escena aduciendo que ha sido víctima primero de los gritos del ingeniero y luego de una suerte de golpe de estado de naturaleza jurídica, la virulencia de sus acólitos casi con seguridad se concentrará en las redes sociales.

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Las esperanzas que ha suscitado el triunfo de Cambiemos a escala planetaria significan que Macri ya ha comenzado su gestión. Aun cuando el acto formal de toma del mando se llevará a cabo dentro de unas horas, la reacción inmediata de Obama y de jefes de gobierno como Cameron, Merkel, Hollande —una vez conocida la victoria de Cambiemos— pone de manifiesto hasta qué punto los principales líderes del mundo, las cancillerías más importantes, y desde ya los mercados, descuentan un giro copernicano de la política que pondrá en marcha la nueva administración. Los anuncios hechos desde el 23 de noviembre en adelante por parte de Macri ya han obrado efectos no sólo de puertas para afuera del país. Basta ver lo que ha sucedido en estos veinte días —poco más o menos— en el sector primario de la economía para darse cuenta que todos descuentan el comienzo de un ciclo absolutamente distinto y contrario del que está a punto de cerrarse para siempre.

Las dificultades con las cuales habrá de encontrarse Macri en su primer día de gobierno no son desconocidas y si bien es cierto que el kirchnerismo le deja una herencia envenenada, conviene evitar todo tremendismo. Salvando las diferencias de tiempo y de protagonistas, Raúl Alfonsín asumió la presidencia en 1983 cuando aun subsistían los efectos de la crisis de la deuda del año anterior. Carlos Menem tomó las riendas del país en medio de la única hiperinflación que sacudió alguna vez a la Argentina. Eduardo Duhalde, por su parte, llegó a Balcarce 50 teniendo que lidiar con las consecuencias tremendas del default. Por lo tanto, nada nuevo bajo el sol.

Deberá administrar un ajuste —como los tres presidentes mencionados más arriba— y devaluar a semejanza de sus predecesores. Contra lo cual, el crédito que ya le han abierto los mercados y las expectativas favorables que ha generado en el mundo son ventajas con las que inicialmente no contaron ni Alfonsín ni Menem ni Duhalde. Tiene al radicalismo de aliado y al peronismo dividido y sin espacio para oponerse en bloque a su gestión. Necesita —es cierto— hacer el trabajo sucio del cual el kirchnerismo se salvó y que en su oportunidad Duhalde encaró dejándole el camino expedito al santacruceño. Pero nada que no haya sido hecho antes en peores condiciones que las suyas.

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