Nadie lo sabe. Por Vicente Massot

La necesidad —reza el viejo adagio de cuño español— tiene cara de hereje. Cuanto Mauricio Macri, por las razones que fuere, no quiso, no pudo, o —lisa y llanamente— no supo obrar en el curso de los casi treinta meses que lleva sentado en el sillón de Rivadavia, ahora deberá hacerlo por imperativo de los mercados. Hasta antes de la crisis reciente, nadie en la Casa Rosada y alrededores del poder pareció darse cuenta de lo que se les venía encima. Como de ordinario ha pasado en la Argentina, los gobiernos —cualquiera que fuese su carátula ideológica— resultaron incapaces de anticiparse a las tempestades. Con la particularidad de que los ajustes, cuando no son ejecutados por el Estado, terminan siendo impuestos por el mercado. Sobre el particular no hay demasiados misterios y la actual administración no ha sido la excepción a la regla.

Para tratar de entender dónde estamos parados es menester dejar en claro qué es lo que ha cambiado en las últimas semanas. Por de pronto, ha quedado al descubierto —como nunca— el grado de desconfianza que despierta la administración de Cambiemos en una mayoría de la sociedad. No sería de extrañar que el fenómeno anidase en aquellos segmentos que, en octubre del año 2015, habían votado a Daniel Scioli. Es lógico que el kirchnerismo —cuyo futuro depende de una debacle gubernamental— no confíe en el oficialismo y recuse la forma con base en la cual éste ha debido hacer frente a la corrida cambiaria de todos conocida. En cambio sorprenden los topes a los que ha llegado el desencanto de muchos que, en aquel año, sufragaron a favor de Macri.

El segundo dato novedoso, reside en el hecho de que la seguridad de la reelección del presidente —que luego de los comicios parlamentarios de octubre pasado y hasta dos meses atrás, todos dábamos por descontado— es materia sujeta a discusión.

El tercero es cuanto podría llamarse, a falta de mejor termino, la efervescencia social que, sin solución de continuidad, comienza a notarse en la calle. Una inflación que no pocos imaginan de 30 % hacia finales de año y un claro amesetamiento de la actividad económica, generan no sólo descontento sino que estimulan algunas posiciones maximalistas. No escapa a lo dicho el proceso de paritarias que se han reabierto, con reclamos de entre 25 % y 30 %
de aumento de los salarios —según el gremio de que se trate— de aquí a diciembre.

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Cambiemos tiene pues, delante suyo, tres fantasmas que se recortan de manera peligrosa en el horizonte. No existían en su agenda. Hoy son datos de la realidad que nadie podría desconocer. Para el oficialismo representan un dolor de cabeza. Para el arco opositor, en cambio, se han transformado en una oportunidad. Al peronismo ortodoxo y al kirchnerismo se les ha abierto una puerta que creían cerrada hasta 2023.

Los primeros en tomar cabal conciencia de que era imposible seguir como si nada hubiera sucedido fueron, en este orden, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Su realismo —por llamarle de alguna manera— dejó trasparentar el miedo de resultar arrastrados por un Macri que, en las encuestas de opinión, descendió varios escalones y, tras él, ellos dos. La gobernadora de la provincia de Buenos Aires y el lord mayor porteño saben, sin que alguien deba recordárselo, que su suerte está asociada a la de su jefe. Imaginar que cualquiera de los dos podría sobrevivir al derrumbe del capitán del barco al cual le deben obediencia, sería ridículo. Otro tanto pensó Marcos Peña, de papel tan deslucido como jefe de gabinete.

Macri, acorralado por la crisis y atento a la opinión de sus principales interlocutores en la así denominada mesa chica, demostró una conducta pragmática, a tono con el reclamo de la hora. El viraje comenzó con la convocatoria a Emilio Monzó, Ernesto Sanz, Gerardo Morales y Rogelio Frigerio para que volviesen a Camelot. Acto seguido catapultó al titular de la cartera de Hacienda y lo ungió coordinador del área económica. Con anterioridad a la crisis jamás hubiese dado semejantes pasos. Basta pensar que el presidente de la Cámara de Diputados había anunciado su retiro anticipado y, en los mentideros políticos, se daba por descontado que reemplazaría a Ramón Puerta en la embajada argentina en Madrid. En cuanto a Nicolás Dujovne, no es que estuviese dibujado pero, en comparación con sus pares dentro del gabinete, el poder que acreditaba era escaso.

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En pocas palabras, Macri hizo, de la necesidad, virtud. Contra sus inclinaciones más íntimas y su forma de concebir el poder, dio el brazo a torcer. Percibió que caminaba al borde del precipicio y obró en consonancia con el instinto de conservación que los humanos llevamos a cuestas. Los cambios ¿son de fondo o cosméticos? Ni lo uno ni lo otro. El regreso de los “políticos” a la mesa chica no supone un eclipsamiento de Marcos Peña. Para el presidente, su jefe de gabinete fue, es y será indispensable. Así como Duran Barba no dudó en compararlo con John Kennedy, Macri —son sus palabras textuales— lo tiene por “imbatible en el área chica”. Seguirá, pues, siendo su principal hombre de confianza. Creer que la última palabra la tendrá esa suerte de Junta Grande que acaba de formarse, es no entender hasta qué punto. al momento de decidir una política, el rol de Peña resulta excluyente.

Por su lado, Dujovne no hará las veces de primus inter pares. Coordinar no es necesariamente mandar. Si algo tiene claro el ministro de Hacienda es que “los ojos y oídos” presidenciales pueden haber salido de la crisis algo magullados pero la confianza que Macri depositó en ellos se halla intacta.

No ha habido deserciones ni amotinamientos. La tropa de Cambiemos capeó el temporal como pudo. El acuerdo con el FMI se da por descontado y el veto presidencial a la ley que, casi seguramente, logrará votar la oposición, es cosa decidida. Los frentes de tormenta no son esos. La cuestión más álgida, presente desde que Macri asumió en diciembre del año 2015, se resume en una pregunta: ¿cómo reducir el déficit fiscal y el gasto público? Sobre todo con posterioridad a la corrida cambiaria y al pedido de ayuda al Fondo Monetario. El gradualismo —tal cual fue concebido— sirvió de poco. ¿Cuánto habrá que acelerar la marcha para obtener ahora resultados satisfactorios? ¿Qué tantas reacciones generará? ¿Cómo lo recibirá la sociedad? Nadie lo sabe.

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