Nadie es VOX en Argentina ni lo quiere ser. Por María Zaldívar

A los tradicionales partidos españoles PSOE y Popular le aparecieron competidores: Podemos y Ciudadanos. Y en los dos casos nacieron producto de la insatisfacción de los votantes con las respuestas de ambos a sus inquietudes. Si bien intentaron representar socialdemocracia uno y la derecha el otro, a medida que crecían y participaban se iban pareciendo cada vez más al sistema político que, desde la tribuna, habían interpelado.

Podemos le restó votos al PSOE y Ciudadanos al Partido Popular. La euforia inicial los hizo obtener, a ambos, éxitos electorales memorables que luego no se tradujeron en modificaciones sustanciales del «status quo».

Así las cosas, sus simpatizantes fueron perdiendo entusiasmo y la disconformidad volvió a ganar espacio entre los españoles. El líder de Podemos agregó a su mala performance política, irregularidades económicas que rozaron la corrupción, conocido tic de las castas gobernantes sin distinción de continente. Su lujosa mansión y las noticias que daban cuenta del financiamiento chavista de sus andanzas políticas lo pusieron en un plano de igualdad con aquella clase dirigente que un día denostó.

A los desencantados del PSOE se sumaron los desencantados de Podemos. Ciudadanos, que también defraudó, al menos no registra hechos de corrupción como Pablo Iglesias pero se quedó a mitad de camino respecto de sus intenciones y promesas iniciales. Parecería que también en España aplicó el «teorema Baglini», porque a medida que se acercaban al poder, el arrojo político decrecía.

España se deslizaba lentamente hacia una monocromía ideológica donde nadie parecía estar dispuesto a representar su extensa historia nacional. Y cuando el avance de las variantes izquierdistas lucía inevitable y amenazaba con inundarlos, emergió una fuerza que levantó las banderas del ser nacional y la tradición, de la libertad y la familia, que repitió en voz bien alta que el respeto por el individuo, sus elecciones y su trascendencia humana no se negocian y que se contraponen con la moda de la ideología de género y todos los males que de ella derivan. Y además planteó como imprescindibles las nociones de Estado chico y libertad económica, así como también la unidad de España como un hito innegociable.

Así nació VOX y desde sus comienzos tuvo que luchar contra la sonora campaña de difamación de la que fue y sigue siendo objeto. Así y todo, millones de españoles se reconocieron en la flamante propuesta. Sus dirigentes no tienen temor a decir la verdad ni a dar la batalla cultural que el momento reclama porque entienden que lo que está en juego, y en peligro, no son un puñado de bancas sino un estilo de vida.

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VOX incomoda

al poder y al establishment porque los hace definirse y la política se ha convertido en una ciénaga donde sobreviven, aunque sin gloria, quienes optan por la tibieza y el “buenismo”.

La Argentina muestra un devenir político similar: dos partidos políticos históricos que se turnan desde hace casi un siglo en la conducción del país; y ambos vienen defraudando al electorado que, en gran medida, los elige alternadamente como el mal menor y ante la carencia de una opción mejor.

Por eso la aparición del PRO fue leída como una auspiciosa renovación: nuevas personas y, fundamentalmente, nuevas prácticas que llegaban para desterrar señores feudales del clientelismo y políticas probadamente fracasadas.

La vara de las expectativas estaba alta para la fuerza liderada por Mauricio Macri porque allá la pusieron ellos con su slogan. La propuesta “Cambiemos” fue tomada en serio por una importante porción de la sociedad que ansiaba cambiar porque reconoció que, por la misma senda, el país está destinado a profundizar el rumbo de decadencia que viene recorriendo hace casi un siglo.

Tras cuatro años y, más allá del fracaso económico de la gestión, la sociedad percibe que tampoco se combatió la raíz de esa decadencia y que el armado corporativo y burocrático de un Estado obeso y cleptómano solo ha cambiado de caras.

Se aumentó el reparto de dinero público con la consecuente sobrevida de los “punteros” que, solo por intermediar, son los auténticos beneficiarios de un sistema perverso de consolidación de pobres; se agrandó el tamaño del Estado con más organismos de dudosa utilidad y se conservaron la totalidad de las estructuras perimidas que condenaron a la Argentina a esta ruina que consume cualquier esfuerzo: los privilegios que la casta política acumula desde hace décadas, un sistema previsional quebrado y una madeja de impuestos que cada administración multiplica. El argentino trabaja siete de los doce meses para el Estado y tiene claro que esa proporción es confiscatoria y que la ecuación de un trabajador que produce contra cuatro empleados públicos es insostenible.

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Al mantenimiento de ese «status quo» perverso, se sumaron lamentables novedades: el intento de legalización del aborto y el aumento del gasto público para modificar definitivamente los valores sociales introduciendo en la educación formal la cuestionable ideología de género de manera compulsiva. En síntesis, las transformaciones anunciadas quedaron en promesas mientras que introdujeron otras nunca contempladas en su plataforma partidaria; y, como broche de una pobre gestión, una inflación agobiante que reemplazó ilusiones de cambio por la certeza de la acumulación de más deuda para las generaciones venideras.

Pero, en contraste con lo que pasa en España, la Argentina no reacciona, carece de una alternativa que proponga, sin temor, valores que nos rescaten de la anomia en la que parecemos sentirnos cómodos y admita que la economía es el menor de nuestros problemas. No existe en nuestro país una fuerza o un dirigente que se animen a rechazar la corrección política y diga con todas las letras que nuestro problema es moral. Nadie se atreve a enfrentarse a la agenda que el feminismo impone en el siglo XXI y que alienta la alteración de los valores básicos para la convivencia a través del propio Estado.

Tal es la miseria moral argentina: el oficialismo habría elegido una figura abortista para integrar la fórmula presidencial porque los «focus group» indicaron que eso sumaría votos; la oposición kirchnerista avanza campante con su mochila de corrupción y muerte sobre sus espaldas y hasta el liberalismo se declaró tolerante con el aborto y el avance del estado sobre la educación de nuestros hijos, postura que expone su debilidad moral, que tiene argumentos para defender la moneda pero no la vida.

La crisis argentina es política y es moral. El poder económico compite en desprestigio con los políticos y la clase dirigente está teñida de corrupción y de desvergüenza. Los jueces orejean sus cartas para jugarlas en el momento oportuno y cuando una sociedad ignora el imperio de la ley no le quedan reservas. Ese es el diagnóstico que falta: la Argentina no tiene reservas.

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