Moyano no me importa. Por José Benegas.

La política argentina se maneja con unos ritos que no se dan en ninguna otra parte. Por ejemplo, a esta altura del año es la festividad de las paritarias y las negociaciones colectivistas de salarios con unos señores feudales llamados sindicalistas, que negocian con otros señores feudales llamados cámaras empresarias, quienes a su vez deben contar con el beneplácito del rey para manejar las vidas de todos. Este ritual es parte de la cultura inflacionaria, cuyas causas se desconocen, se interpreta como una desgracia que le ocurre al país y que es natural, como el clima.

Alsogaray comparaba la actitud del estado con la inflación con el alcoholismo y ahora creo más que nunca que tenía razón, pero el borracho no es solo el estado, es todo el sistema político, incluida la población que la padece. Es un juego de expectativas igual al cuento del tío. La cosa parece funcionar de tal modo que en esta vida hay unos salarios y se necesita gente sensible y valiente para conseguirnos uno. Es la vida de los argentinos que los discuten así colectivamente, desde que el fascismo se hizo dogma, aunque todos se identifican como anti fascistas.

La cuestión es que el rey está interesado en controlar ese fenómeno meteorológico llamado inflación, que parece que se produce o por los intermediarios malos o porque en las negociaciones colectivas los que representan a los declarados incapaces se zafan mucho queriéndose quedar con una parte muy grande de la dotación divina de sueldos. El resto del año todos los políticos quieren que haya mejores salarios, pero en esta época no porque según parece es cuando potencian la inflación.

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Pasó Alsogaray por la historia contándoles todo lo que necesitaban saber; experimentaron la no inflación de la década del noventa, que por lo menos les tuvo que haber enseñado que era verdad que se trataba de un fenómeno monetario, dependiente de lo que hace el gobierno y que ni las cadenas de distribución ni la maldad de nadie en el sector privado juegan ningún papel. Menos los salarios que son los que se ven más castigados por ser el último eslabón de la recuperación de la relatividad de lo precios. Pero aprenderlo significa que no hay magia y que el sufrimiento se resuelve actuando, no llorando. Nadie quiere dejar eso ¿Qué hacen los productores de radio si no pueden entrevistar a los actores del rito de cuya actividad parece depender todo de un modo dramático. Nadie quiere oír que Moyano no importa.

Precios y salarios es una redundancia en realidad, ambos son precios, pese a lo que me decía mi pobre profesora de Derecho Constitucional sobre la “dignidad” de los últimos, poniendo cara de redentora porque era incapaz de tratar ni derecho ni economía como algo distinto a la religión. Los salarios no tienen ninguna influencia en la inflación, sino al revés. Si no hubiera negociaciones colectivas que implican estas relaciones de vasallaje, los salarios encontrarían su nivel a la nueva cantidad de papel moneda circulante con mas velocidad, eficiencia y menor daño para todos.

Pero es inútil. La Argentina no quiere saber nada de la realidad. Hay montones de tipos con posgrados y doctorados y que conocen el mundo donde la boludez extrema no impera, pero eligen hacer como que creen todo el juego. Entonces ven el título de la nota del presidente reunido con los sindicalistas y le hacen click desesperados pensando que es muy importante, lo que podría servir para que le reclamen a sus universidades que les devuelvan la guita.

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