Miserias y miserables. Por Juan Manuel de Prada

CADA vez que tengo que imaginarme a un miembro de aquel ilustre Club de los Zánganos soñado por Wodehouse acude a mi mente la estampa de Puigdemont. Se trata, sin duda, de una asociación caprichosa, pues para ingresar en el Club de los Zánganos era requisito indispensable contar con un coeficiente intelectual «algo más bajo que el de una almeja que hubiese sufrido un golpe en la cabeza, allá en la infancia»; y a nadie se le escapa que Puigdemont es hombre de inteligencia preclara. Tras los sangrientos atentados islamistas que acaban de sacudir Cataluña, Puigdemont calificó de «miserables» a quienes «mezclan cosas que no corresponden» y consideran que debe «cambiar la hoja de ruta del soberanismo». Sólo un hombre de inteligencia preclara –¡inteligencia de almejón tigre!– como Puigdemont puede llegar a tan fina conclusión; pues al común de los mortales, por el contrario, nos parece miserable que Puigdemont mantenga como si tal cosa la «hoja de ruta del soberanismo», pasando por encima de los cadáveres del atentado como quien pasa por encima de un felpudo, limpiándose en él las suelas de los zapatos sin inmutarse.

Al común de los mortales también nos parece miserable que unos zánganos absortos en la «hoja de ruta del soberanismo» hayan abandonado a su pueblo, entregándolo a la vesania de los criminales. Nos parece miserable que la Generalitat haya favorecido durante décadas la inmigración de musulmanes y dificultado la de hispanoamericanos. Nos parece miserable que la Generalitat desoyese la indicación del Ministerio del Interior y se negase a poner bolardos en las Ramblas. Nos parece miserable que el consejero de Interior de la Generalitat y el director de los Mossos sean personas sin experiencia policial alguna, colocados recientemente en sus respectivos puestos después de que sus predecesores fueran cesados porque se resistían a cumplir la «hoja de ruta del soberanismo». Nos parece miserable que los Mossos no lanzaran de inmediato una alerta terrorista cuando se produjo una explosión en una casa ocupada por magrebíes, confundiendo a terroristas con okupas, y que se negaran a compartir información con la Guardia Civil. Nos parece, en fin, miserable que una furgoneta pueda transitar durante más de medio kilómetro por las Ramblas, aplastando viandantes como si fuesen cucarachas, sin que se tope con un solo mosso patrullando la zona.

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De toda esta colección de miserias nos parece directamente responsable el presidente Puigdemont, que desoye los consejos del Ministerio del Interior por la misma causa por la que descabeza su cuerpo policial y lo convierte en una pachanga inane que confunde a terroristas islámicos con okupas, se olvida de patrullar las Ramblas y se niega a compartir información con la Guardia Civil. Y esa causa es la «hoja de ruta del soberanismo» a la que Puigdemont se aferra con uñas y dientes. Es la «hoja de ruta del soberanismo» la que aconsejó abrir las puertas a los musulmanes y cerrárselas a los hispanoamericanos, para «desespañolizar» Cataluña. Es la «hoja de ruta del soberanismo» la que aconseja desoír los consejos del Ministerio del Interior. Es la «hoja de ruta del soberanismo» la que absorbe todas las energías policiales. Es la «hoja de ruta del soberanismo» la que obliga a destituir mandos y a sustituirlos por lacayos sin experiencia policial alguna. Es la «hoja de ruta soberanista» la que ha provocado la cadena de desastres que confluyó en los atentados del pasado jueves.

Llámeme miserable si así lo desea, Puigdemont. Pero deseo que la sangre de esos inocentes caiga sobre su cabeza de almejón tigre y sobre la hoja de ruta del soberanismo a la que se aferra con uñas y dientes.

(ABC, 21 de agosto de 2017)

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