Magnanimidad. Por Juan Manuel de Prada

 La altanería y el orgullo son las pasiones propias de las sociedades que están subvertidas; y su consecuencia natural es su disgregación en banderías irreconciliables. Las elecciones catalanas vuelvan a probarnos lo que ya hemos escrito muchas veces: que la democracia, allá donde no hay sentido de pertenencia a un proyecto común, degenera fatalmente en demogresca; y que toda unidad que no se funda en el espíritu es unidad de hormiguero que tarde o temprano se gangrena. Está ocurriendo ante nuestros ojos; pero nos resistimos a aceptarlo. Y, en nuestro loco empeño, insistimos en el error.

El separatismo catalán ha vuelto a mostrar sus poderes, con altanería y orgullo. ¿Y con qué se pretende combatir esos poderes? Con “constitucionalismo”, que ha reportado beneficios pingües a quienes pueden permitirse el lujo de sacar pecho, porque no tienen responsabilidades de gobierno; pero que se ha mostrado completamente inoperante como instrumento persuasivo frente al independentismo. Tristemente, existe una porción inamovible de catalanes que consideran que España es un agua envenenada de la que no piensan beber. Podríamos preguntarnos, con serenidad y coraje, si el “constitucionalismo” es el antídoto contra este odio a España; o si, por el contrario, actúa más bien como su fermento. Podríamos preguntarnos si una falsa unidad sin vínculos espirituales, fundada mayormente en sobornos materiales, no habrá servido para engordar en Cataluña la dinámica victimista del independentismo. Podríamos preguntarnos si la falsa diversidad generada por el régimen autonómico no habrá fomentado la deslealtad bajo un disfraz de paz administrativa. Podríamos preguntarnos si un orden jurídico que auspicia la formación de facciones separatistas y su concurrencia en elecciones y a la vez pretende que tales facciones no puedan luego llevar a cabo su programa político, arbitrando procedimientos legales que lo impiden, no será en realidad una descomunal aporía. Entiendo que plantearse estas preguntas cause miedo; y entiendo que responderlas con nobleza resulte desgarrador, pues al hombre de nuestra época se le ha enseñado a agarrarse a sus errores contra viento y marea. Pero no hay solución a las enfermedades sin diagnóstico previo.

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La dura realidad es que España resulta odiosa a la mitad de los catalanes. Da lo mismo si son una pizquita menos o una pizquita más de la mitad; pues lo que resulta seguro es que en unos pocos años serán muchos más, si no se invierte la dinámica que nos ha llevado hasta aquí. Y con la mitad de los catalanes odiando a España no puede haber convivencia digna de tal nombre, sino tan sólo una coexistencia hórrida, sostenida sobre el soborno (o, en su defecto, sobre el miedo). Para salvar a España de su disgregación, se necesitan hombres magnánimos capaces de romper la dinámica del odio y de inspirar amor a España. Pero los hombres magnánimos son exactamente lo contrario de los hombres insensatos, que son los que tienen alta estimación de sí mismos sin merecerla y triunfan en las sociedades subvertidas. Para ser magnánimo, como la propia palabra indica, hay que tener el alma muy grande y abarcadora, “alma para sí y para otros”, como decía Castellani. ¿Existen hoy hombres así en España, del rey abajo? No nos cansaremos de esperar “otro milagro de la primavera”, aunque sabemos que en las sociedades subvertidas tales hombres perecen por inanición (y por el griterío de los altaneros y los orgullosos). Pero si tardan en aparecer esos hombres capaces de dar cosas a las que nadie los obliga y de abstenerse de cosas que nadie les prohíbe, Cataluña –como España en general—será pronto ingobernable.

(ABC, 23 de diciembre de 2017)

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