Macri y la suerte. Por Vicente Massot

Nadie se halla en condiciones de explicar por qué unas personas nacen con estrella y otras, en cambio, nacen estrelladas. Las razones en virtud de las cuales Alejandro Magno y Napoleón Bonaparte, al margen de sus méritos relevantes en el arte de hacer la guerra,
tuvieron una dosis indisimulada de suerte en su derrotero político, están más allá de cualquier explicación racional. Casi podría decirse que la suerte es un don que unos pocos graciosamente reciben, de la misma manera que a los más les es negado. Pues bien, no caben dudas de que Mauricio Macri —cuando menos hasta hoy— se encuentra en el pelotón de los afortunados. Lo que no supone —bueno es aclararlo, para evitar cualquier equívoco posterior— que sea legítimo comparar al presidente de los argentinos con el hijo de Filipo de Macedonia o con el más ilustre de los emperadores galos.

Tampoco implica lo adelantado más arriba sostener que la suerte sea capaz por sí sola de compensar la falta de talento, capacidad de mando e inteligencia de aquellos mortales decididos a navegar en las procelosas aguas de la cosa pública. Un determinado político, deportista, médico, escritor o artista, aun sin suerte puede ser exitoso en su profesión. De igual forma la suerte, que arrastra algo de caprichosa, no siempre es sinónimo de éxito. Ayuda, eso es todo; y en tal medida que —salvo un necio— no existe hombre o mujer en esta tierra que, en posición de decidir entre tenerla cerca o lejos de si, eligiese lo último.

Hasta aquí, Macri ha sido un privilegiado. Nació con el don del que venimos tratando, que nunca lo ha abandonado. Para no meternos con su paso por las empresas que fundó su padre, el actual jefe del estado gozó de una suerte casi única entre nosotros cuando asumió, primero, la conducción de Boca Juniors y, más tarde, al momento de ganar las elecciones que lo convirtieron —en plena hegemonía kirchnerista— en el lord mayor de la ciudad autónoma de Buenos Aires. Este regalo —de Dios, del destino, o como prefiera llamársele— no le fue esquivo en su disputa contra Daniel Scioli ni en los tres años o poco menos que lleva en la Casa Rosada.

De haber tenido que enfrentar —en medio de la crisis que su propia incompetencia ayudó a gestar— a un peronismo unido, con un jefe por todos aceptado y una cohesión partidaria a prueba de balas, es muy probable que otra hubiera sido la historia. Pero delante suyo el panorama justicialista luce, si no desolador, sí complicado en extremo. Las probabilidades de que consiga marchar a los comicios del año próximo con un solo candidato parecen remotas; y en ello consiste la principal ventaja del oficialismo.

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Carlos Menem podía generar cierta desconfianza en el electorado independiente y podían suscitar incertidumbre algunos de sus anuncios un tanto estrafalarios en el curso de la campaña electoral de 1989; contra lo cual, a nadie le daba miedo que pudiese ganarle a Eduardo Angeloz. Inversamente, la sola idea de que Cristina Fernández llegase ungida por el voto popular a Balcarce 50 dentro de quince meses, aterra a muchos. Eso que se ha dado en llamar “la grieta” y que expresa el abismo —en términos de usos, costumbres y valores— que separa a nuestra sociedad, no existió nunca hasta el triunfo de los K. En la medida que subsista —y todo hace prever que así será— el Pro se verá favorecido sin haber hecho nada para merecerlo. En el miedo a Cristina Fernández nuevamente presidente hay para Macri una dosis de suerte indiscutible.

Imaginemos lo que habría sido la situación del gobierno durante la corrida cambiaria y ahora —mientras se extienden las negociaciones sobre el presupuesto 2019— con un Néstor Kirchner en calidad de jefe omnímodo del PJ. …¿Y si Anne Krueger hubiese ocupado el cargo que hoy ostenta Christine Lagarde, acaso el apoyo incondicional otorgado a nuestro país por el Fondo Monetario Internacional hubiera sido el mismo? Fernando De la Rúa y Domingo Cavallo, ¿qué no hubiesen dado por tener a la francesa y no a la alemana al frente del organismo de crédito en el 2001? Al fin y al cabo —y malgrado las diferencias substanciales que saltan a la vista de inmediato, en caso de compararse esos dos momentos históricos— el pedido del gobierno de la Alianza al Fondo no fue descabellado. La suerte que en aquel entonces le faltó por completo a unos, otros, diecisiete años más tarde, la recibieron con creces.

No hay analista, adivino, brujo, o consultor capaz de dar por sentado que Mauricio Macri seguirá su camino con la misma suerte que tuvo hasta ahora o si ésta se le escapará en algún momento. En cualquier caso, la necesitará —y mucho— en los últimos quince meses de su gestión. Si lo acompañase un conjunto de ministros sobresaliente, tuviese en la jefatura de gabinete a un emulo de Indalecio Gómez o Roque Vítolo, contase en Hacienda con un Ludwig Erhard redivivo y las arcas del Banco Central se encontrasen atiborradas de lingotes de oro, igual requeriría que las estrellas se alineasen en su favor.

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Aunque no haya sido producto de un plan de acción concebido racionalmente, ni la consecuencia necesaria de la crisis en desarrollo, lo cierto es que Nicolás Dujovne ha salido favorecido y con un poder que nunca antes había sido suyo, luego de los cambios ministeriales de público conocimiento. El paso al costado de Luis Caputo terminó de consolidar la posición de un ministro de Economía fuerte —algo que es necesario para administrar tiempos de zozobra. Lo que el presidente se había negado siempre a considerar, por temor al surgimiento de un nuevo Cavallo, lo terminó haciendo la tempestad cambiaria. Es un paso en la dirección correcta en el que obró más la casualidad que la voluntad de Macri. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que ha sido una forma de ayudar a la suerte. Es que negociar con el FMI, por ejemplo, con Dujovne sintonizando en la gama de los blancos y Caputo en la de los grises o negros, hubiese significado un sinsentido.

De a poco la fuerza de las cosas va obrando cambios en la manera de actuar y de decidir del gobierno que habrían resultado impensables medio año atrás. El presidente y sus principales colaboradores se han percatado de que el edificio gradualista, al que le habían apostado casi todas sus fichas, se desplomó como un castillo de naipes. En su lugar han debido montar una arquitectura más dura, de urgencia, que alcanzara para arribar a octubre de 2019 con la guardia en alto. El ajuste en marcha ha venido a reemplazar al fenecido gradualismo; y al mismo se ha plegado, con armas y bagajes, toda la administración actual. Otra cosa no podía hacer sin correr el riesgo de terminar como De la Rúa.

La gran incógnita de los meses que faltan, hasta que debamos meternos en el cuarto oscuro, no se refiere tanto al valor del dólar, la balanza de pagos, el crecimiento de la pobreza y el desempleo, o el valor de los productos que exportamos, como a la dimensión de la parálisis económica y la reacción que esta produzca en los segmentos más golpeados de la sociedad. Que la recesión no se convierta en depresión sería una verdadera sorpresa. Si con una depresión de magnitud desconocida, igual Macri lograse mantener el núcleo duro de su electorado y de parte de los independientes, la suerte le seguirá sonriendo.

 

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