Los retos de VOX. Por Sertorio

VOX ha surgido como un banderín de enganche, como un batallón de Spengler, como un dos de mayo frente a la política de traiciones y cobardías de los partidos del régimen del 78. Esta joven formación presenta en su favor un activo nada despreciable: ha sustituido al Estado a la hora de combatir la traición separatista; gracias a los abogados de VOX, están Junqueras en la cárcel y el bufón de Waterloo en el exilio. VOX ha plantado cara a los abusos de la dictadura del género y defiende a las víctimas de esta tiranía de los llorones, a esos padres e hijos que las leyes dejaban indefensos frente a la discriminación feminista. VOX está con los toros, con la caza, con las fiestas populares y defiende el sano principio de que hacen muy bien en no ir a las corridas, las monterías o las procesiones religiosas los que las detestan, pero que eso de prohibírselas a los que las disfrutamos es tan estúpido como inadmisible. VOX, además, defiende la libertad de expresión frente a los inquisidores de la corrección política.

En fin, VOX es la necesaria reacción de un país al que la omnipotente izquierda cultural estaba castrando y silenciando. También es un esfuerzo, casi en el último extremo, por reorientar la detestable política de este régimen difunto y tratar de evitar el troceo de España por sus enemigos. Cuando su eco resuene en las paredes de los diversos parlamentos e instituciones en los que, sin duda, va a entrar, llegarán los verdaderos retos para este partido.

El mayor peligro al que se enfrenta VOX es convertirse en el partido de Madrid. La evidencia de que es imprescindible acabar con las autonomías no tiene que dar la imagen de una vuelta a un centralismo que nadie quiere. La necesaria racionalización del desbarajuste autonómico no debe impedir el autogobierno en pequeña escala, siempre bajo controles mucho más severos y efectivos que los del absurdo Estado de las autonomías que hemos sufrido en el último medio siglo. La recentralización del país no implica que todo el aparato administrativo resida en la capital, sino que debería suponer una mayor asunción de responsabilidades por provincias, municipios y comarcas, a las que se les debería dar un fuero en el que, sobre todo, se insistiera en la responsabilidad económica y en el control minucioso por parte de la administración central. El Estado autonómico ha significado la sustitución de un centralismo por diecisiete. Descentralizar de esta manera, con provincias y comarcas, sí que supondría un autogobierno mucho más profundo y popular que el de las nefastas oligarquías autonómicas y, además, con un nivel de amenaza para la nación insignificante comparado con las taifas regionales que tan irresponsablemente se han creado por el régimen aún en vigor.

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La necesidad de intervenir en Cataluña durante largos años supone que VOX debe tener un plan para devolver a los catalanes a España, al sentimiento nacional, que difícilmente será compatible con un centralismo al estilo del siglo XIX. Las regiones como Cataluña, Vasconia y Navarra deben disponer de órganos forales propios que, sujetos a un control verdaderamente efectivo del Estado, les permitan mantener sus peculiaridades y sus regímenes especiales en el caso de los antiguos territorios forales. El foralismo siempre ha sido una encomiable tendencia entre los pueblos del norte y resulta un firme valladar frente a los separatismos. Si VOX se empeña en un centralismo madrileño estará perdido incluso en Madrid.

El otro peligro que acecha a VOX es convertirse en una derecha atlantista y dura, en una reedición del aznarismo. Para eso ya está el PP original y su marca blanca: Ciudadanos. El sector más dañado por el régimen del 78 son las clases medias modestas, los autónomos y los pequeños comerciantes, agricultores y funcionarios. Y no olvidemos a la clase obrera española nativa, a los parados y a todas las personas a las que la oligarquía en el poder ha arruinado sistemáticamente en los últimos veinte años. Ese público no comulga con la ropa de marca ni con el tonillo chulesco de los pijos del barrio de Salamanca. Ese público no es liberal ni quiere que Madrid sea una imitación de Londres. Ese público quiere que al pan se le llame pan y al vino, vino. Ese público quiere que se ponga coto a las grandes empresas y a los bancos, a la UE y a las finanzas internacionales. Ese público no quiere que se sigan arrancando olivos, que se pague por no trabajar y que se subvencionen peonadas inexistentes, mientras se machaca a impuestos al autónomo y al comerciante y se grava a los que de verdad producen. Ese público quiere un capitalismo bajo control y una oligarquía domesticada, que obedezca a las leyes y se someta al Estado, como hacen ellos. Ese público defiende la educación y la sanidad estatales y rechaza los embelecos de las privatizaciones. Alejarse de las prédicas neoliberales anglosajonas es otra de las necesidades de VOX. Si se ponen a jugar a la derechona, al atlantismo y al liberalismo duro, esa gente no se acercará y seguirá en Podemos, en el PSOE o en la abstención. Y harán bien, desde luego.

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Y hace falta un gran designio cultural. No sólo un programa para salir del mal paso en el que nos han dejado las oligarquías del 78, sino una transformación radical de la forma de entender España que vaya incluso más allá de la simple política. Hay que regenerar la imagen del patriotismo español, que no puede seguir ligado a la banderita, a las sevillanas de los señoritos repeinados y a la cabra de la Legión. Hay que presentar un proyecto alternativo al del omnipresente marxismo cultural; ganar las cátedras, los teatros y las salas de conciertos; atraer a filósofos, escritores, pintores y hasta a cantantes de rock. Porque sin un cambio en las mentalidades que vaya más allá del simple rechazo a lo existente, VOX será un estimable partido político, pero carecerá de mañana.

La presencia institucional es necesaria para hacer valer los valores morales y culturales de nuestra vieja nación, pero también para renovar sus ideas. Hay que refundar España sobre las ruinas de lo que este régimen ha arrasado. Para eso hace falta algo más que la política, aunque sin poder municipal, autonómico o nacional no se podrá edificar nunca una alternativa sólida a lo existente. VOX es el inicio de algo que debe ir más allá de la gestión de la cosa pública y de la dignificación del Estado; forma parte de un movimiento que surge en toda Europa bajo formas diversas y que damos en llamar identitarismo, que es la alternativa radical a la ideología postmarxista que imponen los grandes poderes transnacionales. Se trata de un combate sin concesiones en el que las enemistades son irreductibles entre dos conceptos del mundo –no sólo de la política– mutuamente excluyentes. Eso supone para VOX una radicalidad en los principios que se agudizará a medida que los retos sean más graves, cosa que resulta inevitable dada la tendencia general de nuestra época. Ese será el futuro inmediato de Europa y, en cierta medida, del mundo. De la unión de todas esas tendencias diversas pero convergentes es de donde podrá surgir una Europa europea y verdaderamente unida. No es sólo España lo que se defiende con VOX, es la existencia de una civilización amenazada de muerte por unas élites apátridas e irresponsables.

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