Mié. Ene 20th, 2021

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Los mitos políticos urbanos. Por Vicente Massot

Mueven a risa los pronósticos optimistas lanzados a correr por las usinas gubernamentales con base en el alza del precio de la soja, la baja de las tasas de interés internacionales y las oportunidades que volverían a abrirse de que determinados países emergentes —incluido el nuestro— reciban inversiones considerables en el año a punto de comenzar. Si la previsión podría resultar cierta referida a cualquiera de las naciones que merecen tal calificativo, carece de todo sentido en el caso de que se la quisiera extender a la Argentina. El punto de discusión no se halla centrado en los indicadores económicos mencionados porque —en efecto— el valor de los commodities de origen primario ha crecido mientras el del dinero ha bajado. La cuestión, pues, no es lo que pasa en el mundo sino lo que ocurre entre nosotros. Como estamos fuera de los mercados de deuda y el oficialismo administra la crisis a contramano del capitalismo del siglo XXI, difícilmente haya fondos de inversión o multinacionales de envergadura que deseen asumir riesgos en estas playas. Por algo crece —día a día— el número de empresas que se van o mudan sus oficinas centrales a otras latitudes.

El anterior es solo uno de los varios mitos urbanos kirchneristas que se repiten con el propósito de darle buenas noticias a la población. Hay otro, de similares características, que es mencionado sin solución de continuidad por Martin Guzmán, Cecilia Todesca y Matías Kulfas. Se trata del rebote de la economía que, según aquellos funcionarios, vendría a resultar un efecto virtuoso de la conducción de la cosa pública que monopolizan, cuando en realidad es un fenómeno de naturaleza física. No importa de qué administración se trate, ni tampoco su ideología o su competencia, después de una caída estrepitosa del PBI siempre se produce una mejora estadística. Pero el ciclo recesivo —que lleva más de siete años— y el recrudecimiento del flagelo inflacionario muestran la situación desastrosa en la que nos encontramos.

El tercero de estos mitos se relaciona con la vacunación masiva. La comedia de errores, enredos y gazapos que han protagonizado un presidente dibujado, un ministro impresentable y una secretaria de Estado barullera, merecería figurar en el libro Guinness de los récords. Alberto Fernández, Ginés González García y Carla Vizzotti han demostrado una falta de idoneidad en el manejo de la crisis sanitaria como no se recuerda otra. Hicieron promesas de un calibre disparatado, se llenaron la boca con méritos inexistentes, y se fijaron plazos de cumplimiento imposible. Una vez más, el tiro les salió por la culata.

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Alberto Fernández dijo que —tras consultar con su ministro de Salud— podía anunciar, lleno de orgullo, que solo diez países en el mundo habían comenzado la vacunación. El nuestro —por supuesto— estaba entre ellos. Como de costumbre, o bien confundió las cifras o bien demostró, a semejanza de las conferencias de prensa en plena cuarentena, que no sabía de lo que hablaba. A esta altura más de treinta y cinco naciones han dado comienzo a ese proceso sanitario y con una cadena logística de primer nivel. Aquí —en cambio— es mejor no pensar en las condiciones que se aplicará la Sputnik V en Formosa, Tucumán, La Rioja, Santiago del Estero y el gran Buenos Aires, por citar sólo a algunas de las muchas provincias con bolsones de pobreza estremecedores y una manifiesta falta de idoneidad de la burocracia encargada de llevar adelante los operativos de vacunación.

Lo que transparentan estos mitos urbanos es la falta de resultados que arroja el boletín de calificaciones del gobierno, cumplidos los doce meses iniciales de su gestión. La desesperación —que de ordinario es mala consejera— explica en buena medida el por qué hay tantos funcionarios que se van de boca sin necesidad. La encuesta de Synopsis, recién conocida, dando cuenta de que la mitad de los argentinos no le creen al presidente de la Nación, es una muestra elocuente. Los índices de credibilidad y de confianza con los cuales la ciudadanía había premiado a Alberto Fernández desde abril y hasta septiembre —poco más o menos— se han evaporado por efecto —entre otras razones— de su incontinencia verbal. No sólo ha hablado más de la cuenta, sino que a las torpezas le ha sumado las mentiras.

Entrar al segundo año de los cuatro que le corresponde cumplir por ley con un presidente así de devaluado resulta una señal de alerta temprana. Es conveniente no pasar por alto un dato que, salvando las distancias de tiempo y de partidos, sólo había sido dable apuntar en la cuenta de Fernando de la Rúa. Ahora también Alberto Fernández deberá cargar con el sambenito: ser blanco de las críticas del arco opositor —algo enteramente lógico— y de su propio partido —cosa inusual— casi por igual.

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Así como desde las tiendas del alfonsinismo le llovían reproches al presidente de la Alianza electoral que se hizo del poder a finales del siglo pasado, así también caen hoy sobre el hombre que Cristina Fernández eligiera para encabezar la fórmula del Frente de Todos múltiples cuestionamientos —explícitos algunos, elípticos los otros— provenientes del kirchnerismo y de eso que se denomina —a falta de mejor calificativo— peronismo tradicional u ortodoxo. Que los justicialistas cargaran contra De la Rúa lanza en ristre era comprensible. Tanto como la actitud beligerante de los radicales y del macrismo respecto del actual gobierno. Lo que en cambio representa una anomalía, es el fuego amigo abatiéndose sobre la Casa Rosada.

Alberto Fernández está en medio de un fuego cruzado que —a sus expensas— han desatado los cristinistas, los gobernadores del PJ —que en teoría estaban destinados a ser sus aliados— y los opositores. Es cierto que los reproches son de distinta magnitud y naturaleza. Mientras los dardos de la viuda de Kirchner y sus seguidores tienen como propósito marcarle la cancha y hacerle morder el freno, poniéndolo en autos —por si no se hubiera dado cuenta— de que el suyo es un poder vicario, los gobernadores e intendentes que no pertenecen al universo K le hacen sentir —en privado— su desilusión. Esperaban encontrar en Balcarce 50 un contrapeso a La Cámpora, con voz y voto propios. En su lugar, hallaron un genuflexo que pareciera salido de la escuela de Daniel Scioli.

A esta altura, a los mitos reseñados habría que agregarle uno que refleja con crudeza la relación de fuerzas dentro del espacio oficialista y que será necesario tener presente en el año que se inicia: el del albertismo. Fueron legión los que en diciembre del año pasado especularon, creyeron y tejieron teorías respecto de un presidente que construiría, con el respaldo de los caudillos provinciales y de ciertos jefes comunales, un espacio de poder independiente de toda injerencia kirchnerista. Doce meses más tarde se ha comprobado que era un mito político fantasioso, de los muchos que andan dando vueltas.

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