Mar. Ago 9th, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Los Idiotas. Por Cristián Rodrigo Iturralde

“Contra la estupidez, hasta

los dioses luchan en vano”

Goethe

Voltaire decía que la idiotez es una enfermedad extraordinaria, pues no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás, y al menos en esto tenía razón. El problema es que “los demás” somos nosotros, la sociedad, que sin comerla ni beberla aterrizamos en el Planeta de los Simios; y no lo decimos metafóricamente, sino de modo literal y con la firme intención de calificar y ofender.

 Aunque siendo justos, tal vez estemos exagerando y no sea tan terrible la existencia en este nuevo planeta como pensamos, pues lo simios aquí al menos habitan en imponentes rascacielos y todos, invariablemente, cuentan con Netflix para aprender lo importante en esta vida y con delicias transgénicas para saciar la gula (cortesía de la filantropía Soros-Monsanto).  Visto así, no todo es tan malo, a decir verdad.

Desde ya que en un planeta cuyo lema es «Progreso y Evolución para Todxs», la educación es algo primordial, y lo han demostrado sobradamente con hechos concretos y verificables. Prueba de ello es que han logrado alfabetizar a la totalidad de la población, que ahora puede sumar, restar y escribir como Antonio de Nebrija gracias a las calculadoras y correctores automáticos diligentemente distribuidos por el estado benefactor y prolijamente pagados por los contribuyentes. Y como la tecnología tiene que estar al servicio de la educación y de la diversidad, cada uno de esos dispositivos trae incorporado el sistema de «subjetividad 3D», que permite que 2+2 sea 5 o 7 y no siempre 4. (Naturalmente, el estado contempla la casuística a la hora de cobrar impuestos: en este caso, la utilización de calculadoras posmodernas, sea anatema. Bienvenidos por un momento los «absolutos»).

Naturalmente, el pensamiento abstracto y el desarrollo del juicio crítico del individuo también es parte de la frondosa agenda cultural, y en virtud de ello erradicaron de la currícula educativa la obsoleta y molesta dialéctica (lógica), las preguntas fundamentales y todo manual que no apreciara la belleza simiesca. A fin de cuentas, todo lo que el ciudadano debe saber se encuentra en los mass media. Entonces ¿para qué complicar la existencia de la gente?… Bastante preocupada está con la suba del tomate como para tener que ocuparse además de pensar.

 Afortunadamente, la libertad es cosa muy seria en tierra primate. La libertad es total y absoluta. Terroristas, violadores, corruptos, alcauciles y berenjenas circulan libre y campechanamente por las calles e incluso llegan a ser altos funcionarios públicos. Las cárceles ya no son necesarias, pues gracias a las campañas de concientización ciudadana y a las políticas inclusivas e igualitarias, los presidiarios han sido liberados e indemnizados, considerados ahora cómo “personas con distintas capacidades” y tan respetables como cualquier ciudadano común que cumple con la ley. Los únicos que permanecen tras las rejas y que sufren la democrática coerción del gobierno son los hombres sensatos -de modo que Ud. no se preocupe-. Todos culpables del único delito que no puede tolerarse: disentir.

La vida aquí es bien sencilla; no hay deberes sino derechos. Deo gratias, la lógica represora ha sido confinada a contar piedras al monte tucumano (pues ya era hora que la lógica hiciera algo útil para la sociedad) y los conservadores fueron despachados en latas de conserva de atún para abastecer los almacenes populares. La plebe baila, canta y se divierte al compás de las más refinadas melodías reguetoneras, y las clases aburguesadas encuentran consuelo y sentido a la vida en la jovial prosa de Sartre y en los urinarios de Duchamp. ¡Finalmente se ha acabado la dictadura del sentido común! La anhelada «sociedad no represiva» de Marcuse ha llegado. Ahora cada cual construye su propia realidad y es lo que quiere y siempre quiso ser. El blanco puede ser verde o violeta o tal vez, si acaso es martes, amarillo. El hombre puede ser mujer, jirafa, cenicero o pescador bengalì. Las combinaciones posibles son infinitas.

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Oda entonces a la revolución posmoderna.

Oda al Planeta de los Simios.

 Ni en sus sueños más optimistas imaginó el propio Gramsci un escenario tan disruptivo como el actual, que hacen ver a Nerón, al Marqués de Sade y a Robespierre como boy scouts de alguna denominación cristiana. En uno de sus tantos escritos, Lenin se quejaba que de cada 100 hombres que se declaraban comunistas, solo uno lo era realmente y el resto eran “idiotas útiles”. Y sin quererlo, probablemente dio la mejor definición de lo que es el marxismo: una ideología impulsada por una mayoría absoluta de idiotas que siguen pasiva y acriticamente a un grupúsculo de mal nacidos. Sin idiotas no hay marxismo, y por eso debemos ocuparnos más de éstos que de los malvados, pues a diferencia de estos últimos, los idiotas se replican más rápido que los conejos, son completamente impredecibles y capaces de tirar por equivocación la bomba en su propio pueblo con ellos dentro.

 Alguno me dirá que no todos los idiotas son iguales, y probablemente tenga razón, aunque no cambia la ecuación ni el resultado final. Pero aceptando el ejercicio planteado, podríamos separarlos básicamente en dos grandes grupos: el del idiota por vocación y el del idiota ovejuno. El primero es más bien proactivo, posee cierto grado de astucia, pretensiones proselitistas y descolla en el arte de inventar estupideces. El segundo, en cambio, no tiene capacidad inventiva pero sí repetitiva; se deja simplemente llevar por la corriente de las modas y prescinde de todo aquello que pueda curar su idiocia o hacer peligrar su cómoda existencia en las naderías del consumismo compulsivo.

El idiota es un sujeto peligroso, pero no todos lo son en la misma medida, de modo que mal haríamos en generalizar y enviarlos a todos a compadecer ante la pira del amigo Torquemada. Expliquémonos mejor: 3 o 4 idiotas en un loquero o en alguna carpa maltrecha del Himalaya no suponen mayor inconveniente, pues que idioticen a otro loco o a una ardilla, no preocupa. 3 o 4 millones de idiotas estratégicamente distribuidos en todas las urbes, comienza a ser inquietante, pero aun no apretamos el botón de pánico ni les enviamos nuestra Fuerza de Tareas. Ahora bien, el escenario cambia radicalmente cuando un solo idiota logra hacerse del poder. Aquello será razón suficiente para temer, porque sienta precedente y envalentona a otros idiotas a que hagan lo propio. El «laissez-faire» podrá ser productivo en economía, pero en materia de idiotas supone un acto suicida. El resultado de esto está a la vista.

Empero, alguien podrá objetarnos que los idiotas siempre existieron y que nadie jamás se rasgó demasiado las vestiduras… y entonces ¿por qué habremos de hacerlo nosotros? La respuesta es en realidad harto sencilla: si históricamente no causaron mayor daño fue por el simple motivo que no los dejaron. Si a un idiota muy osado se le hubiera ocurrido siglos atrás validar el casamiento de una persona con un mobiliario, promover la homosexualidad entre los niños o el asesinato de bebes invocando la “salud reproductiva”, la “planificación familiar” o el “control poblacional”, hubiera sido colgado en la plaza pública o solícitamente linchado por el pueblo justamente indignado. Pero claro, aquellos tiempos medievales -de meridiana claridad- eran más sensatos y civilizados que los actuales.

Mucho hemos hablado de idiotas pero no hemos definido concretamente que hemos de entender por tal. Las acepciones al término son numerosas, aunque existe un rasgo particularmente distintivo que es la indocta ignorancia y su connatural arrogancia (que le impide reconocer aquello mismo que está viendo). Nosotros, empero, extendemos su alcance a todo aquel que por acción u omisión, voluntaria o involuntariamente, con o sin motivos, adhiere o permanece pasivo ante los divagues progresistas. Buenistas, bienpensantes, centristas, dialoguistas, timoratos, cobardes, indefinidos, hippies, zurdos (con o sin jabón) o de la falsa derecha eunuca. Todos estos son idiotas, le pese a quien le pese. Cuando nuestra civilización se encuentra al borde del precipicio, solo un idiota es capaz de acelerar el proceso o de mantenerse al margen.

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Por último, nobleza obliga, hagamos justicia al ignorante, al que se ha difamado hasta el paroxismo, analogandolo al idiota y sindicándolo como responsable de todos los males modernos. Roba el ladrón, la culpa es de la ignorancia; el hombre se vuelve narcotraficante, culpa de la ignorancia; mata a su hijo, culpa de la ignorancia; cae un avión, lo mismo… Aclaremos los tantos: la falta de cultura e instrucción en un hombre no constituye necesariamente un impedimento para ser virtuoso –al menos en algún grado- o para poseer una inteligencia práctica superior a la media. El ignorante, al menos aquel con docta ignorancia, es alguien consciente de sus limitaciones, que reconoce la superioridad intelectual de un tercero y se postra dócilmente ante el nuevo conocimiento.[1]

No, señores. El problema de la orfandad intelectual actual no es la ignorancia sino la alfabetización moderna. De ignorantes no necesariamente salen idiotas; de la alfabetización moderna, sí. Pues si algo ha quedado claro es que el incremento de la tasa de alfabetización a nivel mundial es directamente proporcional a la cantidad de nuevos idiotas. La razón es muy sencilla y ya se ha mencionado: (con viento a favor) se enseña a leer, escribir y repetir pero no a pensar ni a ser lo que los clásicos tenían por “un hombre justo”. Y esto sucede en todos los niveles socioculturales. Un buen ejemplo al respecto son los tecnócratas o profesionales modernos: especialistas en su ámbito pero ignorantes de cuestiones esenciales que no escaparían a un labrador de la Edad Media. Y esto es consecuencia directa del sistema educativo posmoderno, donde las escuelas y universidades no son ya espacios de estudio y reflexión sino centros de adoctrinamiento cuyos egresados son profesionales entrenados en el arte de repetir el único mensaje que conocen: el hegemónico.

En menor o mayor medida, casi todos somos producto y víctimas de este sistema que ha renunciado a formar al hombre en todas sus dimensiones. Lejos de «formar», la educación deforma el pensamiento del ser humano en el momento que le niega los conocimientos esenciales para su existencia. Todos sabemos que esta realidad no responde en absoluto a un proceso casual o espontáneo sino que forma parte de una estrategia paciente y hábilmente delineada para desarraigar al hombre de sus valores y condiciones más preciosas, con el objeto de alienarlo y dirigirlo. Esta estrategia de ingeniería social ha sido abiertamente reconocida hace largas décadas por los propios ideólogos del marxismo, comenzando por el antes mencionado Antonio Grasmci, que llamaba a eliminar todo atisbo de sentido común en las personas a efectos de que todos los sofismas le fueran impuestos.

Para defender a la civilización occidental de los idiotas, debemos cerciorarnos primeramente de no serlo en algún grado nosotros. De modo que será preciso formarnos integralmente o a lo menos conocer algunas cuestiones esenciales deliberadamente desatendidas por la pedagogía progresista. Habremos entonces de conocer la naturaleza humana y su teleología,  y estudiar y ejercitar las virtudes y los hábitos para el pensamiento riguroso. Ya luego nos ocuparemos de las técnicas discursivas para vencerlo en el terreno de la retórica (pues la batalla dialéctica la hemos ganado ya holgadamente).

Dios, Patria y familia.

[1] Claro está que un hombre de estas características deberá indefectiblemente poseer humildad (rara avis en nuestro siglo).