Los dilemas de la Independencia. Por Vicente Massot

            Si acaso la Independencia hubiera estado falta de las contradicciones que jalonaron su derrotero a través del tiempo, y los protagonistas de esa gesta hubiesen sido capaces de andar sin desfallecimiento, en acumulado pelotón, convencidos de cuáles eran los objetivos de la empresa a la cual dedicaron vida y honra por espacio de décadas, seguramente el título de mi nuevo libnro debería haber sido otro, distinto del escogido. Pero lo cierto es que, entre nosotros, la Revolución primero y luego el proceso independentista, marchando a la ventura, no tuvieron nunca un derrotero claro. Quienes asumieron la responsabilidad del mando hicieron, desde el vamos, un esfuerzo sobrehumano por fijarle rumbo. Solo que en balde.

No fue solo la inexistencia de consenso cuanto conspiró en contra de sus posibilidades, sino también la beligerancia nacida en el seno de la elite rioplatense cuando el hecho revolucionario apenas estaba en pañales. Las diferencias que estallaron entre los colonos norteamericanos, por ejemplo, comparadas con las que se levantaron a partir del 25 mayo de 1810, tuvieron cursos y desenlaces asimétricos. Mientras allá, con intelectuales de alto bordo y hombres públicos apegados al realismo político, la puja de ideas nunca descarriló al extremo de enfrentar a sus figuras estelares como si fuesen enemigos, acá los contendientes nunca llevaron buena conversación. Se trenzaron en pujas –no precisamente de campanario- con las consecuencias de esperar. Washington logró pronto lo que en vano trataron de forjar San Martín, Belgrano, Pueyrredón y tantos otros de parecido linaje: un Estado puesto a cobijo de la anarquía. Coexistieron, en esa clase dirigente, republicanos y monárquicos, centralistas y federalistas, partidarios unos de negociar con España y otros de recostarse en la Gran Bretaña, que nunca terminaron de ponerse de acuerdo.

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            Que así haya sido demuestra la mayor prudencia e inteligencia de los descendientes del Mayflower respecto de los hispanoamericanos cuyas riñas no tuvieron base en un temperamento más levantisco –propio de su raza- como en la forma en que expresaron sus argumentos y decidieron su curso de acción frente a los dilemas, nada fáciles de resolver, a los cuales dieron lugar la Revolución y la Independencia: ¿centralismo o federalismo?, ¿república o monarquía?, ¿Cuyo o la Banda Oriental?, ¿secesión o autonomía dentro del Imperio?, no resultaron preguntas del montón. En rigor traslucían las tensiones, de todo tipo, que produjo la vacatio regis.

Para entender el rumbo independentista se hace necesario poner en entredicho una serie de nociones repetidas hasta el hartazgo y convertidas en verdaderas canónicas.

Por de pronto, esa según la cual las revoluciones ultramarinas llevaban en su vientre la formación de los futuros Estados nacionales. De la crisis imperial no necesariamente debía seguirse el nacimiento de nuestros países. El viejo vicio lógico post hoc, ergo propter hoc (sucede después de, luego es consecuencia de) ha producido estragos en el conocimiento histórico del período estudiado, y fijado, a la manera de una premisa mayor, el vínculo fatal de la Revolución y la Independencia. Suponer que el imperio español carecía de vitalidad frente al empuje arrollador de unas fuerzas más robustas, destinadas a forjar naciones soberanas casi de la nada, es cuando menos discutible. De hecho, entre 1810 y 1814 hubo intentos de replantear la conexión de la metrópoli con el universo colonial americano sobre nuevas bases que, contra la versión nacionalista del problema, suponían la lealtad a la monarquía. En ese contexto primó, inicialmente al menos, la idea de recomponer –autonomía- y no de cortar de cuajo –independencia- los lazos con la corona española.

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No había una identidad americana clara y distinta que fortaleció su razón de ser conforme los vínculos con la metrópoli sufrieron el cortocircuito derivado de la vacatio regis. El curso de los acontecimientos demostró ser mucho más complejo. La decadencia imperial –que sin duda existía- generó desequilibrios y tensiones de distinta naturaleza y alcance tanto en la península como en sus dominios ultramarinos, pero aún en el caso de creer en la inevitabilidad de una crisis, nada predecía que el camino de salida condujese al secesionismo puro y duro.

Mi nuevo ensayo en cifra abriga tan solo una intensión: dejar planteados -a modo de andamios- algunos de los problemas, disyuntivas, dificultades e incertidumbres que hicieron presa de esos hombres en el marco de un proceso en cuyo origen el reclamo independentista y el de la forja de una nueva nación resultaron difusos. Se trata de una interpretación, de las muchas que podrían hacerse, acerca de una ruptura tan rica en consecuencias como compleja en su desenvolvimiento, en razón de que los hechos insurreccionales generados en Hispanoamérica, a partir de 1810, no corrieron detrás de un destino manifiesto.

El libro, bueno es adelantarlo, no se halla supeditado a un mandato cronológico y admite, según mi criterio, varias formas de lectura. Los capítulos tienen una sintonía común aunque cabría abordarlos de atrás para adelante o viceversa, sin que haya límites en la elección del lector.

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