Los auténticos herederos de mayo 1968. Por Adriano Erriguel

Mayo de 1968 es un hito central en la configuración de nuestro mundo. Una efeméride que suele celebrarse como el umbral de una nueva era: la del individuo liberado y plenamente emancipado. Una gesta progresista asociada al patrimonio sentimental y moral de la izquierda. Pero para ser exactos es el neoliberalismo – más que la izquierda como tal – el auténtico heredero de mayo 1968.

El neoliberalismo se sitúa en la zona de confort de la historia. Por una parte, ostenta la actitud subversiva, inconformista y rebelde que es típica de los intelectuales. Pero por otra parte, su rebeldía opera en beneficio de los intereses dominantes. Por un lado, suministra la ilusión de estar a favor de la historia, de ser el portavoz de un futuro que llegará de todas formas. Pero por otro lado adopta un aire agónico, como si estuviera en dolorosa pugna con las fuerzas oscuras del pasado. En definitiva: oropel de la transgresión más confort de la dominación. “Los partidarios del neoliberalismo – escribe el politólogo mejicano Fernando Escalante – se sienten desde siempre, pase lo que pase, rebeldes (…) es imposible leer a Hayek y no sentir en algún momento que es el último hombre libre en el mundo de pesadilla de Orwell o Huxley. Su obra, como la de Popper, Becker y Buchanam, está escrita contra el establishment. Los partidarios del neoliberalismo siempre pueden presentarse como rebeldes, iconoclastas, marginales, defensores de la libertad contra el orden burocrático establecido. Y por eso son verdaderamente herederos del espíritu de la protesta de los años sesenta”.

La idea neoliberal básica sobre la libertad y la emancipación es, en el fondo, bastante sencilla: “todos somos empresarios, o todos seríamos empresarios si no estuviésemos oprimidos por un Estado que nos lo impide”.[1]

Como veremos, entre el hombre–empresario del neoliberalismo y el individuo “empoderado” de la izquierda posmoderna, hay una línea muy delgada.

 El hombre como startup

Contrariamente a los estereotipos de la extrema izquierda, el neoliberalismo no se reduce a un ultra–capitalismo sin frenos, ni a una maquinación de financieros sin escrúpulos, ni un desmantelamiento de los servicios públicos. El neoliberalismo tiene algo de todo eso, pero desde luego no está ahí su esencia. No se trata tampoco de una ideología represiva y retrógrada (como de forma rutinaria afirma la izquierda). Más bien lo contrario: el neoliberalismo es revolucionario, emancipador y libertino, y son precisamente los poderes públicos – los poderes del Estado– los que empujan hacia esta “liberación”. Si dentro del neoliberalismo hay represión, es la que el sujeto se impone de forma autónoma. Si hay explotación, es la que el individuo ejerce sobre sobre su propia vida.

El neoliberalismo es ante todo una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. El neoliberalismo va un paso más allá del homo oeconomicus del marxismo o del capitalismo. El prototipo del neoliberalismo es el hombre–empresario; o más exactamente: el hombre empresario de sí mismo. “¡Todo ser humano lleva un empresario en su alma!” cantan los rapsodas del neoliberalismo. El neoliberalismo – señala el sociólogo francés Christian Laval – adopta siempre aires de evidencia, de conformidad a un movimiento natural de la sociedad, a una realidad a la cual gobernantes y gobernados deben adaptarse. Pero esta “realidad” (y aquí está la trampa del neoliberalismo) está “hecha de situaciones creadas, de reglas establecidas, de instituciones construidas que alientan las conductas”.[2] El neoliberalismo no es la “mano invisible” del liberalismo clásico, sino que es un voluntarismo y es un constructivismo. Es la mano bien visible del Estado que actúa – cuando así es requerido– para hacer la ingeniería social necesaria y adaptar la sociedad a los moldes neoliberales.

El neoliberalismo tiene un sueño: extender de forma ilimitada “un modelo de competitividad al que los sujetos deberán adaptarse funcionando como empresas, es decir, como unidades de capitalización privada. En esa tesitura el mercado ya no es un hecho o un medio natural, sino un espacio normativo que una política económica y legislativa permite advenir, mantener, corregir y extender”.[3] La extensión ilimitada del mercado: aquí reside el carácter emancipador y progresista del neoliberalismo. El hombre neoliberal se ve emplazado a reinventarse, a optimizarse, a adaptarse a las dinámicas del mercado, si lo que quiere es acceder al paraíso de las oportunidades. La precarización generalizada adopta así aires liberadores. Claro que todo ello requiere una condición previa: abolir todos los obstáculos que se interpongan a las relaciones mercantiles entre los individuos, incluyendo aquellos dominios hasta ahora regidos por arcaísmos éticos, religiosos, nacionales o culturales. Porque ya no hay pueblos, ni naciones, ni culturas, ni religiones, ni sexos. Mejor dicho: sí los hay, pero como “kits” identitarios de consumo particular, como realidades fluidas y maleables, como moda–fusión, simulacro y vintage. El “último hombre” de Nietzsche es una startup individual que piensa de forma global y se identifica por la fidelidad a sus marcas.

 Neoliberalismo de izquierdas

La revolución viste de Prada. En una obra ya clásica los sociólogos Luc Boltanski y Pierre Bordieu señalaban que “la filosofía social de la fracción dominante de la clase dominante ya no se presenta como defensora, sino como crítica frente al estado existente de cosas, lo que le permite acusar de conservadurismo a todos los que se resisten al cambio. El Poder ya no teme a la crítica, por el contrario, la moviliza: hay que cambiar constantemente – o parecer que se cambia– en todos los órdenes de la vida”.[4] Boltanski y Bordieu llamaban a este fenómeno “conservadurismo reconvertido”, frente al “conservadurismo declarado” que sería el propio de las fracciones en declive de las clases dominantes. Las élites en el poder han cambiado de ideología, esa es la realidad. ¿Cuál es la función de la izquierda en esa tesitura?

Como es sabido, el neoliberalismo es una de las bestias negras del izquierdismo biempensante. Pero la retórica anti–neoliberal de la izquierda no debería conducir a engaño. Frente al neoliberalismo – asimilado normalmente al “ultraliberalismo” o el “capitalismo salvaje” – la izquierda moderada suele reivindicar el “social–liberalismo”, que sería una especie de “liberalismo respetable”. Pero esto es sencillamente imposible. Como explican Pierre Dardot y Christian Laval, el neoliberalismo es una “racionalidad global” que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, y no admite una prolongación de sí mismo en el plano social. Si pensamos que hay un “social–liberalismo” que se contrapone al neoliberalismo (de la misma manera en que antaño la socialdemocracia se contrapuso a la democracia liberal) incurrimos en una analogía tramposa.[5] En la práctica, el llamado social–liberalismo no es más que un neoliberalismo de izquierda. Lo que está muy lejos de ser una contradicción. A fin de cuentas, como elección consciente de los Estados el neoliberalismo es – señalábamos arriba– una ingeniería social. Por eso admite una amplia gradación de la intensidad de las intervenciones estatales, por eso admite un juego relativo entre diferentes versiones de sí mismo. Como estrategia adaptativa, el neoliberalismo desarrolla una versión “de izquierdas” – lo que es especialmente visible en las políticas culturales–. Y aquí cobra su relevancia la izquierda posmoderna.

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La izquierda posmoderna es el ariete de la ingeniería social del poder, es el portaestandarte del neoliberalismo cultural. Éste siempre se presenta como “revolucionario”, como favorable al cambio, como dispuesto a la ruptura. ¿Izquierda radical? ¿Izquierda antisistema? Con sus mohines radicales y sus poses destroyer, la izquierda posmoderna es tan peligrosa para el neoliberalismo como un gatito de bengala. Ella misma es la vanguardia cultural del sistema.

Y mucho más que eso. Lo que suele omitirse es que la configuración cultural del neoliberalismo hunde sus raíces en las elaboraciones teóricas de la izquierda posmoderna. En este aspecto resulta clave el legado del último gran “filósofo estrella” del siglo XX: Michel Foucault.

 El puto San Foucault

Todo confluyó, en su vida y en su obra, para hacer de su figura un icono de los nuevos tiempos. El filósofo carismático y maldito, el deconstructor de la sexualidad occidental, el pensador del cuerpo y de los placeres, el evangelista de los marginados y de los excluidos. Foucault es el gurú en el que confluyen todas las fugas hacia adelante de la posmodernidad tardía. Él es el patrón de la teoría de género, de las identidades fluidas, de la nueva era “trans”: una era sin tabúes cuyo advenimiento él habría propiciado, entregando su propia vida en ofrenda martirial. Un Santo, en definitiva. O según la expresión de Francois Bousquet (en su brillante deconstrucción del mito): “el puto San Foucault”.[6]

Pero…

Por decirlo con expresión típica de sus discípulos: hay algo “problemático” en su legado; una herencia incómoda que los custodios del mito, por muchas piruetas y contorsiones que hagan, no consiguen disimular. Y ese “algo” es la sintonía ­–cuando no la identificación implícita– entre Foucault y el neoliberalismo.

¿Foucault neoliberal? He ahí un asunto embarazoso. El neoliberalismo ocupa un lugar importante en sus últimos escritos – Foucault murió en 1984 –, hasta el punto de que el autor de Vigilar y castigar parecía seducido por esta doctrina. ¿Qué podía encontrar Foucault de seductor en el neoliberalismo?

Para entenderlo es preciso partir de un dato: Foucault fue toda su vida un pensador obsesionado por el poder. El problema del poder es el eje en torno al que gira toda su obra, en ella casi todo se interpreta en términos de poder o lucha de poderes. Pero Foucault era un filósofo posmoderno, lo que significaba que él no podía pensar el poder en términos clásicos de filosofía política – un enfoque que abiertamente despreciaba–.[7] Foucault aborrecía las interpretaciones totalizantes – el marxismo es un ejemplo– y no quería limitarse a una crítica de las instituciones (si bien se aplicó a fondo a su deconstrucción). Su verdadero enemigo era mucho más amplio: éste consistía en “todo Sujeto – ya fuera el Estado, la Sociedad o el Inconsciente – susceptible de encerrar al individuo en una determinación global, cualquiera que esta fuese”. A los ojos de Foucault la idea de límite es fundamentalmente infausta, puesto que contradice la facultad de experimentar, la multiplicidad inagotable de las experiencias. De ahí su interés por los anormales, y su empeño recurrente en “sustraer a los locos, a los presos y a los homosexuales a toda forma de enclaustramiento y de categorización unívoca”.[8] El Sujeto: he ahí el enemigo, en cuanto que es en torno a la idea de Sujeto que la tradición metafísica occidental ha elaborado el concepto filosófico de identidad. Esa identidad que “ancla” al individuo en un conjunto de determinaciones colectivas (nación, raza, sexo, religión) y que se convierte así en sinónimo de “fascismo”. Todo el empeño de Foucault – y de la French Theory y los “studies” posmodernos– será deconstruir esas identidades para reemplazarlas por identidades flotantes, mutables, indeterminadas. Foucault es el filósofo de los “tiempos líquidos”.

¿Dónde queda el neoliberalismo en todo esto?

 Filosofía de la post–revolución

En el campo de la crítica social, Foucault propone una inversión de prioridades: si bien las desigualdades económicas y la miseria continúan existiendo, en su opinión estos problemas no se plantean “con la misma urgencia” de antaño.[9] Foucault es post–revolucionario a fuer de posmoderno. Para el autor de “Vigilar y castigar” la crítica de las grandes estructuras económicas responde, en el fondo, a una problemática del siglo XIX, mientras que en nuestra época el auténtico problema se plantea al nivel de “los pequeños poderes y de las estructuras difusas de dominación, que hoy se revelan como los problemas fundamentales”.[10] La utopía de Foucault consiste en una sociedad desembarazada de mecanismos disciplinarios, de dispositivos normalizadores y “excluyentes”. En esa tesitura – subraya Francois Bousquet – el Leviatán estatal se configura como el adversario a abatir, según la máxima – repetida por los apóstoles del libre mercado– de que “se gobierna siempre demasiado”. Es el momento de la consagración americana de Foucault. A fines de los 1970 el neoliberalismo estaba a la vuelta de la esquina: era la era de Milton Friedman y los “Chicago boys”, el momento en el que, hastiado de la vieja Europa, Foucault descubría fascinado los barrios gays de Nueva York y San Francisco, la subcultura homosexual masoquista, las playas de California, el LSD, el opio y la cocaína. Los años 1980 son los años de la “French Theory” en las universidades de Estados Unidos. El “fenómeno Foucault” es un producto americano.[11]

¡Libertad de elegir! La apología del mercado –el “mantra” neoliberal por excelencia– tenía que resultar forzosamente grato a los oídos de Foucault. Al fin y al cabo, si cada individuo es una empresa que se auto–gestiona en función de una ilimitada libertad de elección, ¿qué otro sistema – si no es la mercantilización general de la vida– permitirá escapar al individuo de cualquier género de determinación? Foucault es también el filósofo de la construcción de sí mismo, de la bio–estética y de la estilización de la propia existencia: esculpir la propia vida como una obra de arte. Pero el narcisismo – lo hemos visto antes – es un dispositivo neoliberal dirigido a estimular la competitividad, y se sitúa además en el centro de todo eso que se ha llamado – con toda razón– el “capitalismo de la seducción” (Michel Clouscard) o el “capitalismo artístico” (Gilles Lipovetsky)[12]. Estamos aquí muy lejos no ya de la lucha de clases, sino de la simple lucha contra las desigualdades…

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Hacia la emancipación por la micro–economía

¿Foucault un filósofo contra el poder? Su relación con el poder parece cuanto menos ambigua. Foucault parecía ciertamente fascinado – algunos de sus alumnos así lo recuerdan – por la idea de vigilancia, de dominio y de punición sobre los cuerpos. Su “historia de la sexualidad” y su fijación con el estudio de las instituciones que encierran y castigan a los individuos (la prisión, el manicomio, la escuela) así lo atestiguan. De Foucault parte la identificación – capital en la izquierda posmoderna – entre poder ydominación. De este enfoque se desprende una derivada política importante: “al poner en la diana las formas concretas y visibles de poder (el Estado y las instituciones disciplinarias) sin interrogarse sobre su sustancia, los nuevos movimientos contestatarios (verbigracia, la izquierda “foucaltiana”) ha participado en la consolidación de la lógica de dominación despersonalizada propia del capitalismo”.[13]Con lo que aquí llegamos al meollo neoliberal de la izquierda posmoderna.

La izquierda posmoderna es “libertaria”. Pero el neoliberalismo también lo es. “El neoliberalismo americano – señala Christian Laval – tendría las simpatías de Foucault, porque nos desembaraza por fin de toda una tradición filosófica, antropológica, psicológica y sociológica que intenta contabilizar los factores que llevan a un individuo a comportarse de tal o tal manera. La micro–economía barrería todos esos saberes, al limitar al cálculo coste/beneficio los motivos de la conducta humana”.[14] La utopía neoliberal es la de una sociedad aliviada de mecanismos disciplinarios externos. Claro que el problema es que éstos reaparecen de forma interna, al ser sustituidos por la auto–explotación que el hombre–empresario ejerce sobre sí mismo. Pero los principios libertarios siempre están a salvo, porque esta sociedad – por mor de la competitividad– no sólo hace posible, sino que estimula la manifestación de fenómenos “desviados”, innovadores y diferentes. El “derecho a la diferencia” será uno de sus leitmotiv y el “empoderamiento” de las minorías uno de sus objetivos centrales. Pero desde una óptica neoliberal ¿qué es el empoderamiento – escribe Maxime Ouellet– sino “la transformación subjetiva de los excluidos para hacerlos más competitivos, para adaptarlos a las exigencias de la aceleración en una sociedad en movimiento perpetuo”?[15] Neoliberalismo en estado puro.

Vivimos bajo el poder censor de “las minorías”. Lo que también responde a la lógica neoliberal. Cuando éstas desvían el epicentro de la contestación social a la lucha contra el racismo, el heteropatriarcado y la moral sexual tradicional – es decir, contra la “punición de los cuerpos” – los nuevos movimientos sociales contribuyen a desactivar la lucha contra las desigualdades sociales. Todo ello en perjuicio del viejo Estado–providencia que, como garante de las conquistas del movimiento obrero, había resultado del “compromiso fordista” durante el siglo XX. Claro que, en la perspectiva foucaltiana, ese Estado–providencia no pasaba de ser “otra institución disciplinaria, burocrática e ineficaz que impedía la realización de la autonomía de los individuos”.[16]De esta forma el Estado–providencia mutó en Estado–neoliberal, la lucha contra la exclusión pasó a sustituir a la lucha contra la explotación, y la protección de las “minorías” pasó a sustituir a la protección de los trabajadores.

Todo muy lógico desde un punto de vista posmoderno. Al fin y al cabo, en el mundo foucaltiano, el “lugar de trabajo” no pasa de ser otro lugar de disciplina y punición. De ahí el interés de los seguidores de Foucault – y de la izquierda posmoderna en general– por todo un sector social alérgico a cualquier tipo de trabajo reglado: el lumpen.

[1] Fernando Escalante Golzalbo, El neoliberalismo, Ediciones Colegio de México (edición Kindle).

[2] Christian Laval, Foucault, Bourdieu et la question néolibérale. Éditions la découverte 2018, p. 60.

[3] Christian Laval, Obra citada, p. 66.

[4] Luc Boltanski y Pierre Bordieu, La production de l’idéologie dominante (1976). Citado en: Christian Laval, Obra citada, pp. 214–215.

[5] Pierre Dardot, Christian Laval, La nouvelle raison du monde. Essai sur la société néolibérale. Éditions La Decouverte 2009, p. 470.

[6] Francois Bousquet, “Putain” de Saint Foucault. Archéologie d’un fetiche. Éditions Pierre Guillaume de Roux 2015.

[7] Jean–Loup Amselle, “Michel Foucault et la spiritualisation de la philosophie”. En el volumen colectivo dirigido por Daniel Zamora: Critiquer Foucault. Les années 1980 et la tentation néoliberale, Éditions Aden 2014, p.168.

[8] Jean–Loup Amselle, Obra citada, pp. 168–169.

[9] Michel Foucault, “la philosophie analytique de la politique”, junio 1978, en Dits et écrits V. II 1978–1988 Gallimard 2001, p. 536.

[10] Daniel Zamora, “Foucault, les exclus et le dépérissement neoliberal de l’État”, en Critiquer Foucault. Les années 1980 et la tentation néoliberale. Éditions Aden 2014, p. 94.

[11] Se denomina “French Theory” al desembarco de los pensadores post–estructuralistas franceses – Foucault, Derrida, Barthes, Deleuze, Lacan, Kristeva, Baudrillard – en Estados Unidos en la década de los 1970, así como a la propagación y mutaciones de sus ideas en el Nuevo Mundo: la deconstrucción, las micropolíticas, el nomadismo, el simulacro, lo hiperreal, etcétera (Francois Cusset, French Theory. Foucault, Derrida, Deleuze&Cía y las mutaciones de la vida intelectual en Estados Unidos. Melusina 2005).

[12] Michel Clouscard, Le capitalisme de la séduction. Critique de la social–démocratie libertaire. Éditions Sociales 1981. Gilles Lipovetsky, L’esthetisation du monde: Vivre à l’âge du capitalisme artiste. Folio 2016. Christopher Lasch, The culture of Narcissism. American Life in an Age of Diminishing Expectations. Norton and Company 1991.

[13]Maxime Ouellet, Maxime Ouellet, La révolution culturelle du capital. Le capitalisme cybernétique dans la societé globale de l’information. Les Éditions Écosocieté 2016, p. 253

[14] Christian Laval, Obra citada, p. 56.

[15] Maxime Ouellet, Obra citada, p.257.

[16] Maxime Ouellet, Obra citada, pp. 253–254.

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