Vie. Sep 18th, 2020

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Lo que se calla y lo que se dice – Por Vicente Massot

La foto de Mauricio Macri en saco y con los pies cruzados, descalzo, en pose de yoga, que publicó el pasado día domingo un matutino de la capital federal, hubiera sido el hazmerreír de millones si acaso leyeran los diarios. Pero lo cierto es que a esa portada la vieron pocas personas y a nadie le importó demasiado. El abrazo del gobernador de Buenos Aires con Raúl Castro puede que haya hecho estallar las iras de algunos anticomunistas todavía anclados en la Guerra Fría, nada más. No está claro, en términos de los gestos, qué suma y qué resta en la Argentina preelectoral. En cambio, se sabe qué es lo que no puede ser materia de debate. Qué está vedado, no por las leyes sino por la lógica propia de una campaña que arrastra en su trajinar prohibiciones no escritas, aunque bien conocidas.

Hay anuncios que por razones de concesión política ninguno de los candidatos presidenciales podría anticipar antes de sentarse en el sillón de Rivadavia. Si haciendo de lado la prudencia se dejasen ganar por la tentación de decirle la verdad al electorado, cometerían un sincericidio que los dejaría fuera de carrera. El fenómeno no es nuevo ni resulta exclusivo de estas playas. Se da en todos lados —cierto que en mayor o menor medida, según del país que se trate— y entre nosotros —como ocurre siempre— exagerado hasta tal punto que los debates anteriores a los comicios resultan intrascendentes. Con la coincidencia adicional de que, al no existir una tradición al respecto, esas discusiones que en los Estados Unidos —por ejemplo— pueden definir una elección, aquí nadie les lleva el apunte.

Ello no significa, con todo, que debamos aceptar las verdades de Perogrullo y los lugares comunes de los contendientes. Por de pronto, es fácil descubrir cuáles temas no están dispuestos a ventilar en público, aun cuando les quiten el sueño o poco menos. A esta altura cualquiera con un mínimo de información y de realismo sabe que, más allá de sus diferencias y al margen de cómo obrarán si llegasen a la Casa Rosada, hay una asignatura pendiente que ni Scioli ni Macri ni Massa podrán evitar: se llama ajuste, con devaluación incluida. De momento, los tres gambetean el tema y ni por casualidad dirían en plena campaña que es necesario bajar el nivel de emisión y, consecuentemente, el gasto público, cuyo desmadre está más allá de toda duda. Inclusive niegan de manera terminante que en sus planes figure ajuste alguno. Hoy pueden jugar a las escondidas. Pero en petit comité confiesan la preocupación que a todos le genera la situación económica que heredarán. En eso, ninguno se llama a engaño.

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Existen verdades que, en general, no deseamos escuchar. Por eso en los últimos treinta y dos años, a contar desde el triunfo de Raúl Alfonsín sobre Ítalo Luder, ninguna de las distintas administraciones que se turnaron en el manejo de la cosa pública fue capaz de anticiparse a las crisis que se nos vinieron encima, y terminaron por estallar sin que se tomaran antes las medidas que hubieran podido evitarlas o mitigarlas. La secuencia siempre ha sido la misma: primero nos cubre la ola y recién después nos ponemos el salvavidas. Si, en lugar de tapar los síntomas, los gobiernos hubieran sido capaces de atacar las causas, nos habríamos evitado la hiperinflación de 1989 y el default de 2001. Sin embargo, entre gobiernos empeñados en negar la realidad y una sociedad cómoda, sucedió cuanto era imaginable que pasara.

Hay números de la economía que asustan. Dadas las características del kirchnerismo, hasta el último día de Cristina Fernández en funciones, seguirá con este libreto, sin cambiarle un punto o una coma. El legado, pues, no sólo será pesado en grado extremo sino que —y esto es lo fundamental— no puede ser sostenido en el tiempo. La economía política K, por llamarle de alguna manera —plagada de subsidios directos e indirectos, atraso cambiario y distorsión de precios relativos, entre otros muchos flagelos— termina el 11 de diciembre. La cuestión es que de eso no conviene hablar. Abrir la boca sería peligroso. Eduardo Duhalde puede que tuviera razón a la postre cuando dijo, en plena campaña de 1999, que había que dejar atrás la convertibilidad. Pero, al expresarlo en público, literalmente se suicidó. Fernando de la Rua, más cauto, prometió que la mantendría en pie y esa fue una de las principales razones —no la única, por supuesto— en virtud de las cuales ganó.

Pues bien, el panorama actual tiene cierto parecido y una gran diferencia con aquel de dieciséis años atrás. El parecido consiste en que hay una situación económica que no da más, con una mayoría de votantes que no desea modificarla. Por lo tanto, los tres contendientes, conscientes de lo que podría denominarse —a falta de otra figura mejor— el efecto Duhalde, callan respecto del fondo del asunto y pasan delante del mismo como sobre ascuas. Esto es más claro —obviamente— en el caso de Mauricio Macri y de Sergio Massa; porque a Daniel Scioli le está prohibido disentir siquiera en detalles del programa económico timoneado por Axel Kicillof. Los dos que sí están en condiciones de opinar no ahorran criticas al oficialismo pero, al mismo tiempo, se cuidan de incursionar en temas ríspidos que hacen a la esencia del así llamado modelo. Hasta aquí el parecido. La diferencia está a la vista: no hay un Duhalde dispuesto a llamar las cosas por su nombre. Es que nadie quiere perder anticipadamente.

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Faltan menos de dos semanas para saber dónde está parado cada uno de los presidenciables y cuáles serán, de cara al 25 de octubre, los escenarios abiertos. Debates importantes entre ellos no ha habido y es difícil que los haya. Analizados desde el llano, todo lo que se puede hacer es conjeturar. Hay quienes sospechan, no sin argumentos atendibles, que a la hora de la verdad las semejanzas entre Macri, Scioli y Massa serán más acusadas de que lo que dejan entrever sus discusiones de campanario. Hay quienes insisten en un Scioli rehén del kirchnerismo duro y quienes aseguran que su subordinación se acaba el mismo 11 de diciembre, si a él le tocase lucir la banda. Están los que se inclinan por un Macri dispuesto a hacer un ajuste en regla y los que creen que no tendrá más remedio que hacerlo con base en el gradualismo.

Las especulaciones bien podrían tejerse hasta el hartazgo acerca de los temas que deberán tratar con urgencia ni bien se hagan cargo de la difícil herencia kirchnerista. Pero esas especulaciones, importantes como son, en pocos días más tendrán un complemento fundamental, a poco de conocerse los resultados de las PASO. Por ahora enhebramos razonamientos y lanzamos a correr teorías sobre unos escenarios todavía indefinidos. El 9 de agosto a última hora, o el 10 a la madrugada, las conjeturas tendrán un punto de referencia insoslayable en los números. Ese verdadero censo electoral despejará las dudas que las encuestas, faltas de rigor, suscitan a diario. Aunque fuese la única consecuencia de las PASO —que no la es— habrá valido la pena votar.

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