Mar. Oct 27th, 2020

Prensa Republicana

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Llegada al Valle de los Caídos. Por María Lilia Genta


Desde el camino se ve surgir la Cruz que domina las Sierras del Guadarrama. Al llegar, se impone la más sobria y grandiosa de las Basílicas, excavada en la piedra, en el corazón de la roca.

Siempre digo que no fui a España a conocer sus lugares sino a reconocer los sitios que llevaba en el alma desde adolescente. Como sólo pude recorrer Castilla, esto fue exactamente así: Ávila de Teresa, Segovia de San Juan de la Cruz, la estepa castellana del Quijote y el Mío Cid; y, por supuesto, Toledo, la cabeza del Imperio, con su fiesta, el día de Corpus: tres días de fiesta popular con la gente que llena las calles empinadas, buen vino, jerez y manzanilla y, junto a ella, la misa y la procesión y la Custodia, la más bella que nunca vi, llevada no bajo palio sino por las calles, arriba cubiertas por el palio y abajo el suelo cubierto de romero. De los balcones cuelgan antiquísimos tapices mientras trascurre el desfile de las Hermandades y Cofradías que cierra el Cuerpo de Infantería. Al ir terminando la hora de la siesta, la corrida de toros. El día anterior, visita al Alcázar, sin palabras.

Pero vuelvo al Valle. La Hermandad del Valle de los Caídos había organizado una de sus anuales “Conversaciones en el Valle” sobre el tema de la verdad en la que mi esposo era expositor. Eso nos permitió alojarnos tres días en la Hospedería de los monjes. La conmoción de vivir a un paso de la tumba de José Antonio sólo se igualaba a la que, luego, tendría en Toledo ya que nuestro hotel daba justo al costado del Alcázar. De aquellos días inolvidables nos quedaron buenos amigos con quienes seguimos aún en contacto y colaborando con Altar Mayor, la revista de la Hermandad del Valle. Imposible describir el momento que estuve frente a la tumba de José Antonio (desde los doce años sabía de memoria partes de sus discursos, aquellos sobre todo en los que expone su política poética). Mi esposo, más “místico”, tuvo emoción parecida en Ávila, en el lugar donde conversaban, torno por medio, San Juan de la Cruz y Santa Teresa, la “grande”.

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Pero yo viví la experiencia religiosa más alta en la Basílica del Valle, en la misa de once, concelebrada por toda la comunidad benedictina, cuando en el momento de la consagración se apagan todas las luces y en medio de la oscuridad sólo se iluminan la Hostia y el Cáliz elevados. Todo en la Abadía del Valle es tan sobrio, tan severo que después de estar allí hasta El Escorial de Felipe II que, en su momento se consideró el palacio más severo de Europa, parece frívolo.

El gobierno socialista-comunista de España ya decidió, según las noticias que nos llegan, la expulsión de los monjes y, al parecer, dispuso también que sean exhumados y llevados a otro cementerio los restos de los monjes enterrados en el cementerio anexo a la Abadía con la excusa de que no murieron en la guerra. Está en estudio si removerán la Cruz; pero como sería de mucho costo económico parece que acabará imponiéndose la idea de dinamitarla. En cuanto a los muertos de ambos bandos que están en las naves laterales, en principio permanecerán aunque José Antonio (no pueden negar que murió en la guerra) sería trasladado de su actual sitio, frente al altar mayor, a una de las naves laterales, con las tumbas comunes: nada de tumba especial. Así, el Valle se convertirá en un lugar laico, un monumento a lo que llaman “memoria histórica”. ¿Nos recuerda algo esta expresión?

Mi despedida de España fue ante el Sagrado Corazón fusilado por los milicianos comunistas durante la República, emplazado en el Cerro de los Ángeles, en el centro geográfico de España, en compañía de Blas Piñar y su esposa. Luego visitamos el nuevo monumento, levantado justo enfrente del fusilado, y la iglesia en la que reposan los cinco mártires que perdieron la vida por defender al Sagrado Corazón en aquel trágico agosto de 1936. De allí a Barajas y vuelta a la patria.

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Aquel Corazón de Jesús fusilado, mi última imagen de España, se me ocurre una prefiguración de la gran Cruz dinamitada del Valle, si -Dios no lo permita- lo lograse el odio.

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