Mar. Mar 2nd, 2021

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Las tribulaciones de Scioli – Por Vicente Massot

De puertas para afuera, en el marco de las grandes concentraciones, en los estudios de televisión o en los foros a los cuales son invitados en estos días —casi sin solución de continuidad— los tres candidatos presidenciales con peso propio y chances de ser elegidos entre el 25 de octubre y el 22 de noviembre próximos, se exhiben eufóricos. Ninguno puede dar el brazo a torcer ni delatar sus verdaderas intenciones una vez que —cualquiera de ellos— se siente en el sillón de Rivadavia. Todos, por supuesto, aducen el crecimiento de su intención de voto y juran que ganarán en la primera vuelta —como Daniel Scioli— o bien que tendrán —Macri y Massa dixit— un lugar en el ballotage. En rigor no podrían hacer otra cosa, so pena de suicidarse políticamente.

Claro que, de puertas para adentro, en la intimidad de las tiendas de campaña, con sus asesores de mayor confianza, las cosas lucen de otra manera. Poco dados a las autocríticas severas, creen saber, sin embargo, en dónde han errado y qué necesitan hacer para no tropezar, de ahora en más, con las mismas piedras. No es novedad que, en el círculo áulico que rodea al mandatario bonaerense, ninguno de sus integrantes comulga con el kirchnerismo. En el fondo lo detestan tanto como los K a ellos y a su jefe. Pero deben comportarse civilizadamente y fingir una buena vecindad que está lejos de existir más allá de los discursos y de las fotos.

Durante los meses previos a la confirmación de Scioli como candidato único del FPV, las dudas que le taladraban la cabeza tanto al gobernador con asiento en La Plata como a sus principales laderos —Alberto Pérez, Gustavo Marangoni, Jorge Telerman y Pepe Scioli, para nombrar a los más encumbrados— eran de una índole distinta a las actuales. Entonces ninguno se hubiese animado a poner las manos en el fuego respecto de la verdadera voluntad de Cristina Fernández. Es que no sabían si, a último momento, La Señora iba a soltarle la mano al ex–motonauta, dejándolo a la intemperie. Decapitado sin miramientos Florencio Randazzo, y ungido el gobernador bonaerense como delfín, flanqueado por Carlos Zannini, ahora las tribulaciones del sciolismo son otras.

El grueso de los gobernadores que han cerrado filas junto al candadito del FPV —y buena parte del PJ que decidió seguir sus pasos— no dejan de aconsejarle que tome distancias de la presidente y demuestre su razón independiente de ser, de cara al núcleo duro kirchnerista. Algo que sus primeras espadas también piensan. Sólo que, pasar de la conveniencia acerca de la puesta en marcha de una determinada línea de acción a la ejecución de la misma, no siempre es fácil y hasta puede resultar una tarea imposible.

Cualquiera es consciente, a cincuenta días de los comicios de octubre, que el resoltado final lo pondrá una minoría a la cual será menester seducir. Scioli y Macri —Massa sabe que sus posibilidades de suceder a la Fernández resultan remotas— no se llaman a engaño a este respecto. En la mira de ambos están los votantes de UNA, más los de Margarita Stolbizer y los de Adolfo Rodríguez Saá. Ahora bien, en la estrategia para convencerlos hay una observancia ideológica prohibida: la kirchnerista. Dicho de manera distinta, sería ridículo ir a la caza de esas voluntades enarbolando como estandarte el modelo K. Tal es el dilema del candidato oficialista:

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¿cómo diferenciarse de su mandante sin suscitar las iras de Cristina Fernández, dispuesta a ejercer el poder en plenitud hasta el 11 de diciembre a la mañana?

El desafío que tiene por delante Daniel Scioli semeja al de un equilibrista sin red que, mientras se esfuerza por no caer al vacío, recibe críticas de la parcialidad que representa. Su posición es incómoda no sólo por su naturaleza —poco o nada propensa a los enfrentamientos— sino también porque, de la misma manera que el kichnerismo está atado a su suerte, la suya es directamente proporcional a la capacidad de llevarse bien con la Casa Rosada hasta último momento.

Ninguna de las dos fuerzas que conforman el FPV están en condiciones de tensar demasiado la cuerda de una relación de por sí tirante. No es necesario apuntar los ejemplos que demuestran esa falta de confianza y hasta de cordialidad entre las partes. Son tan abundantes que abruman. Dicho lo cual, no habrá ni rompimiento ni un distanciamiento marcado por parte de Daniel Scioli respecto al modelo y a Cristina Fernández. A su manera —es decir, en puntas de pie, con voz tímida y sin ponerle mucho énfasis a sus anuncios disonantes (por llamarlos de algún modo)— el gobernador bonaerense ha decidido desarrollar su plan de campaña con base en la liga de gobernadores del PJ. Esa es la razón, entre otras, que lo llevó a darle apoyo a sus pares José Alperovich y Gildo Insfrán.

El hoy sufrido Scioli hubiera preferido no enredarse en un cambio de opiniones con Carlos Tévez sobre la pobreza en Formosa ni mucho menos alinearse corporativamente, junto a sus colegas de distintas provincias, detrás de la figura de Alperovich. Pero no tenía demasiadas opciones. La diferencia de votos que el FPV sacó en el NEA y el NOA, a expensas de Macri y de Massa, no es un dato menor. En esos estados el peronismo arrasó y la intención del sciolismo es incrementar en octubre las diferencias.

Por impresentables que le resulten los sultanes justicialistas del norte argentino al electorado independiente, para el ex–motonauta son aliados incondicionales a la hora de sumar sufragios. De momento —pues— y salvo que fuese el propio Alperovich el que diese marcha atrás y aceptase rebajar a su candidato Manzur a una nueva elección, sus pares continuarán prestándole apoyo. Casi podría decirse que la figura de la frazada corta le cabe al candidato del FPV a la perfección: si comulga abiertamente con Alperovich en medio del escándalo, perderá en octubre votos independientes; pero si no lo hiciese y hubiera un distanciamiento con los Insfrán, Alperovich, Zamora, Fellner y demás de su mismo linaje, perderá parte de los votos del norte.

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La tonta polémica entablada con el jugador más popular de Boca Juniors y el apoyo al mandatario tucumano que acaba de reconocer su responsabilidad en el clientelismo de su provincia, se produjeron en el peor momento. Para no quedar cautivo del kirchnerismo, Scioli había decidido apostar fuerte al contrapeso del PJ. Sólo que hacerlo en el marco de un desaguisado como el que produjo la soberbia incompetente de Alperovich, es algo así como haber preparado una escopeta Holland & Holland y que el tiro le salga por la culata. Quedar pegado, por necesidad, a la suma y compendio de lo que amplias franjas de las clases medias y medias–altas urbanas del centro del país —Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y la capital federal— reputan como política mafiosa, se halla en las antípodas de lo que necesita para ganar en octubre.

La hipoteca gravosa que para Daniel Scioli supone el caso Tucumán tuvo otra consecuencia: la foto —que fue mucho más que eso— de los principales candidatos opositores reunidos en oportunidad de denunciar el fraude perpetrado en el jardín de la República por el oficialismo para retener la gobernación. Macri, Massa y Stolbizer difícilmente se hubieran prestado a salir retratados juntos de no hacer ocurrido un hecho de carácter extraordinario. Pero sucedió y, a partir del mismo, la relación entre el jefe de gobierno de la capital de la República y el de Tigre, cambió de manera notable. No significa que ese encuentro haya limado todas las asperezas entre ellos o que uno de los dos esté dispuesto a bajarse de la carrera presidencial. Nada de eso. En cambio, las conversaciones en torno de una fiscalización conjunta en determinados distritos y los acuerdos que eventualmente se puedan forjar a nivel municipal en la provincia de Buenos Aires, reflotaron como por arte de magia.

Nadie podía prever, con la debida anticipación, el peso que tendrían las inundaciones en el panorama posterior a las PASO. Nadie se imaginaba que el sistema político del norte estallaría —como lo hizo— en la provincia de mayor envergadura electoral del conjunto NOA-NEA. ¿Cuántos imponderables más sucederán de hoy al 28 de octubre?

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