Las preguntas del millón – Por Vicente Massot

Aun cuando todavía faltan unos cuantos meses para que la ciudadanía comience a votar por los presidenciables en danza —Sergio Massa, Mauricio Macri y Daniel Scioli— hay unas cuantas incógnitas que resultan de interés y se han convertido, con el correr de los días, en materia casi obligada de conversación política. No está de más —entonces— pasar revista a las mismas, no con el propósito de aclararlas definitivamente sino de poner orden en la discusión. Aquí van.

 

 

1-      Scioli, ¿sí o no?

 

En esta primera incertidumbre que al gobernador bonaerense no lo deja dormir —aunque sepa disimularlo como un avezado actor del Old Vic— hay una certeza que el propio Scioli aporta cuando alguien menciona el tema o cuando lee los análisis que dejan entrever la posibilidad de que Cristina Fernández lo deje fuera del Frente para la Victoria: no será el quien rompa la relación con la presidente y se mude a otro espacio. Por lo tanto, de algo podemos estar seguros: por mordaces que sean los agravios que ensaya a sus expensas el oficialismo y por mucho que se lo destrate, Scioli aceptará cualquier insulto con tal de no ser marginado a último momento. Es de los pocos que creen —firmemente, además— que es posible llegar de rodillas al poder.

 

Si uno apuesta a que la jefa de FPV habrá de manejarse con base en la racionalidad y pretenderá, en las elecciones de octubre, conservar la mayor cantidad de diputados y senadores para transformarse en líder de la oposición al gobierno que asuma en su reemplazo, la figura del ex–motonauta le resulta imprescindible. No hay otro que le asegure al kirchnerismo los votos necesarios para transformar en realidad el sueño de Cristina Fernández. Es del caso recordar que el oficialismo pondrá en juego los legisladores electos en la mejor elección de su derrotero, la del año 2011, en tanto que la de octubre casi con seguridad será la más magra de su historia. Es que difícilmente logre sumar más de 30 % de los sufragios. Comparado ese número con la marca de 45 %, que obtuviera la Fernández hace tres años y medio, parece poco. Sin embargo, el único que tiene posibilidades de orillar 30 % es el gobernador de Buenos Aires.

 

Seria lógico —pues— que luego de esmerilarlo de todas las maneras imaginables —que es lo que vino haciendo, sin prisa y sin pausa, la presidente— al final del día no le impida competir. Pero la lógica kirchnerista tiene sus vericuetos y la señora sus caprichos. Si se puso en contra a la mayoría de los jueces federales sin razón suficiente y antes, junto a su marido, rompieron la relación con Clarín sin necesidad, por qué suponer que en esta oportunidad le dará la derecha a Daniel Scioli.

 

2- ¿A una lista o a su casa?

 

Que Cristina Fernández requerirá de fueros para esquivar la Justicia luego del 11 de diciembre, es uno de esos secretos a voces que todos conocen. Por lo tanto, la única manera de ponerse a cubierto de los estrados judiciales sería su ingreso en la boleta del Frente para la Victoria en la provincia de Buenos Aires en calidad de primera diputada o —en su defecto— encabezando la lista de representantes para el Parlasur. Cualquiera de estas dos opciones en principio servirían a los efectos de dejarla tranquila en un futuro marcadamente incierto.

 

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Esto en tanto y en cuanto la viuda de Kirchner suponga —como tantos de sus adversarios y enemigos— que es probable que vaya presa si no toma algún recaudo con base en los fueros antedichos. Pero por qué no imaginar que ella pueda pensar de manera distinta y suponer, en atención a lo que muestra nuestra historia reciente, que los ex presidentes democráticos raramente terminan sus días tras las rejas. Si éste fuera su parecer, cabría la posibilidad de que no deseara correr ningún riesgo electoral y, en consecuencia, su decisión sea irse a su casa. Lo cual está lejos de significar el abandono de la política.

 

Terciar en la disputa electoral para alguien que acaba de dejar la Casa Rosada y pretende erigirse en cabeza de un polo opositor peronista, puede resultar fatal si no logra ganar la elección que disputa. Dicho en otros términos: Cristina Fernández no puede darse el lujo de salir segunda si acaso se presentase en el principal distrito electoral del país o aspirase a una banca en el mencionado parlamento regional. En el justicialismo suelen ser inmisericordes con los perdedores y la Fernández no será una excepción a la regla.

 

3- ¿ La UCR le suma al Pro?

 

Nadie discute a esta altura que —en punto a la gobernabilidad— para el caso que Macri triunfe en los comicios presidenciales de octubre, el reciente acuerdo forjado con el radicalismo represente un logro importantísimo. Los gobernadores que casi con seguridad ganará la UCR con el concurso del Pro, unido a las bancadas que una y otra agrupación puedan consolidar en las dos cámaras del Congreso a partir del 11 de diciembre, resultarán vitales para el actual jefe de gobierno de las ciudad de Buenos Aires. Pero esta automaticidad no puede descontarse, de igual forma, cuando bajamos de las estructuras partidarias a los millones de votantes anónimos que introducirán —en agosto y octubre próximos, cuando menos— su voto en la urna correspondiente sin prestarle atención a lo que digan los jefes de unos partidos políticos en los que pocos creen.

 

El líder carismático que en la Argentina mandaba a votar por la Mona Chita —y ganaba— se murió cuarenta años atrás y nunca nadie fue capaz de emularlo, desde entonces, en ese y en otros muchos aspectos que lo caracterizaron. Por lo tanto, conviene ser precavidos a la hora de sumarle al Pro los votos históricos de la Unión Cívica Radical como si fuese algo sobrentendido en virtud de cuanto decidió la Convención Nacional del partido, el sábado último, en Gualeguaychú.

 

No cabe duda de que, antes de inclinarse por un peronista, los radicales en su gran mayoría lo harán por un candidato que —aunque sea considerado de derecha— haya acreditado independencia respecto del justicialismo en el pasado y sea confiable en términos de futuro. Maurico Macri ya consiguió parte del voto radical. ¿Pero qué tanto? —De momento es una pregunta imposible de responder.

 

4- ¿Se bajará Massa de la pelea?

 

Es curioso entre nosotros cómo determinados tópicos echados a correr de manera interesada —en este caso por sus dos contendientes principales en las elecciones presidenciales— circulan hasta alcanzar la condición de cosa probable. Que Massa ha perdido el lugar de liderazgo que ocupaba en relación a Scioli y a Macri lo sabe cualquiera. De ahí a suponer que esté acabado y que, en estos momentos, piense abandonar la competencia por el sillón de Rivadavia para ofrecerse al mejor postor como candidato a ocupar el de Dardo Rocha hay un salto demasiado largo.

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En realidad, salvo que antes del 20 de junio uno de los tres candidatos se desmorone en las encuestas, difícilmente alguno de ellos se retire de la disputa en ciernes. Ello significaría suicidarse y cortar para siempre su carrera política. Los tres saben que, al día de hoy, las ventajas que se sacan no son definitivas y en muchos casos podría describirse el actual panorama preelectoral como de empate técnico.

 

5- ¿Son definitivas las PASO?

 

La importancia de las PASO puede ser decisiva o sus consecuencias resultar intrascendentes según cuáles resulten ser las diferencias entre los candidatos en punto al número de votos que obtengan. No está dicho en ningún lado y sería un disparate afirmar a priori, sin conocer el resultado de las urnas, que siempre las PASO obran como una primera vuelta. Es así cuando hay un tercero que queda lejos de los dos primeros y entonces resulta víctima de lo que se define como voto útil. Como en general nadie desea desperdiciar su voto, los sufragios que haya recibido en las PASO el tercero en discordia se fugan hacia uno o los dos candidatos que hayan salido primero y segundo.

 

En agosto habrá tres competidores. En la medida que haya entre ellos un triple empate o en el caso de que las ventajas que se saquen no resulten abultadas, las PASO no harán las veces de una primera vuelta. Lo contrario sucedería si el tercero terminase lejos en el recuento definitivo.

 

6- ¿Qué tanto creerle en este momento a las encuestas?

 

No es novedad que en la Argentina, como sucede con la mayoría de los relevamientos, los hay serios y los hay poco transparentes. Como en líneas generales las groserías intelectuales —por llamarlas de alguna manera— aquí no tienen costo, los encuestadores irresponsables pueden publicar disparates sin temor a sanción alguna. Esto permite que circulen relevamientos de todo tipo, tamaño y color. Por lo tanto, en esta materia es imprescindible distinguir, con base en su pasada trayectoria, los confiables de los que no vale la pena mirar siquiera. Dicho lo cual, es también conveniente poner atención a los tiempos. Como indicadores de una determinada tendencia relativa —faltando cinco meses para que se substancien las PASO y siete para la primera vuelta de octubre— las encuestas son, por supuesto, una guía útil. Si se las toma como verdades reveladas, en cambio, no sirven de nada.

 

Un mes antes de las PASO, con una ciudadanía más metida en las elecciones y con más conocimiento de las formulas definitivas, las encuestas tendrán una importancia de la cual hoy carecen. Es que hay incógnitas que recién habrán de revelarse a fines del mes de junio cuando todos sepamos, por ejemplo, quiénes serán los anotados en el Frente para la Victoria y cuáles serán los candidatos a vicepresidente. En más de una oportunidad planteamos algo que suele pasar desapercibido para muchos, a saber: ¿cómo medir a Scioli solo, sin compañero de fórmula? Una cosa seria con Axel Kiciloff y otra —bien distinta— con José Luis Gioja. Esta realidad elemental hoy no puede ser computada seriamente por ninguna encuesta. Conclusión: seamos cautos por el momento. En tren de leer números, mejor es dedicarse a los relevamientos cuantitativos.

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