Dom. Jun 26th, 2022

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Las cortesías inconvenientes y la necesidad de un rearme de las fuerzas anticomunistas en Iberoamérica. Por Hermann Tertsch

«Acabo de hablar con @gabrielboric y lo he felicitado por su gran triunfo. Desde hoy es el Presidente electo de Chile y merece todo nuestro respeto y colaboración constructiva. Chile siempre está primero». Este tuit de José Antonio Kast en la noche electoral felicitando a Gabriel Boric por su victoria en las urnas ha sido elogiado como la prueba de la tradición de cortesía política chilena, el talante democrático del derrotado y la buena lid en esa suerte electoral.

Lo cierto es que en ese tuit hay mucho más que buena intención, bonhomía y demanda de armonía. En él se puede fácilmente leer las causas de la posición perdedora de los partidos de la derecha en toda Iberoamérica. Kast tenía que perder porque al final el candidato sorpresa que hizo una escalada histórica y espectacular, digna de respeto y admiración, acabó batallando en el territorio del enemigo. En la caja. In the box.

Porque Kast ha querido portarse en estas elecciones como si se disputara con un rival democrático habitual la dirección política de los próximos cuatro años. Cuando en realidad se estaba dirimiendo el cariz ideológico de un régimen y la existencia o no de libertades y derechos civiles en las próximas décadas.

En esta carrera tan desigual, Kast, sin duda el mejor candidato, cargaba con una mochila de pesados lastres artificiales y sambenitos fabricados en la inagotable factoría de propaganda de la red comunista iberoamericana que encarna el Foro Sao Paulo y el Grupo de Puebla, mientras Boric avanzaba aupado y mecido por esa corriente de mentiras y deformaciones conceptuales y sentimentales fabricadas durante décadas por la izquierda y ya acervo de la sociedad chilena.

De la forma en que Kast encaró la segunda vuelta y sobre todo de su reacción tras asumir la derrota resulta evidente que quedó cautivo en el marco político marxista basado en una gran mentira que era la que daba legitimidad a un personaje como Gabriel Boric mientras a él se la cuestionaba. El triunfo de la mentira ya venía predeterminado y condicionado por el hecho de que el candidato favorito lo era a partir de la profunda anomalía de unas elecciones cuyo origen inequívoco es una inaudita ola de violencia salvaje organizada por los simpatizantes del favorito y por sus apoyos extranjeros. La verdad rotunda es que las elecciones no eran democráticas porque eran fruto del victorioso chantaje de los violentos, incluido el candidato Boric, a unas instituciones del Estado que sucumbieron de forma terrible y vergonzosa bajo el mando de un presidente Piñera que jamás estuvo a la altura.

Así, previa a estas elecciones es la quiebra colosal de las instituciones comenzada con la exacta sincronía en la explosión de las bombas incendiarias en las estaciones de metro de Santiago en octubre de 2019. Gracias a Dios, Santiago no necesito 191 muertos y 2.000 heridos para provocar el comienzo del cambio de régimen, como fue el caso en España el 11 de marzo del 2004. Pero el resultado fue el mismo.

Lo cierto es que Chile no se ha salvado de la total penetración cultural marxista aunque ya tuviera tras de sí una experiencia radical comunista de brutalidad insólita. En 1973 estaba a punto de ser la primera gran provincia de la dictadura de Cuba en el continente. De no haber parado el ejército chileno los pies a Castro y a su subordinado Salvador Allende, Chile llevaría ya medio siglo siendo una dictadura comunista con las mismas cárceles llenas, salas de tortura, tiendas vacías, hambre y terror que en Cuba y Venezuela.

Salvado de las garras del comunismo hace medio siglo por los militares y devuelto a la democracia y prosperidad en un gran acuerdo nacional que solo cumplieron los militares, Chile hizo una transición breve parecida a la larga que hizo España. Primero se promete reconciliación nacional, se perdonan en aras de la misma todos los bárbaros crímenes que la izquierda había cometido y después comienza la fase revanchista en la que se reescribe la historia y los criminales traidores que quisieron entregar Chile a Cuba y la URSS se convierten en impecables demócratas de toda la vida. Mientras se persigue, criminaliza y encarcela a los militares que restablecieron el orden y la ley y que con los inevitables excesos de las operaciones militares en una guerra no convencional devolvieron a los chilenos un país en el que daba gusto vivir en libertad y prosperidad, en las antípodas de las cárceles de Cuba y Venezuela que Allende les preparaba. La dictadura militar chilena no llego a 16 años y tuvo 3.000 muertos incluidas las víctimas del terrorismo comunistas. La dictadura cubana dura ya 63 años y son cientos de miles los fusilados, asesinados, desaparecidos y muertos en el mar, ahogados o comidos por tiburones en sus intentos de huir de aquel infierno.

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Pero ni en Chile ni en ningún otro país iberoamericano, España incluida, ni en los países europeos todos ellos bajo una dominación sin fisuras del relato socialdemócrata se ha afrontado la historia de Chile con un mínimo de ecuanimidad y honradez en el recuerdo. Y hasta la derecha europea -salvo la honrosa excepción de Margaret Thatcher- y por supuesto toda la americana sucumbió a la narrativa comunista de los héroes buenos que eran Salvador Allende y Víctor Jara por las alamedas o en el estadio y los villanos monstruosos y despreciables eran Augusto Pinochet y Jaime Guzmán, quizás la inteligencia más preclara y honrada de Chile hasta que lo asesinaron «los buenos». Esos «buenos» que profanan su tumba una y otra vez.

Si algo bueno puede extraerse de una desgracia de las dimensiones de la caída de Chile en las garras del Foro Sao Paulo y el crimen organizado que lo dirige, es la conciencia de la necesidad de un rearme serio, sereno pero masivo de la única alternativa real al régimen narcocomunista bolivariano que en Chile encarna Boric. Del desastre se desprende la necesidad de una profunda revisión de todo el cuerpo ideológico de las fuerzas democráticas anticomunistas. Es imprescindible y urgente para impedir que la alternativa se desvanezca en el pasado y en el silencio resignado bajo tiranías sin alternativa.

Las tres elecciones ganadas por el Foro de Sao Paulo en pocos meses debieran encender todas las luces rojas. Aunque hayan sido ganadas de manera ilegítima, con fraude electoral directo, masiva injerencia exterior con coacción y con campañas de violencia. Porque las elecciones las ha perdido una candidatura anticomunista siempre dispersa, dividida en facciones enfrentadas entre sí, sin cuerpo doctrinal conjunto alguno más que la hostilidad y el miedo al rival.
No es suficiente. En ninguno de los tres países citados había un concepto común de la batalla que estaban dando, sin una conciencia general clara de lo que se jugaba su país y lo que se juega toda la región y el continente. No han tenido la imprescindible percepción de que no se jugaban cuatro años de legislatura con política más o menos adversa sino al menos tres generaciones de poder tiránico, el secuestro de la nación y la destrucción de sus instituciones y su economía.

José Antonio Kast comenzaba su tuit felicitando a Gabriel Boric «por su gran triunfo». Permítanme cuestionar la exaltación en «gran triunfo» del hecho de que se imponga alguien como Gabriel Boric que ha basado su campaña en mentiras, en la exaltación del odio y sobre todo en la violencia misma que marca toda su estrategia de toma del poder. Los dos bárbaros años de violencia en las calles, de atentados terroristas, incendios en estaciones y en las iglesias y destrucción y agresión sin pausa para lograr la disparatada constituyente que acabe con el Chile democrático son una campaña que excluye la posibilidad de reconocer dignamente «un gran triunfo» a quien tan solo ha ejecutado un plan malvado de toma de poder totalitario en sus orígenes y en sus objetivos.

Dice Kast después que ·el presidente electo de Chile merece todo nuestro respeto y colaboración constructiva». Me permitirá Kast que cuestione ese merecimiento. Y sobre todo el llamamiento a los suyos, conscientes de que se jugaban la libertad y la prosperidad de Chile y han asumido evidentes peligros y amenaza para ellos y sus familias, a que respeten a quienes les amenazaban y les amenazan. Los que han dejado claro que sus modelos son la Cuba de los Castro y Díaz Canel y la Venezuela de Maduro son quienes justifican y aplauden que se encarcele, torture y se haga desaparecer en Cuba, Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Son quienes activamente han ayudado con sus agentes y sus pagadores a que las fuerzas comunistas se hicieran dueñas de la calle en Chile y amos de toda la agenda política e institucional desde que hicieron estallar las bombas incendiarias en octubre de 2019.

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Los resultados de las elecciones deben ser respetados mientras no se tengan pruebas de anomalías graves que cuestionan el sentido de los mismos. Aunque tampoco sirve de nada a veces como cuando las pruebas son una realidad palmaria como en Perú. Realidad palmaria que no fue respetada ni por los autoproclamados vencedores ni por quienes desde la Casa Blanca, la OEA y la UE del inefable Josep Borrell se apresuraron a reconocer los pretendidos resultados.

Un líder democrático, por generoso que se sienta, no debiera proclamar un respeto que de hecho legitima una opción política que proclama su voluntad de acabar con las libertades y los derechos de los discrepantes. Y pretende imponer un modelo económico fracasado que desprecia el derecho a la propiedad y libertad de empresa y que garantiza la miseria para el futuro. Y Gabriel Boric ha hecho ambas cosas desde el momento en que ha proclamado su lealtad y pleno apoyo a dictaduras comunistas con décadas de trayectorias de brutalidad criminal como razón de estado. Boric ha recibido apoyo directo y él ha proclamado su adhesión a narco-estados que han despojado a los ciudadanos de todos los derechos.

Lo primero cuestionable y poco respetable son los socios de Gabriel Boric, sin los cuales jamás habría llegado a la presidencia. Cuestionables y poco respetables son también sus objetivos que comparte con esos socios notorios criminales. De ahí que el primer paso hacia un rearme ideológico de las fuerzas anticomunistas que aliadas entre sí son las únicas que pueden parar este avance totalitario a ambos lados del Atlántico es la radical oposición a que fuerzas que promuevan y aceptan la violencia y exaltan y protejan a dictaduras comunistas y narcotraficantes puedan pasear impunemente un sello de legitimidad democrática.

Pero ante todo las fuerzas democráticas han de combatir el marco creado por la narrativa comunista y aceptado dócilmente por todo el espectro político hasta la democracia cristiana y demás grupos de centroderecha. Estas fuerzas, las no comunistas que siempre acaban poniendo la alfombra a las fuerzas totalitarias de la izquierda, desde Piñera a Rajoy o Casado, de Santos a Macri, y tantos partidos en toda Iberoamérica son el principal problema para la creación de las fuerzas nacionales que rompan el marco político, histórico y cultural impuesto por la izquierda. Esa falsa oposición que hasta la dictadura más sangrienta de Venezuela ha sido cultivar es la que impide que, por ejemplo, en Chile se diga toda la verdad sobre la historia. La que ha impedido que estas pasadas décadas, aun denunciando los abusos del régimen de Pinochet, se explicara cómo las fuerzas comunistas hundieron la economía y la convivencia y estaban con Castro a punto de destruir definitivamente Chile y convertirlo en brutal dictadura comunista para el fracaso y el hambre. Y que solo cuando eso estuvo claro intervino el ejército e impidió dicha esclavitud definitiva con el mal mucho menor y mucho más breve del gobierno militar. Como tantos venezolanos habrían querido ver pasar en Venezuela.

Cuando esas verdades puedan ser abiertamente debatidas en Chile sin que te abran la cabeza siempre los mismos serán respetables las victorias de todos. Pero de momento por votos que digan tener, no son legítimas y mucho menos respetables las victorias de quienes en Chile y todo el continente y también en España te amenazan y utilizan sistemáticamente la violencia y violan impunemente las leyes para mantener ese marco referencial falsario del que, al final, pese a su gesta, ha sido víctima Kast y lo va a ser todo el pueblo chileno. Todos sufrirán, menos la banda parasitaria que los regímenes comunistas forman rápidamente en la casta gobernante. Si queremos evitar esta estafa histórica urge la movilización de fuerzas democráticas anticomunistas para denunciar a los regímenes criminales, a sus alianzas del Foro Sao Paulo y Grupo de Puebla, pero más si cabe a las inmensas redes de cómplices en falsas oposiciones que cosechan votos del bien para secuestrados en partidos fantasma sirvan convenientemente a los planes totalitarios del mal.

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