La violación como forma de corrección feminista. Por Horacio Giusto Vaudagna

La palabra “corrección” alude en forma directa a toda modificación que se realiza con el fin de enmendar un error. Tal es así que, si algún docente en la sociedad contemporánea dijera “la Tierra es plana”, caería sobre él una corrección en base al conocimiento que aporta la comunidad científica. Aclarado esto, en los discursos sociales y políticos, cuando una sociedad en su conjunto toma por cierta una determinada idea y alguien la contradice, también es plausible de corrección. Cierto es que no existe un único método de corrección; ya sea desde el consejo fraterno que promueve el cristianismo hasta los diversos métodos científicos, toda afirmación siempre puede ser falseada en búsqueda de su veracidad de diferentes formas.

En la actualidad, a ningún ser racional le parecería moral que un acto tan aberrante y vejatorio como la violación pudiera servir para enderezar una conducta, por lo que no todo método de corrección es apropiado o legítimo. Empero, en tiempos pretéritos, cuando el lesbianismo se consideraba una forma indigna de vida, algunos promovieron el abuso sexual como forma de corrección para que cada mujer se “enderezara y aceptara la heterosexualidad”. Nadie en su sano juicio podría considerar que una violación pueda aportar algo positivo al mundo; muy por el contrario, el simple hecho de que una persona ya desee que otra sea violada denota una patología perversa muy severa. Sin embargo, en la posmodernidad, donde todo es posible, en forma constante se observa a cientos de militantes feministas expresar frases tales como “Cuando te violen sólo nosotras te cuidaremos”, “Ojalá te violen para que dejes de ser ProVida” o “Una lástima que no te violaron a vos para que veas lo que se siente”. Esto da muestra que el movimiento feminista hace cada día más visible su pretensión por retornar a lo primitivo, donde todo se corrige mediante la fuerza y no a través de la razón.

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Más allá de la expresión de deseo que utiliza el arco militante feminista, no se puede dejar pasar que semejante acto barbárico resulta impensado en un ser civilizado, por lo que ninguna persona honesta vería en una vida desgarrada una oportunidad para darle entidad a sus ideas políticas. Aun así, es sorprendente que muchas militantes feministas usen un tema tan delicado y sensible como botín político. El feminismo se nutre de la tragedia; cualquier persona con acceso a las redes sociales podrá observar que ante un hecho lamentable, como puede ser la muerte de una menor, mientras más violento haya sido el acto, más visibilidad cobra el feminismo. Ahora bien, si las pericias demuestran que no hubo violencia, las feministas lejos de alegrarse, se esfuerzan para promover la idea de una violación salvaje. No existe mejor ejemplo que el triste caso de Lucía Perez, donde la Justicia determinó que no había sido asesinada en cruentas condiciones pero todo el colectivo feminista estaba enceguecido con difundir algo contrario a la realidad.
Resulta incomprensivo, para cualquier persona de bien, la doble moral feminista; Enarbolan las banderas de protección a la mujer, lo cual discursivamente es loable aunque falaz en su contenido, para luego desear que alguna mujer sea desarraigada por la fuerza de su elección sexual. Si el feminismo fuera noble tendría autocrítica y reconocería su error. Pero nuevamente queda a la luz de la verdad que siempre fue un movimiento de puros intereses políticos, sin considerar cuántas mujeres deban padecer por su causa. Para el feminismo actual, una violación serviría para corregir a la mujer provida, ya que así alcanzaría el nivel de empatía que se exige para ingresar al club de la sororidad. Así como en tiempos pasados se pensó que una violación serviría para corregir la condición sexual de una persona, en la actualidad muchas feministas sostienen que violar a una mujer la corregiría políticamente.

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