La vida sin verdad. Por Juan Manuel de Prada

Escribía Ortega que «la vida, sin verdad, no es vivible»; prueba inequívoca de que jamás asistió a uno de esos congresos o bacanales de aplausos que los partidos políticos organizan cada fin de semana, donde vemos que todos viven sin verdad tan pichis. También escribía Ortega que «la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre, su única necesidad incondicional». Tendremos, entonces, que concluir que estos congresistas de fin de semana no pertenecen al género humano, sino que son máquinas antropomorfas, programadas para aplaudir y jalear la mentira.

Me ha impresionado mucho el espectáculo grimoso que ha ofrecido uno de estos congresos de fin de semana, en el que todos los asistentes arropaban con ardor las mentiras de la masteresa (Antonio Burgos dixit) Cifuentes, con su birlibirloque de notas, sus firmitas falsificadas, sus tesinillas de tócame Roque, todo un repertorio de apaños que provoca alipori y almorranas en el alma. Nadie en su sano juicio puede tragarse mentiras tan rocambolescas y desmelenadas que amenazan con sepultar bajo su escombrera a la universidad que las amparó. ¿Cuántos congresistas que este fin de semana aplaudían frenéticos a la masteresa Cifuentes no habrán disfrutado de cambalaches académicos similares? Sobrecoge pensar cuántos políticos habrán utilizado las universidades españolas como felpudos de su vanidad insaciable, como limpiabotas de su currículum lleno de cazcarrias, como avalistas de sus tesis doctorales refritadas.

Vivimos una época caótica y tenebrosa que se caracteriza por un culto desaforado a la mentira, a veces manejada con hipocresía, a veces con cinismo y desparpajo. Hay épocas caracterizadas por la idolatría del dinero, o de la concupiscencia, o del odio contra Dios y el hombre; pero el culto a la mentira abarca todas esas idolatrías, a la vez que las sublima y perfecciona. Todos los vicios y prevaricaciones, todos los crímenes y desafueros, buscan la complicidad de la mentira. Y cuando la mentira impera e impone sus reglas, cuando logra convertirse en norma y rutina de vida, el mundo se convierte en una lastimosa jaula de locos, en la que puede más quien más miente. A la masteresa Cifuentes se la veía empoderadísima este fin de semana, mientras la aplaudían a rabiar todos los congresistas de su partido.

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Siempre resulta descorazonador el espectáculo del hombre que ha renunciado a la verdad. Sin embargo, quien se aleja de la verdad en contra de su voluntad, por engaño o ignorancia, merece nuestra piedad. ¿Qué decir, en cambio, de quien se abraza voluntariamente a la mentira, a sabiendas de que lo es, como han hecho esos congresistas de fin de semana? Tal vez en su adhesión a la mentira hubiese una angustia de saberse perdidos; la misma angustia que embargaba a Sansón cuando derribó las columnas del templo. Pero todavía Sansón, al suicidarse, sepultó consigo a los malvados filisteos. En cambio, ¿qué propósito guiaba a estos congresistas que aplaudían a la masteresa? Al lodazal de la mentira sólo pueden acompañarlos los fanáticos y los ciegos; o, todavía peor, las gentes que gustan de refocilarse en el cieno. ¿Será que entienden que somos así una mayoría «suficiente» de españoles?

En esta idolatría de la mentira hay una desesperación de pobres diablos. Piensan que, mintiendo por oficio, podrán vender su alma a cambio de mantenerse en el machito. Están tan muertos que ni siquiera advierten que ya están churruscándose en el infierno del descalabro electoral. Están tan muertos que ni siquiera advierten que lo único que podría resucitarlos es la verdad.

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