La trampa del colectivismo. Por Bertie Benegas Lynch

Los lamentables indicadores de calidad de vida, crecimiento y cualquier otra referencia vinculada al bienestar, grado de libertad y respeto a la propiedad privada, son reveladores de nuestro declive. Durante las dos décadas del actual siglo, la situación se agravó y hemos estado a contramano de las soluciones a problemas recurrentes.

Para revertir la tendencia argentina, se dispone de buenos ejemplos si se presta atención al camino que tomaron aquellos países que hoy tienen los más altos standards de bienestar. Es importante no perder de vista el hecho que, en todos esos casos, partieron de situaciones desesperantes.

Incluso no hay que olvidar que nuestro país disfrutó de un período de gran prosperidad desde mediados del siglo XIX y llegó a ser potencia mundial gracias a las ideas liberales de Alberdi. “El granero del mundo” estaba en auge y, sin fantasmas migratorios absurdos, recibía a centenares de europeos que huían de la miseria y de la guerra. Pero el progreso se detuvo y se inició la mencionada debacle cuando el socialismo ganó progresivamente la batalla de las ideas.

Cuando se expone el ejemplo argentino de fines de 1800 y principios de 1900 o el de otros países exitosos, no faltan quienes recurren a los argumentos de “eran otros tiempos”, la idiosincrasia de inmigrantes y otros disparates de variado calibre y sin relación causal alguna. Se debe entender que los principios elementales de la libertad y el derecho no se alterarán con el paso del tiempo ni depende de la latitud donde ha nacido un número determinado de habitantes.

A mi juicio, los países marginales están rezagados y ajenos a los avances del resto del mundo debido a un tema moral, un tema de valores; debido a la falta de respeto recurrente e institucionalizada al ciudadano. En todos esos países, con distinto grado, rige la supremacía de los aparatos estatales y la planificación central, postulados incompatibles con el respeto a la propiedad privada, la defensa de la libertad y la preservación de los proyectos de vida de cada individuo.

Es difícil que alguien se exprese abiertamente en contra de la libertad y a favor de las tiranías. Hasta los propios tiranos deben buscar la forma de apropiarse del término “libertad” a efectos de simular gestas heroicas y ocultar sus sangrientos absolutismos. Tal es el caso de Maduro en Venezuela cuando se refiere a la “libertad bolivariana”; o de Fidel Castro cuando distinguía la “libertad revolucionaria”; de la “libertad burguesa”. A todos nos seduce la libertad porque es un valor que se corresponde a la naturaleza del hombre. Todos calificarán a la libertad como un valor irrenunciable.

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No obstante, predomina una llamativa incoherencia que, ante cualquier dilema social, el ciudadano reclamará la intervención del gobierno -el aparato de coacción- para que regule, restrinja, controle, limite, fiscalice, instruya o grave nuestras vidas y labores.

Es imperativo que se comprenda que, si la opinión pública reclama intervención del gobierno, el gobierno le dará intervencionismo, lo que es decir, más impuestos y más pérdida de libertades. Si la gente reclama “estado presente”, el núcleo político asumirá que su rol es legislar más, controla más y limitar más. Y para todo ello, claro está, se requieren más estructuras estatales y un consecuente aumento en la carga fiscal y el endeudamiento estatal que recae sobre el sector productivo. Eso es, ni más ni menos, el “estado presente”.

Quitar la adiposidad de la estructura política, siempre genera resistencia, más aún cuando se trata de la propia clase política, silenciosa ganadora del populismo clientelista y de los ladrones de cuello blanco que hacen magníficos negocios explotando a la gente al calor de privilegios otorgados por el gobierno de turno. Lo que sí resulta estremecedor y paradójico es que, cual Síndrome de Estocolmo, los mayores promotores del sistema de expoliación, resultan ser, en buena parte, los mismos expoliados.

Gradual de seducción para el mal camino

Hay que recordar que, la tiranía no se presenta de la noche a la mañana, es una gradual pérdida de pequeñas libertades. Para dar una idea de cuán atados estamos al entramado socialista, viene a cuento un debate que se suscitó vez pasada sobre el uso obligatorio del casco para quien circula en una moto. Dejando de lado la probada conveniencia de su uso, el tema de discusión era en torno a si resultaba correcto que, desde el punto de vista de las libertades civiles, el gobierno imponga el uso de un elemento de seguridad personal que no afecta a terceros.

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La gran mayoría de los que intervenían en el intercambio caían en la trampa del colectivismo, es decir, sostenían que, si el conductor de una moto sufría un accidente, un hospital público sería el receptor del caso, lo cual implicaría que otros pagarán por los resultados de una irresponsabilidad ajena. Siguiendo la misma lógica, debería el gobierno también controlar el nivel de grasas que ingerimos, prohibir los cigarrillos, monitorear el ejercicio que hacemos, forzar a las personas sedentarias a que incorporen el ejercicio físico a sus actividades y prohibirle jugar al fútbol a los marcadores centrales resueltos y ásperos.

Al menos destaco del argumento la correcta percepción de que alguien paga el gasto público y que nada es gratis. Pero, deberían entonces también advertirse que resulta injusto que una persona que se levanta a la madrugada para tomar tres colectivos para mantener dos trabajos y que no puede darse el lujo de mandar a su hijo a la universidad porque lo necesita trabajando, le esté financiando la educación a un chico que vive con los padres en un barrio cerrado exclusivo y que se traslada en su 4×4 para asistir a su clase de una universidad estatal.

i se pretende resolver temas manteniendo inalterables los postulados estatistas que originan los problemas, vamos a gastar grandes energías sin llegar a ningún sitio distinto del que estamos. Quedaremos in aeternum en una especie de globo de la muerte colectivista. Sin embargo, soy optimista.

Me inclino a pensar que Argentina lentamente retomará la senda de los valores morales de respeto a la vida, la libertad y la propiedad de cada individuo, reclamará la necesidad de destrabar el cepo a la creación y la innovación para retomar los incentivos que implican poder disponer de los resultados del propio esfuerzo. La opinión pública cambiará a la política y no al revés. Siempre fue así.

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