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La selección y la sociedad – Por Nicolás Márquez

Nuestras columnas de opinión nunca se refieren a temas ajenos a la política y jamás hemos hablado de fútbol. Pero en verdad, ahora tampoco hablaremos estrictamente  de fútbol sino de dos maneras distintas de encarar la vida, que en este caso se reflejan o se ejemplifican a través del futbol.

Dejando a un lado la insoportable propaganda proselitista del régimen en torno al mundial, repudiando los incidentes provocados anoche en el Obelisco por los energúmenos de siempre y más allá del resultado de la final entre Argentina y Alemania, ninguna duda cabe que fue extraordinario el desempeño de la selección local, la cual se consagró subcampeona sin perder un solo partido durante los noventa minutos reglamentarios, y apenas perdiendo por una diferencia mínima en la final y recién en el tiempo suplementario.

Una vez más el bilardismo (esquema denominado por sus detractores como “resultadismo”) nos lleva a una final (1986, 1990 y 2014). Por supuesto, esta forma de jugar es juzgada por muchos como “antipática”, “mezquina” y demonizada como “el anti-fútbol” por los amantes del exitismo (que nunca obtiene ningún éxito) y por los líricos que nunca terminan de aceptar que los hechos son como son y no como nos gustaría que hayan sido.

El propio Adam Smith sostenía “prefiero un hacedor imperfecto a un soñador indolente”. Pues bien, con imperfecciones se llegó otra vez a la cima de un mundial, mientras los demagogos y los “ofensivos” nos entretuvieron de fracaso en fracaso desde 1990 hasta hoy, que al fin recuperó el protagonismo y el respeto mundial en este deporte.

Ejemplo por excelencia del esquema antitético al empleado por la exitosa selección en este mundial de Brasil, fue históricamente la oferta que presentó César Luis Menotti (que nunca ganó absolutamente nada a excepción de cuando contó con la ayuda del gobierno militar –el partido contra Perú habla por sí solo- en el mundial 78´). Luego, en los tiempos más recientes, el ejemplo por antonomasia del pretendido “fútbol que le gusta a la gente” fue la gestión que comandó 4 años atrás Diego Maradona en el mundial de Sudáfrica, la cual fue protagonista de un sonoro papelón al quedar eliminada enseguida, tras perder por vergonzosa paliza ante Alemania por 4 a 0. Aquellos tiempos de bochorno fueron parte de la famosa y frustrada gestión en la cual el impresentable entrenador alegó en conferencia de prensa la infelizmente famosa procacidad “que la sigan chupando” (cuando Argentina clasificó raspando al mundial) y más adelante, ya en Sudáfrica y después de haber basureado y retado a la prensa horas antes de jugar contra Alemania (donde padeció la citada paliza), el propio Maradona alegó con su habitual fanfarronería “no se crean la mentira de Alemania”. Pero la mentira del “fútbol alegre” terminó después del partido, cuando Maradona y sus dirigidos se volvieron en el vuelo a Buenos Aires tomado inmediatamente después de aquel olvidable partido.

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El exitismo, la falta de responsabilidad, la creencia en la magia, el facilismo, el voluntarismo jactancioso y toda la bambolla que significó el inconsistente fetiche del “jogo bonito” del 2010, contrastó totalmente con el excelente desempeño que cuatro años después demostró una selección capitaneada por gente responsable, disciplinada, austera, que nunca incurrió en patoterismos verbales ni gestos altisonantes, de esos que suelen ser promovidos por determinados compadritos locales para agitar demagógicamente las pasiones patrioteras de las muchedumbres amaestradas.

En este último mundial se llevó adelante un fútbol conservador (lo decimos como elogio y no como demérito) que primero cuidó el arco, es decir lo propio, los cimientos, los recursos más caros para que no entren balas, siempre procurando no dilapidar energías con riesgos histéricos e irresponsables y sólo atacando cuando las circunstancias fácticas así lo permitían y no cuando lo ordenaba la magia triunfalista: porque en definitiva la magia no existe y los triunfos confirmadamente nunca llegan aferrándose a ella.

Esta gestión, la de Alejandro Sabella no salió a despilfarrar ni a derrochar capacidades ni potencialidades para preparar un clima popular artificialmente festivo que prima facie resulta muy simpático, pero que con suerte  nunca ha durado mucho más de los octavos de final.

Si el fútbol fuese el reflejo de la sociología popular (teoría que aceptamos parcialmente y con cortapisas), sólo cabría decir que la ciudadanía hoy se ve mucho mejor en su espejo que cuatro atrás y que hay que cuidar o conservar en mucho este estilo, que tiene más que ver con el esfuerzo, la responsabilidad, la austeridad, la caballerosidad, el orden, la disciplina y la hidalguía ante la adversidad.

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Exceptuando a los delincuentes y salvajes que anoche aprovecharon el contexto para incurrir en sus habituales felonías de siempre (¿por quién sospecha Ud. que votan estos vándalos?), nosotros valoramos lo ocurrido deportivamente.

La Prensa Popular | Edición 298 | Lunes 13 de Julio de 2014

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