La ruta del honor. Por Antonio Caponnetto

La sociedad asiste atónita a un espectáculo prácticamente inédito en nuestros trajinados anales políticos. Ese espectáculo es el de una asociación ilícita, ahora plenamente al descubierto, que a la par que desgobernaba atrozmente al país se dedicaba en forma colosal a la rapiña, con volúmenes de robos y de acumulaciones malhabidas fuera de todo cálculo habitual.

Mucho nos tememos, sin embargo, que tamaña atrocidad –amén de terminar impune– quede explicada sólo entre los lindes leguleyos de las crónicas judiciales, o entre las curiosidades de los suculentos desbarajustes financieros. La verdad es que la atipicidad de este caso no la constituye el hurto en sí, ni tampoco el carácter público de los timadores, ni siquiera el altísimo nivel del botín con que se han alzado. Otras miradas cabrían y queremos ofrecerlas.

Por lo pronto, los ladrones no han robado para la Corona sino para la Democracia. Aunque parezca inconcebible, hemos escuchado justificaciones según las cuales, como para conquistar, conservar y prolongar el poder se necesitan riquezas, era conveniente y prudencial tenerlas como fuere y en altísimos montos. La vieja tesis maurrasiana cobra, repentinamente, un brío tan inusitado cuanto temible: partidocracia y plutocracia marchan juntas; sistemas democráticos y oligárquicos se necesitan en patológica simbiosis. El Kirchner que grita: “¡éxtasis!”, abrazado a una caja fuerte, no es sólo el emblema del usurero particular. Es la heráldica guarra y sicalíptica del sistema político que nos domina.

El dinero ha tomado el lugar de la divinidad, se quejaba Péguy; en consonancia esta vez con los Sagrados Textos, que no en vano enseñaban en el Antiguo Testamento: el que ama el oro nunca podrá ser justo (Eclesiástico, 31, 5), para ratificar en el Nuevo, por boca del mismo Cristo: no podéis servir a Dios y a las riquezas (San Mateo, 6, 24). Quiere decir entonces que tras las montañas de millones vilmente adquiridos –en esa alianza entre el Régimen y la Sinarquía, en ese maridaje entre Mammón y el Modelo– asoma el pecado de la avaricia. Santo Tomás lo llama raíz de los pecados todos, pues como en un árbol depende de aquélla la consumación de los frutos, en el vicioso depende de la plata la alimentación de innúmeras iniquidades. No sigamos, en consecuencia, hablando de corrupción, de estafa o de saqueo. Aquí asoma el rostro repugnante del pecado. Y se cumple una vez más aquello, de que nos encontramos siempre, tras una cuestión política, con una cuestión religiosa.

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Una tercera reflexión podría cerrar por ahora tema tan vasto y desdichado. Los que han amontonado vorazmente la plata decían servir al proyecto nacional y popular, inspirado en el setentismo marxistoide. Y apenas habló el principal testaferro y recaudador de los “revolucionarios”, salpicado e involucrado quedó el apellido Macri, ícono del capitalismo salvaje si los hay. Nuevas reglas que se cumplen. No únicamente aquella de que el dinero no tiene olor, sino la otra, en virtud de la cual, capitalismo y marxismo se prestan servicios intercambiables y recíprocos.

La ruta del dinero “K” o del dinero “M” dan en llamar a esta saga purulenta, que avergüenza y escandaliza, subleva, clama al cielo e indigna hasta a los mansos. “K” o “M”, según la consonante inicial del pirata más involucrado. No saldrá de ninguno de ellos otra cosa más que un pacto de lenidad y de encubrimientos recíprocos.

El remedio es esa ruta del honor que les propuso el General Martín Miguel de Güemes a los jujeños, en un Manifiesto de 1819. “¡Venid todos!” –clamaba el jefe gaucho– “que yo, en la escuela de los trabajos, donde aprendieron mis bravas legiones el arte de la pelea, os enseñaré la ruta del honor y de la gloria”.

Sólo hay dos caminos, y no son nuevos. Sólo hay dos señores posibles, y los conocemos bien. Sólo hay dos servicios que pueden prestarse y los tenemos identificados. Que acumulen nomás tesoros en la tierra… Les caerán sobre sus hombros ya doblados por la ignominia, aplastándolos tarde o temprano. Nosotros seguiremos predicando, en la soledad y en la pobreza, la ruta del honor y de la gloria.

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