Dom. Sep 26th, 2021

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La piedra al cuello es lo que merecen – Por Cosme Beccar Varela

«El escándalo, propiamente dicho, es un dicho o un hecho menos recto que provee a otros la ocasión de arruinarse moralmente.» (Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, 43, a .1). Es un pecado mortal si induce a un pecado de esa especie y peor si causa una costumbre viciosa en otro.

Por eso cuando Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Quien escandalizare a uno de estos parvulillos que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno y así fuese sumergido en el profundo del mar» (S. Mateo 18,7). Lo que dijo de los niños que creen en Él puede extenderse a todos los niños inocentes ya que por su inocencia están especialmente llamados a creer en Él. Tan es así que también dijo: «Dejad a los niños y no les estorbéis de venir a Mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos» (S. Mateo, 19,13).

Esta enseñanza del Redentor forma parte de la Fe en la que es necesario creer para salvar el alma. Y no sólo eso, sino que también debemos aceptar, por autoridad divina, todas las consecuencias que se deducen lógicamente de ella. En este artículo intentaré mostrar una de esas consecuencias lógicas que es totalmente despreciada por el mundo moderno y aún por una gran cantidad de católicos, y me quedo corto..

Es notorio que este mundo, incluyendo a la argentina, atrasada desde muchos puntos de vista pero plenamente partícipe de esa costumbre moderna, está dedicado a escandalizar a los niños, o sea, a favorecer de todas las maneras posibles la perdición de sus almas cuando llegan a la adolescencia y aún antes, si pudieran. De ese pecado atroz son responsables todos los mayores de edad, los comerciantes de la pornografía, de los entretenimientos inmorales, de la televisión, de la mal llamada «educación» y en especial los gobiernos que permiten y fomentan todo eso.

Los mayores de edad que son padres, aunque no se dediquen directamente a dar escándalo  a sus hijos, los entregan frívolamente a toda clase de ocasiones de escándalo.

Cuando veo por la calle a los niños pequeños con sus caritas inocentes y su entusiasmo de vivir, pienso con dolor cuántos años les faltan para ser introducidos por sus propios padres en esa máquina escandalosa de pervertir que es el mundo moderno. Y me acuerdo de la amenaza de Nuestro Señor a quienes eso hacen o permiten. No pienso que habría que colgarles a esos padres la piedra que los hunda en el mar antes que cometer ese pecado porque si fuera así, casi todos nuestros niños serían huérfanos y los bienes que la familia todavía les puede dar, se perderían. Pero sí creo que a los mercaderes de la pornografía, a los inventores de los entretenimientos y modas inmorales, a los políticos que promueven esta barbarie del escándalo, como Macri con su «chau tabú», a esos sí les convendría la piedra antes que seguir haciendo el infernal daño que causan.

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Esos mismos son los partidarios del aborto de manera que la piedra les vendría bien antes de llevar a cabo su cobarde intención de asesinas de niñitos indefensos en el vientre de sus madres.

Para aquellos lectores que sean padres y que tal vez no se han dado cuenta del escándalo en que ponen a sus hijos les pido que abran lo ojos y vean lo que nadie se preocupa de ocultar, o sea, el modo como ese escándalo contra los niños y los adolescentes, que son niños grandes, está organizado.

Empecemos por recordar que los niños pequeños y los que van ingresando en la adolescencia, sufren los efectos del pecado original, o sea, tienen la concupiscencia desordenada pugnando por dominar su razón y lo bueno que hay en ellos. Por eso decía Santo Tomás, quien ahorra la vara a su hijo, lo odia.  Quiere decir los padres que no los corrigen se hacen cómplices de los vicios que adquieran en su diario contacto con el mundo moderno.

La forma en que se visten sobre todo las mujeres, es escandalosa. Tanto más que nadie les habla de la pureza y de la castidad, palabras estas que ni siquiera figuran en el lenguaje habitual de las familias. Para no decir la forma en que se desvisten en las playas, mientras todos fingen que no se fijan en eso, que es algo normal, que hay que ser muy mal pensado para mirar a las semi-nudistas que los rodean. Y los que dicen eso son unos perfectos hipócritas puesto que ellos no dejan de mirar y de desear lo que no deben, poniendo a sus hijos en la ocasión próxima de seguir su mal ejemplo.

A los lugares de bailes llamados «discotecas», verdaderos antros de prostitución apenas disimulada y de tráfico de drogas, van casi todos porque los padres no se lo prohiben y es posible que si lo hicieran, serían desobedecidos y prefieren hacer como que no se dan cuenta lo que eso significa, antes que usar su autoridad paterna para impedirlo.

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No hace falta ir a la playa para ver lo que en ella se ve. Las revistas y los diarios publican innumerables fotografías de mujeres semi-desnudas a todo momento y se exhiben en todos los kioscos de la ciudad. No hay forma ni voluntad de impedir que eso no ocurra y los gobiernos, por supuesto, en nombre de la «libertad de prensa» lo permiten con entusiasmo.

Lo peor es que el clero católico, que debería ser el adalid en la defensa de la inocencia de los niños, sabe todo esto y deja hacer. Lo que es peor, sus sermones dominicales son una especie de «chicle» ideológico que adopta cualquier forma que no moleste a su auditorio y, sobre todo, que no enseñe la buena doctrina para movilizar la conciencias contra estos escándalos. La piedra evangélica pide a gritos ser colgada de los cuellos de estos hipócritas que bajo capa de predicar el «evangelio del amor», predican el «laissez faire» más nefasto mientras año tras año nuevas oleadas de niños pierden su  inocencia y hasta su voluntad de luchar para conservarla por falta de doctrina y de buenos ejemplos.

No me estoy refiriendo a los pocos sacerdotes pederastas (todos maricones, aunque nadie lo diga)  porque no sé hasta qué punto esto es un invento o una malintencionada exageración de los enemigos de la Iglesia. Estoy hablando de los sacerdotes idolatrados por todas las «beatas» progresistas, llenas de malas ideas y de odio contra quienes defienden las buenas y aceptados con aburrimiento por los semi-apóstatas que van a misa porque nada les cambia, pues casi todos los sacerdotes viven y dejan vivir, sin molestar a nadie con excesos de celo.

Realmente, los habitantes de este mundo moderno, y en especial los de la argentina que votan al Macri del «chau tabú», la educación sexual, los preservativos, el aborto y la «salud reproductiva», que no es otra cosa que la prostitución de las adolescentes y la lujuria de los adolescentes,  entre otras cosas, son candidatos a la piedra que los hunda en el mar (lo cual no quiere decir que esté sugiriendo que alguien lo haga sino que estoy recordando nada menos que una amenaza del Dulce Pastor de nuestras almas del cual los sacerdotes dan una versión azucarada).

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