Sáb. Ene 28th, 2023

Prensa Republicana

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La nueva sociedad argentina tras el Mundial de fútbol de Catar. Por María Zaldívar

Por estos días el mundo pudo, simultáneamente, disfrutar de la enorme habilidad deportiva de Leo Messi, descubrir otros jóvenes talentos y contemplar el prolongado y masivo festejo del pueblo argentino. No es exagerado afirmar que los días de algarabía que sucedieron a la obtención de la Copa del Mundo de Fútbol por parte de la selección argentina, fueron los más felices de sus vidas para millones de connacionales.

Twitter es una interesante ventana para exponer y observar reacciones del hombre común, del anónimo que comparte estados de ánimo con otros anónimos. Entre la infinidad de comentarios volcados a propósito del resultado de aquella competencia, hubo de todo. Los que apoyaban a uno u otro equipo, los que analizaban jugadas y hasta los que gritaban los goles. Se pudieron identificar temperamentos y hasta, infaltables, las críticas más diversas. Hubo quien castigó al pueblo argentino por lanzarse a las calles por un campeonato de fútbol mucho más masivamente que para protestar por los males endémicos que padece, como la miseria en crecimiento y la corrupción descarada de su clase política.

Injusticia o desinformación. Los argentinos salen hace más de dos décadas a exigir que, quienes gobiernan, cumplan con el mandato de desarrollar gestiones probas. Salieron sistemáticamente durante los últimos años mientras el poder los ignoraba y todos los índices empeoraban: más indigencia, más corrupción, más estado y menos instituciones.

A una distancia sideral de la gente a la que debiera representar, la política, mezquina por definición, intentó aprovecharse del triunfo ajeno, como lo hace a diario sirviéndose del esfuerzo privado. Por eso, una sociedad abrumada de impuestos que financia la indecente fiesta del burócrata, además del logro deportivo, también festejó la honorabilidad de ese grupo de jóvenes que es producto del esfuerzo personal y la meritocracia; festejó que hayan resistido las presiones y se negaran a compartir estrado con su contracara, un lote de impresentables sin idoneidad ni ética que se sirve del estado para beneficio personal en detrimento del pueblo, individuos sin principios morales que denuestan el mérito, la constancia y el sacrificio, precisamente los valores que llevaron a esos futbolistas a ser quienes son.

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Desde la más absoluta humildad, esta argentina le pide al mundo que nos entienda y acompañe en ésta con una pizca de empatía; porque millones de quienes desbordaron las calles de las principales ciudades del país están sedientos de alegría y de recursos para obtenerla; no conocen la recompensa de elegir porque el sistema socialista que la Argentina consume hace cerca de un siglo, los mantiene de rehenes mientras les impide progresar. Porque ese sistema los necesita pobres e incultos. Y cuando se es pobre e inculto, no hay posibilidad de elección, y si esa capacidad está vedada, el individuo pierde la libertad.

Muchos de ellos conocieron esos días la sensación de ser parte de algo gratificante; alguien los representó por primera vez y lograron olvidar, por un rato, el agobio de no tener futuro ni presente.

La Argentina es tierra de libertad ficticia. Porque la mayoría de su población depende de un salario del estado, de la salud pública y de la educación estatal. Tampoco elige la comida que come ni la ropa que viste, porque son personas que consumen lo que pueden, no lo que quieren. Si un individuo no puede escoger el colegio para sus hijos o el médico de su familia, ¿de qué libertad puede hablar y, agregaría, de qué dignidad?

En la Argentina, a diferencia de las dictaduras aún existentes en el mundo, tan admiradas por el kirchnerismo gobernante, se puede salir del país sin pedir permiso. Pero si un sueldo mensual promedio equivale a 40 o 50 dólares y un pasaje de avión a Europa o Estados Unidos supera los 1.000, ¿qué burócrata necesita prohibir el flujo de personas?

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Y, para desgracia del ciudadano de a pie, el sistema político vigente, cuyo único resultado demostrable es el paulatino empobrecimiento de la sociedad en todos los aspectos, se retroalimenta; sus integrantes se eligen entre ellos, lo que garantiza que las oportunidades de un cambio profundo sean nulas. Ser parte de esa corporación implica el acceso a infinidad de privilegios; por eso, pertenecer a ese círculo cerrado es el mayor incentivo para los que pugnan por ingresar; mientras quienes ya llegaron, se cuidan muy bien de franquear la puerta a quienes pudiesen poner en riesgo sus innumerables placeres. La Matrix es perfecta.

La República Argentina ganó tres copas mundiales de fútbol; sin embargo, sólo esta vez el festejo significó mucho más que un logro deportivo. Significó la dignidad de rechazar en la cara a los políticos que nos expolian. El mensaje fue claro y fuerte. La Argentina hoy es un poquito mejor que antes del partido que nos dio la victoria.

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