La neomojigatería. Javier R. Portella

Los tiempos, decididamente, cambian que es una barbaridad. O quizá no tanto. Quizá no sean, en el fondo, sino los mismos perros de siempre, pero provistos de distintos collares. Veámoslo más detenidamente.

Una cosa está clara: no hay día, desde que el tal Sánchez llegó al poder aupado por comunistas y separatas, que no nos traiga sus vahídos de pastosa gazmoñería.

 Un día es Podemos quien quiere prohibir los piropos y convertirlos en delito; otro día son los propios sociatas los que propugnan cambiar el redactado de la Constitución en lenguaje inclusivo, de forma que no deje de nombrar a todos y todas los/las ciudadanos y ciudadanas; la propia FIFA se acaba de sumar a la actual campaña de neogazmoñería prohibiendo a las televisiones internacionales difundir, con ocasión del mundial de fútbol, imágenes con los rostros de las hermosas mujeres seguidoras de sus equipos (¿incluida también la sensual presidenta de Croacia?). Y la guinda, por supuesto: ese desafuero jurídico que acaba de prometer la vicepresidenta del gobierno o de la gobierna, y por el que bastará que una dama (¿?) declare no haber dado su explícito consentimiento a mantener relaciones sexuales, para que el desventurado caballero que con ella yació se vea acusado del delito de violación; todo lo cual tiene, al menos, una única pero regocijante virtud: la de propiciar que el agudo ingenio de nuestro pueblo se despliegue con alto vuelo produciendo la inmensa cantidad de divertidísimos y sarcásticos memes que nos llegan cada día a nuestros correos.

La situación es (o parece) altamente paradójica. En los tiempos en que se han hecho lícitos los más procaces comportamientos sexuales (afortunadamente, por más que todo se haya banalizado tan considerable como lamentablemente), he ahí que vuelve de pronto la mojigata coerción a tratar de constreñir las ansias con que la carne y el alma se encuentran y, abrasándose, se abrazan.

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Nada tiene que ver la antigua pureza y castidad con las actuales coerciones. Es otra cosa lo que está en juego. Así lo prueban, por ejemplo, las nuevas y nuevos inquisidores que no han dudado en pasearse, hace escasos días, con tetas y vagina, o con pene y trasero al aire en esa muestra de la más vulgar zafiedad que es el desfile del “Orgullo Gay”.

¿Qué es lo que realmente está en juego?

Lo que está en juego es nada menos que la imposición de un nuevo poder social (“societal” llaman a estas cosas en Francia). Lo que está en juego es el imperio de una nueva forma de ver el mundo y de entender la vida –o de convertirla en una apagada muerte en vida. Lo que está en juego es la brutal revancha del feminismo contra lo que considera el antiguo machismo, llegando, para ello, a lo que un Éric Zemmour denomina “la feminización de la sociedad”. Y es también, so pretexto de igualitarismo –esa lacra moderna–, el aplanamiento que hace que los resortes últimos de la vida –el amor, el erotismo, el sexo…– se mecanicen, despoeticen y desimbolicen… ¡Abajo el juego de coqueteos, requiebros y seducción!, ¡abajo el sexismo!, ladran las perras y perros flautas que ya tienen en sus manos el poder social –el de los grandes medios de comunicación– y sólo les falta acabar de consolidar el político (aunque si fueran los otros –la derecha liberal– quienes ostentaran dicho poder, nada fundamental cambiaría, como nada cambió en los años en que han estado reinando).

Tal parece como si, cuando ninguna norma superior rige el mundo, cuando la única ley que éste conoce es el libre capricho de cada cual, fueran los hombres incapaces de llenar tal vacío con cosas como la grandeza, la belleza o la nobleza. Tal parece como si se vieran impelidos a recurrir, bajo una apariencia distinta, a sus viejos reflejos de control y coerción. Ese control y esa coerción con los que se intentaba antes imponer el recato en nombre de las decorosas y tradicionales costumbres. Ahora, en nombre de las feministas y progresistas.

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