La innoble mujer del pueblo. Por Nicolás Márquez

En verdad, poco se ha difundido sobre las andanzas de Eva antes de conocer a Perón, puesto que el mito sobre su persona se constituye fundamentalmente porque sus feligreses se encargaron siempre de contar su vida a partir de enero de 1944 (año del emblemático encuentro en el Luna Park), ignorando y omitiendo los costados poco presentables que la susodicha llevaba a cuestas en su escabroso prontuario personal.

Eva era la hija menor de Juana Ibarguren, quien como madre soltera tuvo cinco hijos, todos reconocidos por un caudillo conservador de Junín llamado Juan Duarte (quien operaba a las órdenes del gobernador Marcelino Ugarte): Blanca (1908), Elisa (1910), Juan Ramón (1914), Erminda (1916) y la iconográfica María Eva (el 7 de mayo 1919). De sus hermanas, una de ellas resultó maestra y otra empleada de correos, en tanto que el hermano Juan era un tarambana de inteligencia limitada e instrucción menos que mínima, que trataba sin recursos de imitar a los “niños bien”[1] de la época.

Originariamente se llamó Eva María Ibarguren[2] (luego cambiaría su nombre por el de María Eva Duarte de Perón) y fue en la citada localidad de Junín donde transitó junto a sus hermanos una infancia pueblerina en donde los sentimientos de desarraigo y marginación que padeció configurarían rasgos de su identidad marcando su futuro derrotero artístico y político. En efecto, era común en las comunidades rurales de entonces que el rico del pueblo tuviera una segunda familia de corte “ilegítima” (tal como se la denominaba) y este era el caso de Eva, puesto que su padre era un terrateniente y en sentido contrario, su madre, que atendía sexualmente a Juan Duarte en la clandestinidad, era de clase baja e hija de una puestera y un carrero.

Con un padre ausente y una madre mal afamada que la tuvo como consecuencia de una relación adulterina, la muchacha no habría encontrado en su entorno afectivo o familiar una forma adecuada de identidad ni instancias aceptables para relacionarse en sociedad. Incluso, no son pocos quienes alegan que Eva no podía identificarse con una clase social determinada, puesto que se hallaba tironeada por su doble pertenencia. Más aún, una escena de su infancia la habría marcado psicológicamente para siempre y se dio cuando Juan Duarte, su padre, murió y al asistir ella al velorio, sufrió el desprecio y destrato por parte de las hijas legítimas del difunto. Este dato quedó muy enraizado en el odio irreflexivo que Eva luego destilaría contra la “oligarquía”, a pesar de que luego ella incurriera en la insalvable contradicción consistente en vestir joyas, atuendos y lujos costosísimos, a los cuales justamente podían tener acceso sólo quienes pertenecían a la selecta “oligarquía” tan denostada por Eva en cuanta ocasión tuviera lugar.

Una de las desmitificaciones biográficas más interesantes sobre Eva la escribió el sociólogo de extracción marxista Juan José Sebreli, quien sobre ella arroja reflexiones dignas de destaque al señalar que la vocación artística de la susodicha fue “una determinación subjetiva y, a la vez, un hecho social: eran escasas las posibilidades en esos años para una mujer pobre que quisiera lograr su independencia. El teatro, la radio y el cine brindaban una oportunidad única a algunas, pocas, mujeres que tuvieran ciertas dotes y la suficiente osadía”[3] añadiendo que “El actor en los tiempos antiguos era un paria; en los tiempos modernos, muchos parias se hacen actores. Algunos a quienes la sociedad niega, condenándolos a no ser, eligen el no ser de la apariencia: la representación. Evita no quería representar en la vida real el papel que las normas sociales le tenían destinado; el espectáculo le permitía representar roles de fantasía”[4].

Dueña de una voluntad y un arrojo fuera de lo común, a la edad de 15 años partió sola a Buenos Aires a probar suerte artística sin tener mayores contactos que la referenciaran, contratiempo al que se le agregaba su falta de talento. Según la observación de Joseph Page “ni era gran belleza ni tenía dotes vocales excepcionales” y si bien durante los años ´30 ella se había convertido en una mujer ambiciosa e inquieta: “su falta de pulimiento todavía se traslucía en su lenguaje y comportamiento”[5].

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No sólo no era buena actriz, sino que tenía mala dicción, no sabía cantar, tampoco bailar y aunque contaba con ciertas dotes fotogénicas, sus rasgos no se ajustaban a los cánones de belleza entonces vigentes. Sus carencias artísticas siempre fueron visibles: su colaborador Muñoz Azpiri confirmó que era necesario disimular sus defectos de dicción con telones musicales. Para la escritora Gloria Alcorta[6], Eva era “una voz guaranga que hacía de emperatriz con tono tanguero”[7]. Su peluquero de entonces, Julio Alcaraz la recordaría así: “Conocí a Evita en Pampa films, donde peiné a las actrices durante veinte años. Cuando se filmó ´la carga de los valientes´, vino con una foto de Bette Davis y me dijo que quería estar así, como ella. Era altanera y no quise discutirle; pero la peiné como me dio la gana. Pretender un peinado de 1940 para un vestuario de 1876 no tenía sentido”[8].

Otra dificultad que tuvo Eva fue su falta de instrucción, la cual saltaba a la vista en su letra, que era la propia de una damisela semi-analfabeta: “Las dedicatorias en sus retratos oficiales estaban escritas por otra persona y las raras firmas auténticas de Evita son un garrapateo de moscas”[9] señala Félix Luna.

A pesar de estas y otras desventajas, su voluntarismo y su capacidad para congraciarse con los hombres (mayormente productores del espectáculo que a cambio de sus gentilezas le brindaban una participación mediática) le permitió no sólo figurar en algunas fotos de revistas, sino salir en las tapas en algunas ocasiones. Además de su relación amorosa con el cantante de tangos Agustín Magaldi, su romance con el galán radial Pablo Racioppi y su misterioso vínculo con quien fue su protectora Pierina Dealessi[10], el resto de sus aventuras se cuentan a borbotones. Su ocasional amante Juan José Míguez (otro compañero en el cine) indiscretamente recordaba: “No te calentás con ella ni en una isla desierta”[11]. En el período de actriz, Eva supo frecuentar además a varios empresarios teatrales como José Franco, Rafael Firtuoso o Pablo Sueiro. También visitó al empresario cinematográfico Olegario Ferrando, al empresario industrial Roberto Llauró, al empresario papelero Guillermo Vasena, al empresario jabonero Raimundo López (quien auspiciaba su empresa en un programa radial de ella)[12], al exitoso actor Pedro Quartucci y al playboy chileno Emilio Kartulovich[13] entre otras de sus adquisiciones[14]. Todo indica que con este trajinado historial efectivamente Eva merecía ser apodada como “la mujer del pueblo”.

Eva no tenía un perfil actoral preciso y su porte era la indefinición: sus imágenes oscilaban entre la mujer recatada o sumisa y la mujer fatal o “come-hombres”. Sin embargo, esta ambigüedad, entre la joven tierna y la vampiresa de las fotos de su período de actriz, estaban anticipando las contradicciones insolubles de su etapa política, entre la señora de las ceremonias oficiales, la compañera Evita de las barricadas y la mujer fatal demonizada por sus enemigos. Pero no solamente en sus fotos se anticipaban rasgos de su futuro, puesto que la única vez que protagonizó una película (titulada “La Pródiga”)[15], Eva representó el papel de una mujer de pasado turbio que para redimirse se dedicaba a concretar obras de caridad: casi una profecía auto-cumplida.

Volviendo a aquella calurosa noche en el Luna Park, Eva Duarte sabía dónde apuntaba. En 1944 las cazadoras de fortuna no eran como  las “botineras”[16] de los tiempos actuales, sino que a la sazón eran los uniformes castrenses (símbolo de poder y status de la época) lo que seducía a las aventureras sedientas de ascenso. Hasta entonces, la ambiciosa Eva Duarte no había sido más que una intrascendente actriz postergada que a duras penas había participado en papeles menores de tinte radiofónico o en algún filme de poca monta. Las revistas de chismes, de vez en cuando la mencionaban en alguna gacetilla colateral atribuyéndole un romance con un rico industrial. Pero fue justamente a partir de enero de 1944 cuando “la carrera artística de Evita avanzó a paso frenético, sin duda impelida por su asociación con Perón”[17] señala Page. Afirmación absolutamente cierta, puesto que desde que sedujo a Perón, Eva no sólo continuó con la serie “Heroínas de la historia” (en la que venía trabajando) sino que al mismo tiempo comenzó a participar en tres emisiones semanales de programas de propaganda que eran auspiciados, precisamente, por la Secretaría de Trabajo y Previsión capitaneada por su nuevo financista y amante. Estos programas radiales en los que a partir de ahora participaría Eva titulados “Hacia un futuro mejor”, llenaban las ondas etéreas con loas a la dictadura y a los oficiales del Ejército que la conducían.

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Mujer inculta, de modales rústicos, desprovista de talento artístico y con lenguaje procaz, tenía a la vez una personalidad avasallante, astuta, arrebatada y contaba con violentas ansias de superación y revanchismo para con un mundo que hasta el momento no le había reconocido los méritos que ella suponía tener.

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[1] SEBRELI, JUAN JOSÉ: “Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos”.  Debate; 2008, pág. 74

[2] Según el acta n.º728 del Registro Civil de Junín (provincia de Buenos Aires), allí nació el 7 de mayo de 1922 una niña con el nombre de María Eva Duarte. Sin embargo existe unanimidad en los investigadores para sostener que esa acta es falsa y que fue realizada a instancias de la propia Eva Perón en 1945, cuando estuvo en Junín para contraer matrimonio con el entonces coronel Juan D. Perón

[3] SEBRELI, JUAN JOSÉ: “Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos”.  Debate; 2008, pág.75

[4] Íd., pág. 76

[5] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, págs.106, 108

[6] Gloria Alcorta Mansilla nació en Bayona el 30 de septiembre de 1915 y murió el 25 de febrero de 2012. Fue una escritora franco-argentina, de origen francés, hija de padres argentinos.

[7] Citado en: SEBRELI, JUAN JOSÉ: “Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos”.  Debate; 2008, pág.79

[8] Citado en: GAMBINI, HUGO: “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B Argentina, Tomo 1, año 2007,pág. 244.

[9] LUNA, FÉLIX: “Perón y su Tiempo», Tomo 1, “La Argentina era una fiesta, 1946-1949”. Ed. Sudamericana; 1984, pág. 435.

[10] “sospechada por Joan Benavente de ser lesbiana” según anota Juan José Sebreli, Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos.  Debate, 2008, pág. 86.

[11] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, pág.86.

[12] AIZCORBE, ROBERTO: “El Mito Peronista, Un ensayo sobre la reversión cultural ocurrida en la Argentina en los últimos 30 años”. Ediciones 1853; Bs.As, 1976, pág. 209.

[13] SEBRELI, JUAN JOSÉ: “Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos”.  Debate; 2008, pág. 87.

[14] Aunque sin muchas precisiones, también se la vinculó a Eva Duarte con el coronel Aníbal Imbert, que fue quien justamente la persona que se la habría entregado a Perón en el Luna Park

[15] Basado en una novela de Pedro Antonio Alarcón.

[16] Se le llama así a las mujeres que buscan enamorar futbolistas exitosos para vivir de ellos y conseguir ascenso económico.

[17] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, pág 108

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