La moneda está en el aire – Por Vicente Massot

Salvo por la segunda vuelta que habrá de substanciarse dentro de dos semanas en la capital federal, las elecciones con alguna significación antes de las PASO han concluido, sin demasiadas sorpresas. No deja de resultar tentador —por supuesto— analizar sus resultados, del derecho y del revés, con el propósito excluyente de anticipar cuanto pueda suceder el 9 de agosto y, más aún, el 25 de octubre. Pero lo cierto es que, si hiciéramos ese examen y nos esforzáramos en la empresa de ser rigorosos a la hora de extraer conclusiones, al cabo de la tarea no habríamos avanzado nada. Ello, en atención al hecho de que los comicios provinciales pueden ofrecer un indicio de lo que vendrá y nada más. Tomarlos como un adelanto cierto de la elección presidencial sería incorrecto, y lógicamente, nos llevaría a cometer un error de proporciones.

Dando por sentado que el candidato del Pro para ocupar el actual sillón de Mauricio Macri vencerá sin problemas a Martín Losteau, es legítimo afirmar que al partido de color amarillo le ha ido bien allí donde ha debido competir, solo o acompañado, en Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Mendoza. No correspondería decir lo mismo del FR, que sólo cosechó un triun fo de importancia en la provincia mediterránea de la mano de José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti y en la intendencia salteña. En cuanto al FPV, su balance tiene claroscuros importantes. Pero estamos haciendo referencia a partidos o frentes y no a candidatos presidenciales, que es cuanto interesa.

Así como Mauricio Macri es infinitamente más que el Pro, lo mismo corresponde decir de Daniel Scioli y de Sergio Massa. De modo tal que los votos que sus representantes obtuvieron hasta aquí no necesariamente habrán de repetirse en agosto y octubre. Hay, al respecto, escenarios cantados que pasaremos a describir a vuelo de pájaro. Scioli, por ejemplo, obtendrá en los comicios presidenciales un número mayor de votos que el candidato del FPV cordobés, Eduardo Accastello, y que el de la capital federal, Mariano Recalde. También superará el número de sufragios obtenido por Omar Perotti en la provincia de Santa Fe e igualará o pasará la marca de Adolfo Bermejo en Mendoza. Dicho de otra manera, el ex–motonauta concitará en los cuatro distritos mencionados un grado de adhesión que no tuvieron, ni remotamente, los candidatos a gobernador del oficialismo nacional.

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Con Massa pasa algo semejante. Sus hombres de confianza en la capital y en Santa Fe prácticamente no existieron, lo cual no supone que el de Tigre vaya a naufragar como Guillermo Nielsen y Oscar Martínez. No se necesita esperar hasta el 9 de agosto para darse cuenta de que Massa mejorará holgadamente la performance de la lista de diputados y senadores del Frente Renovador. Algo que en el Pro es perceptible sobre todo en aquellas provincias menos importantes —Jujuy, Misiones, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca, por mencionar solamente algunas— en donde Mauricio Macri hará una elección excelente.

Desde hace varias décadas en la Argentina compiten hombres y mujeres con nombre y apellido, sin que nadie le preste atención a las siglas o rótulos partidarios que hacen las veces de cascarones vacíos. Ni siquiera el viejo peronismo se salva de este naufragio. Por eso es que el análisis electoral tiene sus riesgos y debe hacerse con cuidado. En la provincia de La Pampa acaban de ganarle, en las PASO, los peronistas ortodoxos —Verna y Marín— a los recién llegados kirchneristas. En términos provinciales el panorama resulta claro. En cambio, qué decir a nivel nacional. ¿Todos los votos de la ortodoxia y el kirchnerismo decantarán a favor de Scioli? ¿Quién podría afirmarlo?

Para continuar, ¿qué harán los socialistas santafecinos cuando deban elegir una fórmula presidencial el 25 de octubre? ¿Se inclinarán por Scioli–Zannini o por Macri–Michetti? —Imposible saberlo. Como tampoco es posible anticipar que harán los partidarios de De la Sota si el cordobés —como todo lo hace suponer— perdiera la interna con Sergio Massa y, por lo tanto, no figurase el 25 de octubre en ninguna boleta. ¿A quién votarán sus seguidores? Si hubiese lealtad partidaria deberían hacerlo por el de Tigre, pero lo más probable es que lo hagan en favor de Macri.

En tren de conjeturar podríamos llenar páginas y páginas sin que, en definitiva, avanzáramos en la tarea de conocer por anticipado cuál será la decisión de las gentes en agosto y en octubre. Causa gracia leer esos sesudos informes políticos que pueblan los escritorios de la City o escuchar por radio a conocidos comentaristas que insisten en la importancia de las alianzas entre los candidatos o en los pases de intendentes de un frente a otro, como si alguien fuese a seguir a un gobernador o a un intendente en sus marchas y contramarchas para saber a quién tiene que votar. ¿Alguien puede creer, sinceramente, que tras la fuga de intendentes massistas al FPV habrá una catarata infinita de votos a favor de Daniel Scioli? En la Argentina nadie es dueño de los sufragios y nadie tiene la capacidad de mandar a votar, por tal o cual candidato nacional, con la certeza de que su tribu electoral acatará el mandato al pie de la letra.

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Contra lo que sostiene el FPV y el sciolismo en general, no hay —a esta altura— un ganador cierto. Se entiende que, en términos de la campaña electoral que deben desarrollar en el tiempo y de la componente de acción psicológica que deben poner en marcha, los responsables del derrotero del gobernador de Buenos Aires insistan en que “ya ganaron”. Cualquiera haría lo mismo si, además, encontrase un campo propicio para llevar adelante semejante estrategia. A condición de darse cuenta o de tener en claro que no es cierto. Hay todavía cuatro largos meses por recorrer y la moneda está en el aire. Puede resultar cara o cruz, sin que haya nada escrito al respecto.

La polarización entre Daniel Scioli y Mauricio Macri es de tal calado que sería poco serio adelantar hoy un resultado. Entre otras razones porque los cien días que faltan para la primera vuelta formal pueden resultar eternos y un hecho trascendental —imponderable o no— bien puede cambiar el ánimo de los votantes. Es necesario entender que las próximas elecciones serán las más reñidas de cuantas se hayan substanciado entre nosotros desde que Juan Domingo Perón, en 1946, se impusiera a la Unión Democrática.

Es que el escenario al cual estamos subidos y que no habrá de cambiar en el curso de los cuatro meses por venir no sólo está caracterizado por el fenómeno de la polarización. El dato que acompaña y define a la polarización es el de la paridad. Tal como están las cosas, la lógica es que —sea cual fuere— el ganador no superará a su adversario por más de cinco o seis puntos, o quizás menos.

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