La moneda está en el aire. Por Vicente Massot

Asegura la leyenda urbana que el macrismo ha demostrado una marcadaincompetencia en el manejo de los asuntos públicos y, al  mismo tiempo, una capacidad envidiable a la hora de ganar elecciones. En buena medida las dos cosas son ciertas. Por eso llama la atención que un hombre como Alberto Fernández —que no es, ni mucho menos, un improvisado en la materia— haya cometido, en tan poco tiempo, tamaña cantidad de errores en el planeamiento y desarrollo de una campaña electoral en la cual deberá enfrentarse a semejante adversario. Por de pronto, en apenas siete días, perdió los estribos frente a distintos periodistas que le preguntaron, en la Capital Federal y en Córdoba, acerca de temas imposibles de soslayar. Era obvio que, en atención a la interminable serie de descalificaciones que ensayó a expensas de Cristina Fernández en los últimos años, iba a tener que rendir examen delante de los hombres de prensa, una y otra vez, respecto de ese tema. Lo único que no le estaba permitido era que se saliera de las casillas. Sin embargo, fue lo primero que hizo. Para colmo de males, no supo responder con soltura. Está visto que el papel de gladiador mediático —en el cual, en distintos gobiernos sobresalieron, cada uno con su estilo, los ex–ministros Carlos Corach y Aníbal Fernández— no le sienta bien.

Además, y para desesperación de más de uno de sus conmilitones, Alberto Fernández ha considerado que puede representar dos papeles a la par, con igual competencia: el de candidato —para el que lo eligió la viuda de Kirchner— y el de jefe de campaña. En estos tiempos de redes sociales, fake news, focus groups y omnipotencia mediática, la decisión de quien encabezará la boleta electoral del Frente de Todos parece temeraria. Dicen que Sergio Massa le ha ofrecido los servicios del asesor de origen catalán que, desde hace varios meses, hace las veces de un Jaime Duran Barba al lado del ex–intendente de Tigre. Desde otros costados de la coalición populista también le han hecho saber que debería pensar seriamente en distinguir con claridad las dos funciones y delegar en un experto las responsabilidades que, conforme transcurran las semanas y se acerquen los comicios, no podrá asumir en plenitud. Si Alberto Fernández le ha prestado oídos atentos a estas recomendaciones o considera que carecen de sentido no es cosa que pueda saberse. De momento, su performance no ha sido de las mejores.

De la misma manera que antes del 22 de junio existían incógnitas varias en cuanto a quiénes serían, en definitiva, los candidatos de las diferentes fuerzas políticas, ahora, de cara a las primarias abiertas que se substanciarán el próximo 11 de agosto, hay otro tipo de incertidumbres. Como era de prever, los relevamientos de opinión han inundado el escenario, y hasta finales del mes de octubre o de noviembre —en el supuesto de que haya ballotage— tendrán una presencia indisimulable entre nosotros. Si bien es conveniente tomarlos con pinzas, de todas formas es imposible no tenerlos en cuenta. Lo expresado vale tanto para los analistas como para los periodistas, para los militantes como para los indecisos, para los mercados como para los políticos. No es fácil saber a qué atenerse cuando pululan encuestas sobre un mismo universo —nacional, provincial o municipal— cuyas conclusiones no tienen nada que ver unas con otras.

LEÉ TAMBIÉN:  La Corte, los DNU y el fin del cepo. Por Vicente Massot.

Está de moda sostener como si fuese una verdad revelada que el oficialismo, a favor de la paz cambiaria y de un tenue repunte de la actividad económica, le ha descontado al kirchnerismo buena parte de la ventaja que éste acreditaba hasta pocas semanas atrás. De creérsele a Analogías, Dalla Torre, Management & Fit, la Universidad de San Andrés, Synopsis y Opinaia, entre otras, la ventaja del binomio de los Fernández oscilaría entre 1,7 y 5 puntos porcentuales. En cambio, de atenernos a Federico González, Gustavo Córdoba y Hugo Haime —siempre considerando las PASO— sería de 7 ó más puntos. La dispersión es de tal envergadura que asombra. Es posible que alguna de estas muestras haya sido dibujada a pedido y que también existan errores en punto a la matriz de datos. Como quiera que sea, igual se consumen como pan caliente.

La noción de que el macrismo ha mejorado en términos de la intención de voto —cosa que puede ser cierta, aun cuando no sepamos exactamente su dimensión— ha convencido a buena parte de su estado mayor de que, si llegasen cabeza a cabeza con el kirchnerismo a la instancia de la segunda vuelta, Macri sería reelecto. Pero, al propio tiempo, la preocupación acerca del resultado de la provincia de Buenos aires sigue latente. Cualquiera sabe que en la tercera sección electoral —todo el sur del conurbano bonaerense— la primacía del Frente de Todos está fuera de duda y que la diferencia a su favor será difícil —si no imposible— de descontar. Mejor luce la formula oficialista en la primera sección (esto es, el norte del Gran Buenos Aires) aunque no lo suficiente como para cantar victoria. Si en lo que representa 66 % del padrón electoral los K se imponen cómodamente, la esperanza del gobierno radica en achicar las distancias en el interior de la provincia, que representa el tercio restante. De ahí la necesidad de crecer todo lo que se pueda en ciudades como La Plata, Bahía Blanca y Mar del Plata, donde se impuso María Eugenia Vidal en 2015.

LEÉ TAMBIÉN:  Decálogo de los países desdichados - Por Carlos Alberto Montaner

Al margen de mostrar que los números de la economía reflejan una mejoría clara y tratar de que los brotes lleguen al bolsillo de la gente —aspectos, ambos, fundamentales en medio de una campaña electoral de las características de la presente— hay otro dato que
comienza a hacer ruido como parte de la estrategia macrista puesta en marcha en estos días: la apelación a los eventuales votantes de José Luis Espert y de Juan José Gómez Centurión para que piensen dos veces antes de entrar en el cuarto oscuro. Está claro que la movida se inscribe dentro del cuadro de preocupación al cual se hizo referencia antes. De no ser así, carecería de sentido dirigirse a un colectivo —por llamarle de alguna manera— que es minoritario en grado extremo. Como macristas y kirchneristas imaginan unos comicios peleados hasta el final del camino, el temor justificado que se percibe entre los primeros se relaciona con el daño que pudieran causarle a sus aspiraciones presidenciales y a las de la actual gobernadora bonaerense, los sufragios que cosechasen —por escasos que fueran— los dos candidatos nombrados.

El oficialismo tiene delante suyo dos problemas que resolver y actúa a ciegas porque es imposible saber qué tantas personas cumplirán con su deber cívico el 11 de agosto y qué disposición existe en ellas para cortar boleta. Dicho de manera diferente: el macrismo recibe —en general— la adhesión de la gente mayor, mientras los Fernández ganan entre los más jóvenes. Como en rigor no se eligen candidatos, la posibilidad de que parte del electorado macrista se desentienda del asunto y ponga distancia del cuarto oscuro, no debe descartarse. Por ende se hace necesario convencer a su tribu electoral de que las PASO poseen una importancia fundamental. En paralelo, el pedido tácito hecho a los simpatizantes de Espert y de Gómez Centurión de calibrar con responsabilidad a quiénes respaldar —“no sea que resulten funcionales al kirchnerismo”— supone ponerlos en autos de cómo realizar el corte requerido por Mauricio Macri y María Eugenia Vidal. En teoría se explica fácil; en la práctica, en cambio, no es nada sencillo.

Si se nos permite la comparación, la moneda está en el aire y nadie sabe de qué lado caerá.

Más en Opinión y Actualidad
Promo DÍA DEL AMIGO 2019

Cerrar