Mié. Jun 16th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

La mansedumbre criolla y las elecciones. Por Vicente Massot

A medida que transcurre el tiempo y tanto los índices que miden la situación social y económica del país como los que dan cuenta de la realidad sanitaria, reflejan un agravamiento que parece no tener solución de continuidad, más queda en evidencia un fenómeno sobre el cual tantas veces hemos insistido y que —a falta de mejor denominación— definimos como mansedumbre proverbial de nuestra sociedad. Si por un momento repasamos el mapa subcontinental, pronto saltará a la vista un contraste notorio y a la vez notable entre la reacción que determinadas condiciones de vida —consideradas abusivas o injustas por una parte de la población— han generado en Chile, Colombia, Perú y Ecuador en el último año y medio —poco más o menos— respecto de la indolencia argentina.

Si bien las causas de los distintos levantamientos populares que tuvieron lugar en esos países no fueron iguales en todos los casos y tampoco las consecuencias producidas en aquellas geografías han resultado semejantes, el común denominador que puede trazarse tiene menos que ver con las ideologías latentes, las tradiciones nacionales o las disputas tribales, que con la forma como se manifiesta la indocilidad social —por denominarla de alguna manera—
en el resto de las naciones hermanas, de habla hispana. Mientras en la región diferentes planteos de desobediencia civil que se sucedieron en Cali, Lima, Santiago y Bogotá —para nombrar a los de mayor envergadura— pusieron en tela de juicio a los gobiernos de turno y en ciertos casos modificaron el statu quo vigente, en nuestro país nada parecido tuvo lugar.

No seria de sorprender si los índices de pobreza e indigencia argentinos, como el de los muertos por millón de habitantes —producto de la pandemia— y el de los ciudadanos inoculados, resultaran los de un país próspero e institucionalmente sólido. Pero resulta que, luego de sufrir la cuarentena más extensa del planeta, el número de personas fallecidas por obra del Covid supera las 70.000; las que han recibido por lo menos una dosis de la vacunas Sputnik, Astra Zeneca, Sinopharm o cualquiera de las demás conocidas, no pasa de 20 %, y sólo 3 % se ha beneficiado con la segunda dosis. A la par, nuestra economía es la que peores guarismos acusa desde el estallido de la peste de carácter planetario, con unos porcentajes de pobreza que lastiman: 44 % del total de la población; que crece, en el caso de los niños, en el NOA hasta representar 60 %, en el NEA orilla 62 %, en el AMBA 65 %, y en el Gran Buenos Aires supera 72 %. De más está decir que el incremento del índice de precios al consumidor proyectado para 2021 es uno de los cuatro más altos del mundo, en tanto que las jubilaciones y sueldos estatales están retrasados al menos 6 % respecto de la inflación.

No es nuestro objeto aquí el rastrear y estudiar en detalle las razones que explican por qué precisamente en el país en donde las condiciones sociales, sanitarias y económicas, tomadas en conjunto, son de las peores de Hispanoamérica, nada hace prever que el descontento que existe vaya a dispararse hacia la desobediencia generalizada o hacia la violencia masiva. Las encuestas cualitativas que se hallan a la orden del día y miden la opinión de la gente acerca de sus finanzas personales, del plan de vacunación gubernamental, de la economía por venir y de tantos otros aspectos que hacen a la vida diaria, dan cuenta del profundo grado de insatisfacción vigente. Sin embargo, los argentinos aceptan pasivamente la miseria, la pobreza, la indigencia, la corrupción gubernamental, el manejo antojadizo de los encierros y libertades en el curso de la pandemia, los vacunatorios VIP y la prepotencia institucionalizada.

Lo que en otras latitudes —por mucho menos— generaría un terremoto social, acá, en la peor de las situaciones, no pasa de un maremoto en una palangana. El año 2001 fue una demostración cabal de que el fenómeno no es nuevo y se percibe desde hace tiempo entre nosotros. En aquella oportunidad, literalmente le robaron buena parte de sus ahorros a una inmensa cantidad de habitantes de un día para otro. El corralito y el corralón hubiesen generado en distintas sociedades del mundo una conmoción indescriptible y seguramente hubieran abierto el camino para la aparición de nuevas caras en la política y una profunda renovación de las clases dirigentes. Pero aquí apenas se quemaron unos cuantos miles de neumáticos en las calles, se rompieron otras tantas vidrieras y —sólo por la impericia de la administración de turno— hubo diez muertos en la Plaza de Mayo y alrededores. En realidad, la crisis nada cambió.

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Estos párrafos introductorios tienen un sentido preciso: ponernos en autos de cuál es el contexto en el que nos movemos y cómo reacciona de ordinario la sociedad argentina. Sobre todo en virtud de que dentro de cuatro y seis meses marcharemos a las urnas para sufragar, respectivamente, en las PASO y luego en las elecciones generales de mitad de mandato. Perder de vista lo expresado antes en cuanto a nuestra mansedumbre, desidia o como quiera llamársele al fenómeno, sería un craso error. Los pueblos cumplen con sus deberes cívicos de la misma manera si sólo se toma en consideración el hecho de que se introducen en el cuarto oscuro y eligen en silencio una papeleta de las muchas que están en oferta. Pero ahí terminan las coincidencias.

Cualquiera podía predecir —sin necesidad de ser un experto politólogo o un distinguido encuestador— que, luego de lo acontecido allende los Andes, la coalición de centroderecha aglutinada en torno del presidente Piñera no iba a quedar bien parada tras los comicios que acaban de substanciarse. Eso fue lo que sucedió, al extremo de que un dirigente de orientación comunista encabeza ahora las mediciones, de cara a la elección presidencial de noviembre. En igual medida, es imposible que el oficialismo colombiano sea capaz de salir indemne de la próxima compulsa electoral. Sin importar el grado de razón o de sinrazón que tuvieron los levantamientos sociales ya comentados, lo que preanunciaban —entre muchas otras cosas— era la derrota de los partidos de gobierno. En estas playas, en cambio, no sólo las aguas son siempre de estanque, sino que la insatisfacción con las políticas y prácticas gubernamentales de suyo no anticipan una derrota del oficialismo. Tampoco —claro está— una victoria.

Las elecciones se recortan en el horizonte y ninguna de las fuerzas políticas tienen claro cómo habrá de digerir la población los padecimientos de todo tipo que ha sufrido, al menos, desde que se despertó la peste. De un lado se halla la mansedumbre reseñada que permite desterrar la idea de una pueblada o algo semejante. Del otro, nadie puede dejar de considerar —aunque sea una posibilidad remota— que la gente un cierto día despierte distinta y reaccione como no lo hizo nunca, fuese en las calles o en el cuarto oscuro. Acerca de esto último, un relevamiento de más de 50.000 encuestados, realizado por un empresario de medios de origen peronista –de gran actuación junto a Duhalde y Menem en los ’90— llenó de preocupación al oficialismo. Si los comicios fuesen hoy, y sin conocerse los nombres de los candidatos, en La Matanza un frente opositor vencería al kirchnerismo. Entre otras razones, datos como el anterior obligan a los contendientes a pensar sin mas demoras en quiénes serán los encargados de encabezar las boletas electorales en noviembre.

Los dos equipos de campaña —del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio— han comenzado a testear candidatos y a diseñar sus respectivas estrategias electorales en la provincia de Buenos Aires, donde tendrá lugar “la madre de todas las batallas”. Es sabido desde tiempo inmemorial que el resultado de la provincia más populosa siempre es determinante a la hora de evaluar quién ganó y quién perdió a nivel país. En pocas oportunidades se ha podido considerar un partido triunfador si ha llevado la peor parte en la geografía bonaerense. Eso lo tienen en claro tanto los kirchneristas como sus opositores. Con la particularidad de que en esta ocasión unos y otros andan flojos en términos de candidaturas. No hay en el oficialismo, ni tampoco en los cuarteles de lo que fue Cambiemos, uno de esos políticos que al solo conjuro de su voz y personalidad arrastran tras sí multitudes y se imponen como cabeza de lista sin necesidad de disputar una interna.

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Los K comenzaron encuestando a dos funcionarias de su riñón: a la gerente general de la ANSES, Fernanda Raverta, y a la titular del PAMI, Luana Volnovich. Se entiende que hayan sido las preferidas de Cristina y Máximo Kirchner en atención a su militancia en el camporismo y a su compromiso con la “causa popular”. No obstante lo cual, las conclusiones que arrojaron los relevamientos hechos a propósito de una y otra distan mucho de ser satisfactorios. Escasamente conocidas por el gran publico y excesivamente ideologizadas, en principio resultaron descartadas.

Acto seguido —y aunque a muchos pueda parecer increíble— el convocado a conversar, en una de sus últimas estadías en Buenos Aires, fue Daniel Scioli. Por lo visto, el actual embajador en Brasil sigue siendo de utilidad para la Señora que se cansó de humillarlo en años pasados. El ex–gobernador tiene la ventaja de no suscitar odios, en un país partido por la grieta, y de ser obediente en extremo. El hoy diplomático se mostró esquivo, tranquilo como está, lejos de las intrigas y problemas que pueblan al gobierno de Alberto Fernández. Pero si recibiese la orden de abandonar Brasilia y meterse en el barro de la campaña, haría sus valijas sin chistar y se despediría de Bolsonaro para no enojar a sus mandantes.

El otro candidato que parecía cantado a principios del otoño por decisión de la vicepresidente —que es su jefa natural— ha dado un paso al costado. Sergio Berni —que de él se trata— lanzó la semana pasada, a través de unos afiches que se dejaron ver en distintos lugares de la provincia, su carrera en pos del sillón de Dardo Rocha. Poco importa que falte una eternidad para elegir al sucesor de Axel Kicillof. El dato que a nadie le pasó desapercibido es que en la publicidad mural no se leía “Berni diputado 2021” sino “Berni gobernador 2023”. Por fin, la última que ha sido propuesta para encabezar la boleta del Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires es una contadora de origen platense, titular del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales, Victoria Tolosa Paz.

Como se puede apreciar, las preocupaciones son muchas y las figuras que de momento están en estudio no son nada del otro mundo. Tan es así que en algunos círculos kirchneristas alguien ha pensado en voz alta y lanzado al ruedo, como una carta de triunfo seguro, el nombre de Cristina Fernández, nada menos. Lo que sucede es que, a pesar de las ventajas que acredita, la ex–presidente arriesga demasiado si acaso decidiese ser de la partida. Podría salir primera, claro. Pero si perdiese, ¿como sobreviviría a la derrota? El escenario de 2017 cuando fue segunda, detrás de Esteban Bullrich, no tiene punto de comparación con el presente. Entonces era la cabeza de la oposición. Hoy es la jefa real del gobierno. Es verdad que su marido y la plana mayor K sufrió un revés estruendoso a manos de Francisco de Narváez en 2009. También lo es que en aquel entonces la situación económica era otra, muy distinta, y la pandemia no había dado el presente.

No mejores lucen las cosas en las tiendas del macrismo y sus aliados radicales y seguidores de Elisa Carrió. A esta altura es un hecho que María Eugenia Vidal —de lejos la de mejores títulos y más posibilidades para dar batalla e inclusive tener una chance de alzarse victoriosa en noviembre— no desea pelear en el territorio que gobernó entre diciembre de 2015 y 2019. Detrás de ella se alistan Diego Santilli, alfil de Horacio Rodríguez Larreta; Jorge Macri, intendente de Vicente López; Elisa Carrió, aunque su candidatura es más un bluff que otra cosa, y hay que parar de contar. A similitud de lo qué pasa del otro lado de la colina, tampoco hay un candidato cantado en Juntos por el Cambio. Poco por acá y poco por allá.

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