La lealtad en los tiempos de crisis. Por Carlos Alberto Montaner

Dice Leopoldo López que a su domicilio acudieron generales a expresarle alguna suerte de solidaridad. Debe ser cierto. Por lo pronto, Manuel Ricardo Cristopher Figuera, el ex jefe del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia), está escondido. López huyó de su casa, donde cumplía arresto domiciliario, gracias a la complicidad de algunos miembros del SEBIN.

Es muy difícil ser leal a Maduro. No es un tipo serio. Lo que mejor hace es bailar salsa con su no-tan-santa esposa, la narcotía Cilia Flores. Todo el mundo sabe que Maduro habla con los pajaritos y padece una grave dislexia mezclada con una expresión leve del Síndrome de Tourette que le lleva confundir los “panes y los peces” con los “penes y los peces” mientras se dirige a las “miembras” de su partido.

Nadie ignora el episodio de los narcosobrinos o la “desproporcionada” corrupción de Maduro y su régimen. El chavismo se ha robado más de 300 mil millones de dólares. Basta con pasearse por Venezuela para advertir que se trata del país peor gobernado del mundo. Los apagones, la hiperinflación, la falta de comida y medicina, en una de las naciones más ricas del planeta, sólo se explica por una combinación entre la incompetencia absoluta y el latrocinio descarado de los recursos públicos.

La lealtad y la obediencia se originan en el respeto o en el miedo y a Maduro ni lo respetan ni lo temen. Esa actitud no es sólo de los opositores. La comparten los jefes militares, los apparatchiks del régimen y el entorno que lo sirve y rodea. Por eso Maduro sólo confía en “los cubanos”. Ellos lo convirtieron en heredero del “Comandante eterno” y ellos lo mantienen en el poder.

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Es lo mismo que le sucedió a Hugo Chávez en abril del 2002 cuando lo obligaron a renunciar al poder. Los militares más serviles estaban complotados. Fue a partir de ese episodio cuando Chávez se entregó de pies y manos a Fidel Castro. No existía respeto ni miedo por parte del dictador cubano, pero sí había una lealtad tarifada. Fidel lo despreciaba, pero lo necesitaba. Muerta Ubre Blanca, para Fidel, Chávez era el reemplazo de la legendaria vaca lechera.

Mike Pompeo no miente del todo cuando asegura que Maduro estaba listo para partir rumbo a Cuba y los rusos se lo prohibieron. Eso, seguramente, se lo comunicó una fuente venezolana de alto rango a su “handler” de la CIA. Era su mejor excusa para explicar la obediencia de los altos mandos de su país a un Maduro que no temen ni respetan.

Donde se equivoca John Bolton, principal consejero de Seguridad de la Casa Blanca, es cuando afirma que los militares no dispararán contra el pueblo. Los ejércitos, mientras se conserva la estructura de mando, son máquinas disciplinadas de matar. Para eso los adiestran. Esto se vio en los carros blindados que deliberadamente aplastaron a unos manifestantes.

Los “experimentos de Milgram y Zimbardo”, además, no dejan lugar a dudas. Basta una orden de “la autoridad” para que casi siempre desaparezcan los juicios morales de quienes tienen que cumplirla. Esta siniestra característica de los seres humanos se hizo evidente en los campos de concentración durante la Segunda Guerra mundial. El asesinato y la vileza están al alcance de cualquiera. Los ejércitos matan y destripan si se ven conminados a ello.

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El fenómeno desaparece cuando se rompe la cadena de mando. Pude experimentarlo cuando Batista huyó del poder la noche del 31 de diciembre de 1958. Al día siguiente, el 1 de enero del 59, nos detuvo una patrulla de la policía tras una monstruosa violación de las normas de tránsito (cuatro muchachos íbamos en el auto por la acera ahítos de felicidad por la fuga del dictador). La víspera nos hubieran disparado. Ese día nos trataron con cortesía. Nos recomendaron respetuosamente que fuéramos por la calle, nos pidieron los brazaletes revolucionarios y saludaron militarmente. Se había roto la cadena de mando.

Tienen razón el presidente Juan Guaidó y Leopoldo López, su jefe político, cuando afirman que pronto habrá una nueva intentona militar, y otra, y otra, hasta que Maduro salga del poder, vivo o muerto. No lo temen ni lo respetan. Pero para lograrlo es muy conveniente que los venezolanos no abandonen las calles e ignoren la propuesta de Padrino López (hoy el hombre de La Habana): salir de Maduro, pero a cambio de la no intervención extranjera. Esa obscena propuesta significaría la permanencia de la narcodictadura, como señala el analista Jorge Riopedre.

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