La ideología detrás del feminismo violento. Por Rafael Micheletti

La superficial justificación de la violencia en nombre de los derechos de la mujer

            Año tras año, el Encuentro Nacional de Mujeres de Argentina se ve manchado por violencia inentendible de grupos feministas extremos. Y esa violencia va en aumento, habiéndose registrado en el último encuentro, en Rosario, diez policías heridos (entre ellos una mujer con la cara cortada, un hombre con su ropa prendida fuego por una bomba molotov y otro con un impacto de bala en su chaleco protector). El plan era incendiar la catedral, objetivo que fue frustrado por las fuerzas de seguridad. También hubo propiedad pública y privada dañada por toda la ciudad y fieles católicos, algunos niños, agredidos mientras salían de las iglesias durante el transcurso de la marcha de cierre.

            Lo peor de todo es que esta violencia creciente sucede con la total complicidad y aceptación tácita de la comisión organizadora del encuentro, que se niega sistemáticamente a condenar y excluir a los grupos violentos. Esto nos muestra el nivel de influencia que está teniendo el extremismo en el feminismo actual. Pero, ¿por qué tanto odio contra los fieles católicos, contra los hombres, contra las mujeres que se aceptan como tales; en fin, contra todo ser que no adhiera incondicional y ciegamente a la ideología del feminismo violento? ¿Cuál será el límite de esta violencia inútil?

            Lo primero que tenemos que considerar para entender y combatir esta nueva forma de pensamiento totalitario es que el feminismo extremo está fuertemente emparentado con el marxismo y, en particular, con el neomarxismo cultural. Pues lo que determina la identidad del sujeto no es ya su pertenencia a una clase social, sino un conjunto de instituciones que originan una “hegemonía”. Se desconoce la identidad interior del ser humano, dada por el espíritu consciente, y se atribuye todo su pensamiento y comportamiento a factores externos y superficiales. Por eso la identidad misma es vista como sinónimo de opresión, por lo cual debe ser “de-construida”, al tiempo que se defiende una concepción vacía del ser humano donde la moral no tiene cabida alguna.

            Todo sujeto es una construcción arbitraria de instituciones dominantes y, por ende, ningún sujeto es realmente libre (aquí la conexión con Foucault es total). Lo que hay que hacer, en todo caso, es demoler o destruir las instituciones vigentes y todo atisbo de institucionalidad. Sólo así habrá libertad, o por lo menos algo que se le parezca.

            La anterior es una forma indirecta de oponerse a la democracia. Pues la democracia exige instituciones fuertes, que aseguren el Estado de Derecho, la libertad de los ciudadanos y la rendición de cuentas de los gobernantes. En una sociedad des-institucionalizada, lo que tendríamos sería alguna forma de autoritarismo inorgánico. Ante la ausencia de límites y controles, el poder tendería a concentrarse plenamente en la persona o grupo que ocupara una posición circunstancialmente privilegiada por acceso a la información, influencia cultural, capacidad de movilización, recursos, etc.

            De hecho, esta derivación autoritaria de la des-institucionalización puede observarse ya en el propio movimiento feminista argentino. Se presenta como puramente horizontal, pero la ausencia total de reglas hace que una minoría violenta se apodere de él por medio del monopolio de la información y de la iniciativa, así como también agrediendo y ahuyentando a los “díscolos”. Sobran testimonios en este sentido. Convocatorias y reuniones supuestamente “espontáneas” que tras bastidores adoptan las grandes decisiones, decisiones dudosas “por aclamación”, así como intolerancia y agresión en reuniones o talleres, son condimentos que se repiten cada año. Claramente, una cosa es lo horizontal (distribución del poder) y otra lo inorgánico o des-institucionalizado (ausencia de reglas).

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            Llama la atención, por ejemplo, el extremismo ínsito en el documento supuestamente “de consenso” leído al inicio del último Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, cuando los consensos reales suelen llevar a la moderación. En él se llama, no a luchar contra las injusticias, sino a “enfrentar (…) esta sociedad injusta, que agrava día a día nuestras condiciones de vida por el solo hecho de ser mujeres”. Y sigue: “La Argentina sangra por las barrancas del Paraná. Por estos puertos de Rosario y su cordón, hoy en manos extranjeras, se llevan el 75% de la producción nacional (…) para beneficiar a los ganadores de siempre: los grandes monopolios imperialistas, las patronales y los terratenientes”. Luego se denuncia el flagelo del narcotráfico y el crimen organizado, sin mencionar que afecta a hombres y mujeres por igual, para luego, contradictoriamente, repudiar “la militarización de Rosario en manos del Gobierno nacional y de Santa Fe con Gendarmería Nacional”. Se concluye que “durante 3 días la ciudad nos pertenece a las mujeres” y que “sabemos que el Encuentro molesta y que es posible que intenten provocarnos para perjudicarlo, difamarlo y quebrarlo”, adelantándose a sus desmanes.

            Pero el feminismo extremo no se limita a agredir las instituciones de la democracia capitalista moderna. También busca deslegitimar la cultura que le es concomitante o que, por lo menos en la actualidad, convive con ese sistema. Toda diferenciación entre sexos o géneros se asume como arbitraria e ilegítima. El género e incluso el sexo serían una construcción puramente cultural y artificial. Las feministas extremas hablan de “heterocapitalismo”, aludiendo a la supuesta conexión entre una cultura heterosexual y patriarcal que, de alguna forma, amalgamaría y sostendría al sistema.

            Esta concepción puramente cultural del género y del sexo (como si no hubiera diferencias biológicas objetivas entre el hombre y la mujer) sirve para deslegitimar el orden democrático. Pues si toda diferenciación es ilegítima, y nuestra cultura tiende natural y espontáneamente a hacer ciertas distinciones entre los sexos (no necesariamente discriminatorias, como separar los baños para hombres y mujeres), de ello se deduce que la cultura que emane de una sociedad libre siempre será ilegítima y arbitraria. Cualquier inconveniente o hecho trágico que afecte a una mujer será automáticamente atribuido a supuestas fuerzas ocultas del sistema.

            El feminismo extremo no se limita, como las corrientes feministas democráticas, a luchar contra la discriminación y a defender los derechos de la mujer. Le niega legitimidad a la cultura y a las instituciones de una sociedad libre. En el fondo, es sumamente superficial. Pues niega un interior espiritual y un conocimiento moral básico de acceso universal, que son el fundamento de la dignidad humana. Ve al ser humano (y por ende a la mujer), como una mera construcción externa. Son sus cualidades o atributos externos los que definen a un sujeto. Por ende, la igualdad que busca es también superficial. No persigue una igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades. Quiere una igualdad absoluta de apariencia o distinción. Por eso las mujeres del feminismo extremo marchan con el torso desnudo.

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            El feminismo violento toma los derechos de la mujer como mera excusa al servicio de un odio irracional. No cree verdaderamente en los derechos porque no estima realmente la dignidad intrínseca de todo ser humano. Así, mientras las feministas de verdad se sacrifican y se parten la cabeza buscando soluciones, consensos e ideas para mejorar la condición de la mujer y las instituciones encargadas de protegerla, las feministas extremas pierden el tiempo agrediendo a inocentes, instigando a la violencia y desprestigiando el movimiento. Antes de hacer el sacrificio de adoptar una posición constructiva y racional, prefieren la complacencia egoísta de hacer el divertido rol de “revolucionarias”.

            No tiene ningún sentido hacer una infantil e insensible competencia entre hombres y mujeres mientras hay seres humanos de carne y hueso muriendo y sufriendo. Las mujeres suelen estar más expuestas que el hombre a la violencia doméstica, pero también hay hombres que todos los años mueren por esa causa. En 2015 los femicidios fueron, tristemente (según La Casa del Encuentro), unos 286, pero también 43 hombres y niños fallecieron por efectos colaterales de esos hechos. Según la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema, en 2015 un 21% de las víctimas atendidas fueron hombres. Asimismo, en otro tipo de violencia los hombres resultan más perjudicados que las mujeres. En 2014 hubo 3.269 persona asesinadas en Argentina, de las cuales alrededor del 80% fueron hombres (datosmacro.com). Es decir, todos estamos en el mismo barco.

            Los datos anteriores coinciden con un informe de la ONU de 2014, que indica que a nivel mundial, si bien la mayor cantidad de víctimas de homicidio son hombres, en contextos familiares la mayoría de las víctimas son mujeres. Esto parece en cierto modo lógico, pues el hombre, por su relativamente mayor fortaleza física que la mujer (distinción biológica objetiva), tiene un rol socialmente asignado en relación con la defensa física de su pareja y de su familia, lo que suele colocarlo en situaciones de riesgo. Empero, en la violencia doméstica, donde por lo general chocan un hombre y una mujer y no hay nadie para proteger a la víctima, la mujer se lleva la peor parte.

            No es para nada cierto que el sistema democrático capitalista esté diseñado o programado para asesinar mujeres. Los asesinatos de mujeres y de hombres se producen por decisiones individuales de personas puntuales, no por dictados del sistema. A lo sumo, el sistema puede fallar en prevenir o castigar esas muertes. Desde luego, eso se mejora perfeccionando las instituciones, no destruyéndolas.

            La democracia no es perfecta, pero es lejos el sistema más perfecto de todos por el simple hecho de ser perfectible. Mientras el autoritarismo, institucionalizado o no, lleva indefectiblemente a la violencia y al estancamiento, la democracia permite ir ampliando de a poco la esfera de libertad y la capacidad de desarrollo de las personas.

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