La huelga de la Virgen María. Por Juan Manuel de Prada

Alguien ha dicho por adular al mundo que la Virgen María habría participado de buen grado en la reciente huelga feminista. Si quien ha dicho tal cosa llevase capirote podríamos designarlo con propiedad; pero, llevando mitra, callaremos. Uno tenía entendido que la Virgen sólo se holgaba en Dios, que había contemplado (con mirada inevitablemente patriarcal) su humildad y había hecho las más grandes obras en ella; y que el tiempo que le dejaba esta divina huelga u holganza lo dedicaba María al cuidado de su familia. Pero, siendo María mujer de gran sensibilidad (como nos prueba al componer el Magníficat) y con dotes de organización (como nos prueba en las bodas de Caná), no parece inverosímil que tallase con el formón alguna figurita para que Jesús jugase con ella, o que se encargara de administrar la carpintería familiar.

Si quedasen mitrados con sana teología, nos recordarían que María y José, aunque pobres, eran propietarios; y, a renglón seguido, nos advertirían que una economía es tanto más cristiana cuanto más repartida está la propiedad. En cambio, en nuestra época María y José no habrían tenido más remedio que ser asalariados. José tendría un contrato temporal; y le tocaría hacer, a cambio de un sueldo birrioso, un trabajo repetitivo y estragador en cualquier planta de Ikea; o tal vez lo habrían contratado como falso autónomo, para que él mismo se pagase la Seguridad Social. Como con el sueldo de José no les alcanzaría para llegar a fin de mes, María también habría tenido a su vez que emplearse en una empresa de organización de bodas, donde -aprovechándose de que era todavía muy joven-la habrían contratado como becaria, con un sueldo «simbólico» y unos horarios inhumanos que, además de trastornarle el sueño (las bodas ahora son casi todas de noche), la obligarían a trabajar muchos domingos (impidiéndole holgarse en Dios). Inevitablemente, María y José tendrían que dejar muchos días a Jesús en manos de una canguro (porque su tía Isabel vivía muy lejos), a la que sólo podrían pagar unas monedillas bajo cuerda. Y así, Jesús no tendría quien le cantase un Magníficat antes de acostarse; y tendría que conformarse con ver todas las noches, en compañía de la canguro, las tertulias vocingleras de «Sálvame». En una situación así, tal vez María podría sumarse a una huelga en la que se exigiese un trabajo justamente remunerado (de tal modo que un único sueldo bastase para sostener a la familia); un trabajo que facilite la crianza de los hijos; un trabajo que reconozca el esfuerzo del trabajador y premie sus talentos con su participación en los beneficios de la empresa; un trabajo que permita la holganza (y muy especialmente la dominical); un trabajo, en fin, que impida la opresión del pobre y la retención injusta del jornal del trabajador, que son pecados que claman al cielo.

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En una huelga así habría podido participar María; y Dios se habría holgado mucho de que lo hiciera. No estaría mal que los mitrados se dedicasen a proclamar la doctrina social católica y a denunciar la degradación rampante del trabajo, en lugar de meter a la Virgen en una huelga que reclama «autonomía para construir identidades y sexualidades», «despenalización del aborto» (¡todavía más!), «escuela con perspectiva de género», etcétera. ¿Qué pensará María de quienes la meten en estas ollas podridas? En realidad, como nos enseña Bernanos, esta pequeña y preciosa doncella mira a quien la reboza por el fango con mirada infantil; pues, aunque detesta el pecado, no tiene de él experiencia alguna. María sólo puede mirar al pecador, aunque tenga mitra, como lo miraría una niña que no repara en las vergüenzas y miserias de los hombres.

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