La hora de los conservadores. Por Fernando Francisco Romero

Naturalmente cuando hablamos de los conservadores, nos referimos a lo que en la jerga periodística -y no sin un poco de dramatismo- se denominan como ‘ultraconservadores’, ‘extrema derecha’ o ‘populismo de derecha’ [1]. A los socialdemócratas y ‘liberales’ autodenominados ‘conservadores’, los excluiremos por un momento de esta denominación para establecer una línea un poco más clara entre; por un lado, un sistema que, en alianza con el socialismo y la centro-izquierda (“la alianza socialdemócrata” [2]) en Europa y en América, empuja hacia un modelo de centro más cercano a la socialdemocracia europea: liberal en lo económico y marxista en lo cultural; y por otro lado, lo que se empieza a perfilar como una reacción ante los hijos predilectos de este sistema de “consenso”: la inmigración masiva, el multiculturalismo, el relativismo cultural y jurídico, el abolicionismo, el feminismo, la discriminación positiva, la exaltación de las ‘minorías’ (muchas veces en desmedro de las mayorías), etc.

Esta reacción o movimiento ultraconservador ha ido ganando terreno en los últimos años en todo Occidente, especialmente en Europa. Como señalábamos anteriormente, la aparición de estos sectores denominados por los medios como ‘right-wing populism’ (populismo de derecha) o ‘extrema derecha’ tiene como trasfondo un avance generalizado de la izquierda en el terreno cultural y social que se ha ido acentuando especialmente en la última década, transformando radicalmente la civilización occidental en sus facetas culturales y sociales.

Marxismo cultural

El giro de esta izquierda que ha abandonado aparentemente su visión economicista para abarcar el amplio espectro de la cultura, la psicología y las relaciones sociales, es lo que actualmente se conoce bajo el término de ‘marxismo cultural’. El núcleo de este movimiento consiste en una reelaboración de la teoría y de la práctica marxista que considera que la implementación del socialismo requiere de un trabajo previo, crítico y desconstructivo, de las estructuras sociales profundamente arraigadas en la psique colectiva que resultan refractarias al marxismo: la estructura familiar monogámica, las tradiciones particulares de los pueblos, las identidades nacionales y los valores religiosos o éticos imperantes, etc. De ahí que el pensamiento marxista hoy en día discurra por terrenos insospechados a la luz de las posturas más clásicas y ortodoxas acerca del marxismo como teoría de las superestructuras económicas y la lucha de clases.
El marxismo cultural, de esta manera, se ha consagrado como el nuevo paradigma dentro del pensamiento de izquierdas, que tiene como objeto de análisis y práxis, ya no tanto a los sistemas económicos (capitalismo, socialismo, comunismo…), sino a la configuración más profunda, del complejo entramado de relaciones sociales y culturales. Es allí donde desde hace unas décadas, se vienen postulando las consignas más revolucionarias: la deconstrucción de la estructura familiar, del género, de las relaciones entre los sexos, del lenguaje, de la cultura, de las identidades nacionales, de los estados, de las instituciones, de las sociedades y hasta de lo que concebimos como verdades científicas. Deconstruírlo todo para formular desde una base ‘en blanco’ al ‘hombre nuevo’, asimilable al pensamiento marxista.

El oscurantismo progresista

Lo más grave de este escenario, es que cual Víctor en la novela de Frankenstein, el relajamiento social y cultural provocado por este modelo subvertor (en nombre de la libertad y los derechos individuales), ha generado un vacío dentro de Occidente que, progresivamente es llenado por otro grupos con valores y costumbres contrarias a la idea occidental de individuo y de libertad. En un contexto de multiculturalismo inducido bajo la premisa de un cosmopolitismo radical, funcional al afán internacionalista del marxismo, la inmigración masiva, en ocasiones ilegal y en general descontrolada, ha generado un panorama de preocupantes perspectivas. En el caso particular de Europa, y frente a una sociedad reblandecida por el “buenismo” socialdemócrata [3], el sentimiento de culpa y auto-odio [4], la inmigración islámica ha encontrado pasto fértil para campar a sus anchas a costa de la integridad cultural, la seguridad, la economía y aquellos derechos de los que tanto se jacta la sociedad europea “de avanzada”.
Ocioso sería enumerar todos y cada uno de los aspectos problemáticos, tanto en materia de seguridad, economía o derechos que este verdadero choque de civilizaciones ha ocasionado en el viejo continente, los cuales no obstante pueden ser advertidos con facilidad a pesar del empeño de muchos medios de comunicación por ocultar la problemática. Sin embargo, podríamos mencionar un par de casos, aparentemente menores, de los últimos meses, que sin embargo pueden servirnos para ilustrar fielmente la sintomatología de este proceso. El primero está relacionado con la reciente crisis de los refugiados. Ante la llegada masiva de inmigrantes (no todos ellos sirios, ni todos ellos refugiados) en los últimos meses (se espera que sean unos 800.000 sólo en Alemania [5]), algunas escuelas alemanas han hecho circular advertencias a los padres para que eviten enviar a sus hijas vestidas con polleras o minifaldas para “no ofender a los musulmanes” [6], caso que por cierto no generó reacción alguna por parte de sectores feministas. Otro caso en la misma sintonía nos lleva a Suecia, donde a fines de Julio se tachó de “racista” a una marcha del orgullo gay que tenía programado circular por barrios de mayoría musulmana [7]. Mientras tanto, algunas jurisdicciones en Inglaterra e Italia han aceptado la implementación de la medieval ley musulmana para dirimir asuntos judiciales dentro de la comunidad islámica [8]. A la vez, todo este proceso de islamización va acompañado de un incremento en los “crímenes de honor”, las violaciones [9], la criminalidad [10], el auge del terrorismo fundamentalista [11], y demás delicias [12] de este oscurantismo traído de la mano de un progresismo que se presenta como la vanguardia del devenir histórico y los derechos humanos.
Lo evidente del choque no puede ser mayor: ante una sociedad desvinculada de su identidad, acosada por la prédica de la culpabilidad y el auto-odio, acomplejada por su historia, sumergida en un libertinaje selectivo y en proceso de degeneración (“sin género”) por una educación fundamentada en el marxismo cultural [13], se contrapone una marea de pueblos con fuerte consciencia colectiva, fanatizados por la religión y portadores de un modelo político de cuño totalitario y con un marcado afán expansivo [14]. El contraste habla por sí sólo, y ante este panorama, Occidente, y todo lo que ello significa, no está en la mejor posición.
Frente a este escenario, algunos voceros del consenso socialdemócrata europea (izquierda y derecha) insisten en sorprenderse y horrorizarse ante el avance de las respuestas políticas que en cada nación surgen para contrarrestar el rumbo de cosas hacia el cual dirige Europa. Los crecientes auges electorales de Le Pen en Francia, los demócratas suecos en Suecia, el partido de la libertad en Austria, el UKIP en Inglaterra y demás partidos patriotas, conservadores en lo social y con una fuerte prédica anti-inmigración y soberanista, son vistos con total sorpresa e incredulidad por una línea de centro que se obstina en hacer la vista gorda ante las amenazas cada vez más indisimulables [15] de la inmigración masiva, el terrorismo y el totalitarismo islámico que a gran velocidad ganan terreno en el continente que fue una vez la cuna de la idea de libertad.
Por otra parte, al otro lado del mundo, la situación no es menos alentadora. En América, la amenaza del totalitarismo islámico es sustituida por una igual, sino incluso mayor, que es la del estado narco, si consideramos tanto la dimensión que han cobrado dichos estados en países como Colombia o México, o la elevadísima tasa de crímenes violentos [16] cometidos en las regiones controladas por estas organizaciones criminales (índices cercanos sino mayores a los de países en guerra). Aquí, el pensamiento “de avanzada” constituye una vez más, al igual que en Europa, el catalizador de todos estos procesos disolventes. En nombre de la ‘libertad’: el abolicionismo jurídico, el descontrol fronterizo, la favelización como modelo ideológico [17] y la desarticulación de las fuerzas armadas, confluyen, junto con otros ingredientes en un caldo favorable para el enraizamiento del narcotráfico en la sociedad. Y si a eso le sumamos una pobreza estructural, un modelo clientelar endémico y la ya ‘folclórica’ corrupción política, tenemos no sólo una estructura de negocios ilegales vinculada a la droga, sino a una organización para-estatal que suple la actividad y las atribuciones de los mismos estados en las áreas afectadas [18]. El ‘huevo de la serpiente’ incubado por este sistema garantista y de relajación gestado dentro del marco del marxismo cultural, nos promete un futuro de “guerra sucia” permanente contra un enemigo interno pero de alcance internacional y en práctica igualdad de recursos con los estados soberanos.

LEÉ TAMBIÉN:  VIDEO: La farsa feminista según Nicolás Márquez

Los liberales y libertarios frente al marxismo cultural

Este nuevo escenario que plantea el marxismo cultural, aún no del todo comprendido por los sectores que se erigen como defensores de las libertades (más allá de algunas vagas intuiciones en algunos casos), altera radicalmente los esquemas y las normas de juego conocidas en el siglo XX. Lo que se traduce en nuevas e insospechadas amenazas a la libertad, frente a las cuales, los modelos teóricos meramente económicos, tanto de izquierda como de derecha, quedan totalmente inoperantes.
Frente a estas amenazas tan reales y tan concretas, buena parte del liberalismo y el libertarianismo o anarco-liberalismo político han decidido simplemente replegarse hacia su zona de confort: la idea fija del reduccionismo economicista, e ignorar, sino incluso colaborar activamente con la agenda del marxismo cultural [19].
El liberalismo entendido en este sentido, se ha encerrado en una visión que si no se limita al mero economicismo, discurre entre sentencias principistas acerca de la honestidad en la función pública y la ética del buen ciudadano, o la dicotomía maniquea entre populismo y república (no advirtiendo que, como en Europa, la destrucción de la libertad es totalmente asimilable con los mecanismos institucionales y democráticos [20]). Asuntos todos ellos que se tornan poco importantes y vacíos frente a la amenaza concreta de la disolución y el totalitarismo musulmán o el imperio del narcotráfico, no menos peligroso que el mismísimo califato islámico.
Ante este panorama amenazador, los libertarios postulan consignas como ‘humans without borders’ [21] al mejor estilo John Lennon. Mientras, por otro lado, los liberales insisten en minimizar o ignorar el problema, postergándolo frente a asuntos de mayor trascendencia, como el rol del banco central, la eterna confrontación entre austríacos y monetaristas, el futuro del bitcoin como panacea universal, y demás tópicos que recuerdan a las apasionadísimas discusiones de los teólogos bizantinos acerca de la persona divina de Jesús, mientras los turcos asedian Constantinopla.
Por otra parte, muchos otros liberales y pseudoconservadores [22] suponen, por ejemplo, que la transformación demográfica radical en Occidente, en el caso particular de Europa con el avance del islam, no supondría en un futuro ningún cambio en las libertades y garantías de que gozan dichos países. La miopía de esta concepción que se empeña en considerar sólo a los individuos ignorando toda motivación colectiva (y pese a todas las evidencias en contra de esta visión [23]) se estrella no sólo con las crecientes muestras de intolerancia de la comunidad islámica en Europa, sino también con las propias y explícitas amenazas de parte de dirigentes y líderes de dichas comunidades, que prometen un inminente reinado de la ley islámica en Europa [24]; cosa que por otro lado, ya se observa en algunos países como mencionamos anteriormente, y que se incrementa a medida que la correlación de fuerza y la demografía amplía el marco de acción de las ideologías fundamentalistas dentro de las facilidades brindadas por la democracia liberal.[25] El silencio o la complicidad de muchos sectores frente a este estado de cosas da muestras del triunfo del marxismo cultural ya no sólo en su carácter destructivo en materia cultural, sino de constructor y artífice de una moral que establece a fuerza, muchas veces, de coerción [26], los límites entre lo que está permitido decir o pensar. Nada menos que la consagración de la dictadura del correctismo político, ante la cual buena parte de la sociedad, marcada por la pusilanimidad, está dispuesta a entregar su libertad con total de no ser tachada de “xenófoba”, “racista” o “políticamente incorrecta”.

LEÉ TAMBIÉN:  Ideología de género: la nueva máscara del totalitarismo de izquierda. Por Agustín Laje

Los desafíos de la libertad

Teniendo en cuenta la situación extraordinaria por la que atraviesa Occidente, cabría preguntarse si los liberales y libertarios están realmente dispuestos a asumir el desafío que significa defender la libertad en un contexto que excede las visiones ortodoxas acerca de la economía y las instituciones; o afrontar escenarios complejos con algo más que el mero terreno baldío del laissez faire, en la creencia cuasi-religiosa de que la libertad por si sola lo arregla todo. El estado de cosas de una estrategia de subversión cultural nos exige tomar una postura más propositiva, más afirmativa, aunque esto suponga un problema filosófico de base: ¿puede ser propositiva en lo cultural una línea ideológica y filosófica cuyo fundamento es la mera libertad?
De no ser así, quizás debamos reconocer que ante este escenario, son los conservadores, nutridos de un bagaje de valores enraizados en la tradición racional de Occidente, quienes están a mayor altura para hacer frente a las amenazas que se ciernen sobre la libertad y sobre nuestra civilización. La mera libertad, devenida en libertinaje, tanto que pareciera ser la reducción al absurdo de sí misma, no puede germinar otra cosa que su propia disolución, y especialmente si carece de un anclaje cultural y civilizatorio que la contenga. Y esa ancla es Occidente. El marxismo ha entendido que sólo operando a nivel cultural, simbólico y social, se pueden desarticular aquellos pilares que tornaron a los pueblos refractarios a la práctica viable del marxismo, tal y como se pretendió implantar durante todo el siglo XX. Ahora sólo falta que desde aquellos sectores que defendemos a la libertad como valor, empecemos a comprender la relevancia de estos factores que, por el momento, se nos pasan de largo. Y entender, como bien lo hacen estos nuevos conservadores, que la primera de las libertades, es la seguridad.

………………………………………

«El libro Negro de la Nueva Izquierda. Ideología de género o subversión cultural», el nuevo libro de Nicolás Márquez y Agustín Laje. Adquirilo  ya mismo sin costo de envío clickeando en la imagen:
tapa
Importante, tras efectuar la operación mandar tus datos postales al siguiente mail: [email protected]

http://debatime.com.ar/

Más en Ideología de género, Internacionales
Del exterminio a la utilización proselitista. Por Nicolás Márquez

De los grupos sociales que el neocomunismo ha cooptado como banderín revolucionario para su renovada causa, se...

Cerrar