La hora del tejido. Por Vicente Massot.

Aun cuando superó a su contrincante por apenas dos puntos porcentuales en las elecciones presidenciales del pasado año; sus candidatos no ganaron la mayoría de las gobernaciones entonces en juego; y lejos estuvo lejos de consolidar, con votos propios, en las dos cámaras del Congreso Nacional, un apoyo como el que en su momento consiguieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem y el matrimonio Kirchner, de todas maneras Mauricio Macri ha demostrado, en los primeros sesenta días de gestión, que nada de eso resulta esencial a la hora de asegurar la gobernabilidad. Es cierto, no pudo distanciarse demasiado de Daniel Scioli. Pero no hubo empate virtual, como imaginaron algunos, sino una victoria que no dejó lugar a dudas. Sólo María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta le responden en cuerpo y alma de entre los conductores de estados provinciales. Pero con esos laderos en Buenos Aires y la capital federal y el manejo de la Presidencia de la Nación, no hay nadie a quien el unitarismo fiscal no domestique o discipline. Sus bancadas, comparadas con la de otros presidentes, parecen exiguas; es cierto. Pero el arco opositor no desea hacer olas y todos sus componentes —en mayor o menor medida— requieren fondos. Con lo cual, desde una posición aparentemente desventajosa en los inicios de su mandato, Macri ha logrado dominar la escena sin demasiados inconvenientes.

Lo que ha quedado en evidencia es una ley física de la política criolla, producto de que entre nosotros el poder presidencial es mucho más importante —y por lo tanto, decisivo— que cualquier tinglado institucional en el cual pudiera pensarse. Aquí el que gana se lleva todo, en tanto y en cuanto sepa utilizar el poder con la firmeza y —llegado el caso— la discrecionalidad necesarias. Quien se hubiese detenido a analizar las trincheras que había cavado el kirchnerismo con el objeto de resistir los embates de un enemigo instalado en Balcarce 50, y hubiese dado crédito a la robustez que delataban —al menos en teoría— esas posiciones defensivas, se habría alarmado. Lucian sólidas y daban la impresión de que, si se lo proponían, los seguidores de Cristina Fernández serian capaces de capear el temporal que para ellos representaría una eventual victoria de Macri a expensas de Scioli. Sin embargo, fueron barridos en tiempo récord, y del ¡No pasarán! que enarbolaron como eslogan de combate cuando todavía manejaban el país sólo queda la frase sonora. Nada más.

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Quizá sea la convicción respecto de cuán movedizo es el piso donde está parado el kirchnerismo lo que explica por qué la administración presidida por Mauricio Macri no ha puesto al descubierto el estado calamitoso en el que encontró al país de los argentinos el 10 de diciembre pasado, cuando asumió el cargo para el cual había sido electo pocos días antes. Hay quienes lo instan a que aproveche la ocasión que dará la apertura de las sesiones extraordinarias para descorrer el velo y mostrar el rostro corrupto de sus antecesores. Consideran, con alguna razón, que sería una forma legítima de atemperar el costo del ajuste en marcha. De momento la idea está descartada. No sólo en razón de lo expuesto más arriba sino debido al consejo del ala política del gabinete. Su razonamiento es el siguiente: en tren de ser beligerantes, es preferible darle prioridad a la acción de gobierno; o si se prefiere, al futuro y no al pasado.

Esta línea de acción ha quedado trasparentada en la empresa —de momento exitosa por donde se la mire— que ha asumido como propia el dúo político por excelencia del PRO, conformado por Emilio Monzó y Rogelio Frigerio. Lo que ambos han privilegiado —con base en el más puro realismo— son los resultados obtenidos al momento de contar adhesiones en las provincias y votos en la Cámara de Diputados y en el Senado. ¿Por qué habrían de pelearse con algunos de los gobernadores más afines a la administración saliente si saben que estos —siempre ubicuos— ya han dejado atrás sus entronques con el kirchnerismo y están dispuestos ahora acortar posiciones con los representantes del nuevo poder, a condición —claro— de recibir alguna retribución en metálico? En este orden, el gobierno ha archivado toda estrategia de revancha —por llamarla de alguna manera— y está empeñado en construir las mayorías y apoyos que se requieren con los que estén dispuestos a negociar. Para poner dos nombres emblemáticos: Diego Bossio y Gerardo Zamora han pasado a ser aliados tácticos del gobierno.

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Los tiempos que se avecinan son de diálogo y de consensos forjados a través de un paciente tejido político en donde el actor no excluyente —pero sí fundamental— será el oficialismo. La ventaja que lleva el gobierno en este caso particular es la buena —por no decir excelente— predisposición de los reinos de taifas peronistas a fumar la pipa de la paz y mirar para adelante sin rencores ni reproches. De lo contrario, no tendría explicación razonable la quiebra definitiva de las bancadas del FPV. Son cada vez menos los que están dispuestos a aceptar la conducción de Héctor Recalde o de recibir instrucciones de Cristina Fernández. El ejemplo más ilustrativo al respecto es la postura del conductor del peronismo en la cámara alta. El mismo Miguel Angel Pichetto, según comentaba un íntimo suyo, lo explicaba así en rueda de amigos: “—A mí no me pueden decir traidor. Siempre he sido oficialista”. En esto —si efectivamente fue lo que expresó— no mentía.

Los 40 integrantes del bloque del Frente para la Victoria tendrán mañana la primera reunión del año. Entre los senadores justicialistas, el camporismo y los ultra K son una minoría insignificante. Ello significa que no habrá un astillamiento y posterior ruptura como la que se produjo en la cámara baja.

La mayoría del bloque está dispuesta a zanjar civilizadamente las diferencias con el gobierno. Por eso, ya anunció que votará a favor de los pliegos de los embajadores designados por Macri para ocupar las más importantes legaciones diplomáticas en el exterior y que dará quórum para que, a la par, se traten los pliegos de los candidatos a la Corte Suprema de Justicia.

La imagen positiva del presidente y de sus dos laderas —Gabriela Michetti y la gobernadora María Eugenia Vidal— llega hoy a topes de fantasía. La luna de miel de la sociedad con la nueva administración no tiene fisuras. Ese es el capital por excelencia que posee Macri; y es inapreciable.

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