Mar. Jul 14th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

La hora de Macri – Por Vicente Massot

Era un secreto a voces poco antes de que comenzara en Gualeguaychú, el pasado día sábado, la Convención Nacional de la UCR, que Ernesto Sanz aventajaba holgadamente a Julio Cobos y a Gerardo Morales en número de votos. Sólo Sergio Massa, por desconocimiento o por mala información proveniente de su aliado radical de Jujuy creía lo contrario. Es posible que quienes llevaban las de perder hayan alentado esperanzas de último momento en razón del escozor provocado por Macri —según ellos— en los históricos del partido. Pero fueron esperanzas tardías y en vano. El clima estaba preparado para que la posición de Sanz ganara por aclamación, casi; y si hubo que esperar al recuento de votos fue en virtud de una formalidad que no podía obviarse. La mayoría del radicalismo marchó a Entre Ríos convencido de la necesidad de alumbrar un acuerdo con el PRO y la Coalición Cívica, de Elisa Carrió. Eso, en definitiva, fue cuanto sucedió.

El camino que se debió recorrer para forjar la alianza no resultó fácil ni para los radicales acuerdistas ni para los macristas convencidos, desde hace más de un año, de las bondades de semejante estrategia. Hoy todo es algarabía en el seno del PRO y unos se felicitaban a otros por el logro. No obstante, cuando en su momento Emilio Monzó le planteó —en solitario— la idea a Mauricio Macri, le saltaron a la yugular —o poco menos— Jaime Durán Barba y Marcos Peña. Heraldos de la Nueva Política, uno y otro se opusieron siempre a que el PRO se acercara siquiera a los radicales y —ni que decir— a los peronistas.

La empresa de Monzó parecía entonces, por la asimetría de fuerzas en disputa, destinada al fracaso. Sin embargo, su triunfo no puede ser mayor: conocedor como pocos de la sociología política de nuestro país, apostó por Sanz y Reutemann haciendo de lado el discurso —no es otra cosa— de los que confunden la realidad con sus deseos. El capítulo está cerrado. Sólo falta la letra chica, que puede demorarse sin por ello poner en peligro el plan electoral y de gobierno puesto en marcha.

Los planetas —pues— parecen alinearse del lado de Macri. Piénsese por un momento en el significado de lo ocurrido en el litoral. ¿Quién hubiese supuesto posible una alianza semejante? Porque lo que es conveniente entender es el hecho de que no fueron los descendientes de los galeritas alvearistas los impulsores del acuerdo sino una combinación de casi todas las facciones partidarias. Convergieron —así— Oscar Aguad y Federico Storani, Enrique Nosiglia y Ernesto Sanz, Raúl Baglini y Carlos Becerra. El acontecimiento, entonces, es histórico más allá de sus eventuales resultados. De la misma manera que a nadie podía sorprenderle —por las bases ideológicas de la UCR— una unión del partido de Alem con el FREPASO de Graciela Fernández Meijide y de Chacho Álvarez, las bodas con el macrismo han sido del todo sorprendentes. Representan un punto de inflexión. Eso sí, de fututo incierto.

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Las pases hacia el PRO y los acuerdos tácticos no han terminado aquí. Apenas han comenzado. El peronismo antikirchnerista cavila en estos momentos sin saber qué ruta tomar. Daniel Scioli no da ninguna señal —como sí espera Eduardo Duhalde— de que vaya a romper con el oficialismo; mientras Sergio Massa sigue cosechando derrotas que, si bien no lo dejan fuera de competencia ni mucho menos, suscitan dudas respecto de su real fortaleza. En este orden, el de Tigre tiene una sola consigna: mantener prietas las filas y evitar que haya un desbande de intendentes tentados de seguir los pasos de Posse y de radicales que —luego de Gualeguaychú— sólo tienen ojos para Macri.

La decisión del citado plenario radical ha reacomodado el tablero electoral en no poca medida y sus primeros efectos visibles los conoceremos entre el 19 y el 26 de abril próximos. En el curso de esa semana tendrán lugar en Mendoza, Santa Fe y la Capital Federal elecciones PASO en las cuales —según todos las previsiones— el PRO se alzará con un triunfo contundente en la ciudad de Buenos Aires, repetirá en Cuyo ese resultado —sólo que aliado a la UCR— y no sería de extrañar que la nota mayor la constituya una victoria —a esta altura, probable— en el baluarte nacional del socialismo. Si acaso Miguel del Sel —con el concurso de Carlos Reutemann y de una pata disidente del radicalismo— obtuviese más sufragios que Miguel Lifschitz y Mario Barletta, el efecto mostrativo que tendría a lo largo y ancho del país resultaría inmenso.

Centrar el análisis, casi de manera excluyente, en el macrismo no significa que sólo mueven las blancas. Los otros dos candidatos también juegan pero, hasta aquí, no han demostrado ni la ductilidad ni el profesionalismo ni tampoco la rapidez de reflejos del PRO. Scioli porque no termina nunca de saber dónde está parado. Conoce mejor que nadie la inquina que le profesa el kirchnerismo puro y duro desde antiguo. Vive, además, con el Jesús en la boca respecto de una posible decisión de Cristina Fernández —tomada a último momento, antes del cierre de las listas y las alianzas electorales— para dejarlo fuera de la interna del Frente para la Victoria. Así no es nada fácil compaginar una campaña que bien podría quedar a cargo de la Casa Rosada en donde el gobernador bonaerense hiciese las veces —otra vez— de convidado de piedra.

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En cuanto a Massa, parece mentira la cantidad de tiempo y de lugares que ha perdido en el curso de un año. Lucía sólido y seguro doce meses atrás, al extremo de que —si no cometía errores groseros— tenía asegurado un lugar de privilegio en la segunda vuelta. En ese entonces era el candidato con mejor imagen y mayor intención de voto de los tres lanzados al ruedo. La realidad es hoy harto distinta. Estancado en las encuestas y sin un libreto alternativo, por primera vez ha comenzado a correr a sus competidores desde atrás. Su gran problema, a seis meses vista, son las PASO. No porque no deba sortear en el camino otras dificultades sino en virtud de lo que, inevitablemente, le sucederá a Macri o a Massa luego de conocerse los resultados de las internas de agosto. Si no hubiese empate técnico y uno de los dos —cualquiera que sea— se impusiese por más de 5 ó 6 puntos, al día siguiente el perdedor sufriría las consecuencias del voto útil. Dicho de distinta manera: el arco opositor al kirchnerismo medirá en las PASO cuál de los dos candidatos está en mejores condiciones de vencer al representante del gobierno —sea éste Scioli o Randazzo— y procederá en consecuencia. Medidos ambos hoy, Mauricio Macri cosecharía más votos que el de Tigre, lo cual podría sepultar sus aspiraciones si no vuelve a recuperar el impulso que tuvo a partir de su espectacular triunfo a expensas del tándem Scioli–Insaurralde en octubre de 2013.

Cuidado: falta todavía medio año para esas vitales PASO y no está escrito ni quiénes serán de la partida ni cómo votará la gente ni cómo podría decantar el voto de Massa en el supuesto de que se quedase fuera de la segunda vuelta. O el de Scioli o el de Macri, si fuera uno de ellos quien no resultase parte del ballotage.

Todo es conjetural y, por lo tanto, nada es definitivo. Pero en tren de comparar performances, el ingeniero luce seguro y es la figura del momento, con un plan claro que —sin prisa y sin pausa— ha desarrollado de manera exitosa. A su lado, el hombre de Tigre y el ex–motonauta están cual paralizados. No es un dato menor al respecto que el PRO haya sido capaz de recaudar, en menos de un mes, $ 125 MM. Para una comida que se llevó a cabo hace pocas horas, en la Sociedad Rural, algunos de los principales empresarios argentinos pagaron $ 500.000 por cada una de las 250 mesas tendidas para recibirlos. El capital también parece haber optado.

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