La historia dice: “Fernández mata Fernández”. Por Ariel Corbat

Otro bolche, que agravia a nuestros soldados manifestando su
admiración por el comandante enemigo que dirigió hordas de
terroristas contra la República Argentina.
Suele enseñar el pasado que ciertas cosas ocurren de determinada manera. Desde luego, por su propio sentido evolutivo, las enseñanzas de la historia no son infalibles para interpretar el presente y proyectar el futuro, pero sí son indispensables para intentarlo.
En el escenario político argentino comienzan a definirse las fórmulas presidenciales que competirán en los comicios de este año. Y el anuncio del binomio Alberto Fernández / Cristina Fernández como mascarón de proa de la restauración del régimen kirchnerista, habilita varias consideraciones.
Este “enroque de dama” que, aquí y ahora, los acólitos de una “Cristina eterna” buscan presentar como un gesto magnánimo de humildad, pero fuera de ellos es considerado un mero artilugio electoral o, incluso, una maniobra para garantizar la impunidad de la década infame, plantea también la posibilidad de una novedad histórica.
Hasta ahora, nunca un Presidente fue luego Vicepresidente. Por supuesto sí se ha dado el caso inverso, no sólo por la lógica del orden en la sucesión constitucional, sino por la lógica de la carrera al poder que culmina en la Presidencia.
Así, por la vía de contingencias sucesorias fueron presidentes Carlos Pellegrini (por renuncia de Juárez Célman), José Evaristo Uriburu (por renuncia de Luis Sáenz Peña), José Figueroa Alcorta (por muerte de Manuel Quintana),  Victorino de la Plaza (por muerte de Roque Sáenz Peña), Ramón Castillo (por renuncia de Roberto Ortíz) e Isabel Martínez (por muerte de Juan Perón). Mientras que por la vía del ascenso político solamente Juan Perón y Eduardo Duhalde, uno a través de comicios y el otro como respuesta institucional a un estado de crisis, llegaron a desempeñar la Presidencia por razones ajenas a un ejercicio anterior de la Vicepresidencia.
La dinámica política de una sociedad con marcada tendencia al caudillismo fortaleciendo el presidencialismo, contribuye a explicar que ningún presidente haya vuelto a estar en la línea de sucesión presidencial como Vicepresidente, aunque sí han ocupado otros cargos, tal como hoy se puede apreciar en el otrora Honorable Senado de la Nación Argentina devenido deshonroso aguantadero de ex presidentes con procesos judiciales y sentencias penales a cuesta.
Luego, también nos dice la historia que ningún Presidente pudo dominar a quien eligió como delfín para sucederlo. Una explicación a ese fenómeno es el sonido que hacen la botas de los granaderos cuando chocan tacos. Ocurre que, sin importar quién lo puso ahí, todo Presidente que llega a la Casa Rosada percibe de inmediato que es por él, y sólo por él, que suenan los tacos de los granaderos. El sentido del mando está tan marcado en la investidura presidencial que prácticamente es un blindaje que libera al presidente en ejercicio de la sombra de cualquier antecesor. Si repasamos los presidentes que no han podido sostener su influencia sobre el delfín por ellos elegido, vemos que no pudo Roca subordinar a Juárez Celman, ni Yrigoyen a Alvear, ni Duhalde a Kirchner, y ni siquiera pudo hacerlo completamente Kirchner con Fernández; pese a que cuando la presidente en ejercicio iba a su cama se encontraba con el ex presidente, algo que -podemos suponer- no había ocurrido antes en la historia de los presidentes argentinos…
Más aún, en otras circunstancias tampoco pudo Perón condicionar a Frondizi, llegado a la Presidencia con el voto peronista, e incluso un personaje funesto y pusilánime como Cámpora, sin ningún elemento para creerse de verdad “el Presidente”, tuvo amagues de serlo e hizo en los dos meses de su paso por la Presidencia un festival de lo desagradable a juicio de su titiritero.
No menos significativo, a ojos de la historia, resulta saber muy comunes las malas relaciones entre Presidente y Vice. Y el último de esos episodios, curiosa y para nada casualmente, ocurrió durante la Presidencia de Cristina Fernández renegando públicamente de su Vicepresidente Julio Cobos por aquel, histórico, “Mi voto no es positivo”. (Para ahondar sobre las relaciones entre presidente y vicepresidente a lo largo de la historia argentna, léase: BREVE ANECDOTARIO DE PRESIDENTES Y VICES)
Y finalmente, registra la historia una particularidad de los presidentes peronistas: Todo presidente peronista se diferencia pronto de su antecesor peronista. Ello es así empezando por el propio Juan Domingo Perón, quien fue derrocado como un tirano autocrático por la Revolución Libertadora en 1955 (la única verdadera revolución ocurrida en Argentina durante el Siglo XX) y volvió a la Presidencia en 1973 como un “león herbívoro”, acaso (hermosa palabra la palabra “acaso”) un presidente sabio, desde el abrazo con Balbín y modificando las “verdades peronistas”. A la muerte de Perón, Isábel Martínez fue, a pesar de sus intenciones, algo distinto a lo que pretendía su marido. Luego Carlos Ménem, al suceder a Alfonsín, le dio al peronismo una nueva impronta, con la que comenzó la serie de peronismos que conservaban el “ismo” pero cambiando de apellido. El menemismo, fue así un peronismo del que se diferenció el duhaldismo, y del que a su vez se diferenció el kirchnerismo. Sin importar en ello que los nombres en el elenco se repitieran mostrando, como dijo irónicamente algún observador, la abundancia de quienes no son traidores sino hombres de lealtades sucesivas, fieles al pragmático precepto por el cual el peronista de verdad, auténtico, siempre está presto a correr rápidamente en auxilio del vencedor…
Y aún así, soy de los que creen que el país necesita de un peronismo en la línea del último Perón, aquel que quería la institucionalización del movimiento peronista para servir a la República.
Debo aclarar en este punto que, a mi criterio, los kirchneristas son comunistas infiltrados en el peronismo. Pero igual vale la lógica del peronismo para proyectar lo que puede resultar de la fórmula Fernández / Fernández en el caso de obtener la Presidencia.
Los dos Fernández en cuestión, Alberto y Cristina, comparten además del apellido un grado de hipocresía que no es exagerado calificar de patológico. Y ahí están los archivos con sus declaraciones para fundamentar esa afirmación. No hay nada sincero en el armado kirchnerista, ni Alberto es el moderado que finge ser, ni Cristina ha recapacitado sobre su soberbia. Vale pues la fábula del escorpión y la rana. Eso, no puede salir bien en términos de lo mejor para la República Argentina.
Lo que nos está diciendo la historia es que “Fernández mata Fernández“. En alguna cualquiera de sus variantes y en cualquiera de sus sentidos.
La historia no se escribe en vano.
plumaderecha.blogspot.com
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