La foto de Parque Norte – Por Vicente Massot

¿Alguien podría pensar, sinceramente, que si Carlos Menem hubiera ganado las elecciones de 2003, el kirchnerismo habría existido? ¿Alguien hubiese apostado cinco centavos, una vez que el riojano se bajó antes de dar pelea en la segunda vuelta, en 2003, que los diputados, senadores, gobernadores e intendentes que le habían sido fieles durante una década, harían honor a esa lealtad y no se fugarían al kirchnerismo naciente? ¿Alguien en su sano juicio es capaz de suponer que el 12 de diciembre del año próximo —cuando Cristina Fernández se encuentre en el llano, el relato K sea una pieza de museo más y los funcionarios emblemáticos de la actual administración se choquen entre ellos buscando abogados que los defiendan en los juicios que lloverán en su contra— el empresario Cristóbal López se acordará de quienes lo convirtieron en multimillonario y estará dispuesto a cerrar filas, pase lo que pase, detrás de sus antiguos patrones?

Pues bien, una pregunta similar cabría hacerla respecto de esas decenas de funcionarios

peronistas que, urgidos por Cristina Fernández y todavía atemorizados por la capacidad de daño del unitarismo fiscal, cantaron el presente en Parque Norte el fin de la semana pasada. Si deseaban conservar sus prerrogativas, sobresueldos y canonjías de todo tipo que reciben mensualmente, no podían faltar a la cita. Si acaso se hubiesen mostrado esquivos, habrían sufrido el castigo que, de ordinario, el kirchnerismo aplica a los traidores.

Lo más realista, entonces, era poner la cara y hacerse ver eufóricos, alzando los dedos en

V, cantando la marchita y vivando al “compañero Néstor y la compañera Cristina”. Total, no costaba nada. Escrúpulos morales no tuvieron nunca y en eso de aprovechar las oportunidades —en las buenas y también en las malas— para renovar su protagonismo en la política criolla, son mandados a hacer. En el fondo, todos sabíamos que la tribuna estaría llena y que el PJ, siempre fiel a sí mismo, mostraría una foto en donde estuviesen presentes los históricos y los advenedizos, los camporistas siglo XXI y los sindicalistas afines a la Rosada, los paracaidistas de la izquierda y los caraduras de la derecha, en dulce montón.

Pero las fotos valen en la medida que sean parte de una película. Representan un momento,

nada más. Cuando se apagaron las luces del lugar donde se llevó a cabo el cónclave, desapareció el cotillón, cesó el tachín, tachín de los bombos y a los discursos se los llevó el viento, ¿qué quedo de la representación de Parque Norte?

Que que una fiesta, concedido. Que el kirchnerismo dejó al descubierto —para que nos

enterásemos los pesimistas— que tan unido está, también puede concedérsele. Que los presentes aceptaron las reglas de juego y de ahora en más no cederán a ninguna tentación de marcharse en pos del massismo, y mantendrán incólume la lealtad a Cristina hasta las elecciones de octubre de 2015, está por verse. No porque seamos mal pensados sino en razón de las leyes no escritas que arrastra el justicialismo desde que fuera creado, un lejano 17 de octubre de 1945, por un hombre asomado a un balcón histórico.

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¿Por qué habrían de cambiar de monta en la mitad del río? A Sergio Massa de mucho no le

sirven fugas de esa naturaleza y los peronistas que estuvieran dispuestos a tomar la garrocha, ¿qué ganarían? La cuestión debe plantearse menos en términos de lealtad o de traición que de conveniencia o inconveniencia. Aquí el dato fundamental es el timing. Un minuto antes puede significar la muerte; un minuto después, el ostracismo. Saltar ahora para un gobernador supondría quedarse en medio de la pista sin combustible. Como ninguno de todos los mandatarios provinciales tiene vocación suicida, se quedarán donde están hasta, por lo menos, principios del año entrante. Otro tanto pasará con la mayoría de los intendentes K y los senadores. En la cámara baja, en cambio, la diáspora podría comenzar antes.

No significa lo expuesto que —para dar un ejemplo— Gioja, Insfrán, Curto y María Laura

Leguizamón sí o sí juntarán sus petates y pedirán asilo en Tigre. Significa que, inevitablemente, en algún momento del año próximo recusarán la disciplina que hoy los ata al Frente para la Victoria para irse con cualquiera: Daniel Scioli, Florencio Randazzo o, inclusive, Sergio Massa. El fin del ciclo importa la necesidad de poner buena distancia del llano. El infierno del peronismo no es toparse con Lucifer o tener que desfilar por los tribunales. Es perder el poder y sufrir las inclemencias de pasar de la alfombra roja a la incómoda quintita de las fracciones opositoras.

El kirchnerismo ha sido extremadamente eficiente a la hora de mantener, entre los suyos,

prietas las filas. Soportó, sin grandes desprendimientos, dos derrotas colosales: la de 2009, a manos de Macri-De Narváez, y la del pasado mes de octubre, a manos de Massa. Es probable que, haciendo uso del palo y la zanahoria, consiga llegar a principios de 2015 con la foto que acaba de sacarse en Parque Norte intacta. Pero luego deberá asumir la realidad.

Distinto sería si el oficialismo hubiese podido presentar un candidato con las condiciones

indispensables pata terciar en la disputa presidencial. Lo cierto es que Cristina Fernández no supo, no pudo o no quiso darle alas a un delfín que —bien miradas las cosas— habría sido su principal salvoconducto a partir del momento que dejase Balcarce 50 y volviese a la calle Talcahuano, a El Calafate o donde fuera

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Pocos de los personajes visibles en Parque Norte están dispuestos a inmolarse por

La Señora o a defender lo indefendible. Desean un lugar bajo el nuevo sol y harán lo imposible para cobijarse bajo sus rayos. En cuanto puedan pegar el salto sin que el kirchnerismo los fulmine, lo harán sin miramientos. Ese momento está cerca. Tanto que carecería de sentido arriesgarse a dar un paso en falso ahora. Se puede apostar doble contra sencillo que, pasado el verano y antes de las PASO, cuanto hoy parece sólido en el universo K se habrá convertido en un tembladeral.

Sería ingenuo imaginar que Cristina Fernández y Carlos Zannini desconozcan cuanto les

espera. Por eso su estrategia no descansa tan sólo en una imaginaria bancada en el Congreso Nacional, dispuesta a defender, con uñas y dientes, la década ganada. Apuesta, como es lógico, a posicionarse en la justicia y no ceder, después de 2015, las posiciones que buscarán consolidar en los últimos dieciocho meses de gestión. Era un secreto a voces la intención de ocupar con dos incondicionales —Alejandra Gils Carbó y el secretario legal y técnico de la Presidencia— las vacantes que seguramente se producirían en la Corte Suprema de Justicia.

El gobierno sabía, como cualquier argentino medianamente bien informado, que Carmen

Argibay estaba muy enferma desde hacia rato; que Enrique Petracchi se halla aquejado por un cáncer grave; que Carlos Fayt tiene 96 años cumplidos y, finalmente, que Eugenio Zaffaroni ha anunciado su retiro. La muerte de la nombrada en primer término —un modelo de jurista, dicho sea en su honor— no cambiará de momento las cosas. Pero si Zaffaroni cumpliese su palabra y por razones de salud los doctores Fayt y Petracchi debieran abandonar sus funciones, el kirchnerismo estaría en condiciones de dar una de sus últimas batallas de carácter estratégico antes del ocaso.

Que ése es su plan lo dejó entrever pocos días antes de la defunción de la doctora Argibay,

cuando adelantó una lista de conjueces —en su mayoría adictos— para el Supremo Tribunal. El kirchnerismo aspira a nombrarlos con base en las mayorías simples que todavía conserva en el Congreso, algo que ha puesto en pie de guerra a un arco opositor convencido —con razón— de que la movida no sólo resulta inconstitucional sino que trasparenta la voluntad hegemónica del oficialismo.

Se avecinan momentos dificilísimos en términos económicos. De no menor importancia

serán las disputas judiciales. En la retirada a que está obligado, el kirchnerismo intentará minar todos los campos, quemar las haciendas y envenenar las aguadas. Pensar que habrá una transición pacífica sería una ingenuidad digna de Heidi.

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