La fantasía socialista. Por Mayo Von Holtz

Una de las características de los progresistas* es creer que las leyes, como si fueran una fábrica, crean la realidad; creer que las letras escritas por los burócratas de turno pueden pervertir para bien el curso de la historia; creer que un relato bien hecho puede reemplazar a una realidad que los fastidia. Un relato puede servir para que un hombre actúe de una determinada manera, pero per se no crea realidad de igual modo que no la crea la música. Se puede con una ley engañar a un hombre para que se equivoque o para obligarlo a hacer lo que no quiere hacer, pero nunca de adentro de un Congreso va a salir nada que cree una riqueza que previamente lo hombres no supieron crear. A la realidad le importa un pepino lo que los legisladores digan en sus floridos dircursos, por mas gritos que den y por mas aplausos que cosechen.

Sólo el trabajo productivo vendido en el mercado crea riqueza; las leyes emanadas del Congreso sólo tienen la potestad de entorpecer y hasta de destruir esa creación de riqueza. Una ley podrá decir lo que quiera: «Los elefantes a partir de hoy volarán usando sus orejas como alas; o los ciudadanos pobres dejarán de serlo porque con esta ley así lo dictamino», pero la realidad sigue su curso como si tal ley nunca hubiera sido promulgada.

Lo que sí puede hacer la ley es quitarle la riqueza a sus dueños, puede robar, destruir, pero no crear. La ley puede volver pobre a la clase media dictaminado la expoliación fiscal, cosa que por otra parte hartamente confirma la evidencia histórica, pero no puede por su mera enunciación intencional, hacer que el pobre deje de serlo. Se puede usar la ley para sacarle a unos y regalarle a otros, pero el robo y la limosna de creación fructífera no tienen nada. La persona que no sepa o no quiera crear riqueza, ninguna ley escrita hará que la cree. La ley sólo puede evitar que se avasalle la riqueza del propietario (las leyes que condenan el robo ese noble fin persiguen), pero es imponente para producir tal riqueza.

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Para los comunistas es inconcebible la lógica del mercado, donde millones de decisiones individuales que buscan cada una su propia y momentánea eficiencia, sea lo que impulse el progreso y el ritmo de la historia; a ellos les gusta creer que la historia la crean los discursos demagógicos, los legisladores iluminados y los historiadores revisionistas**, los hechos para ellos son creados por las palabras y no por las acciones que los preceden.

Todos los relatos ficciosos (fuimos durante 12 años testigos de lo que diré), háganlos Lenin, Stalin, Castro, Guevara, Pol Pot, Mao o los Kirchner, duran el tiempo que duran las armas o las reservas acumuladas en rutinas ajenas a esa ficción; luego de acabado el poder de las armas y el dinero ajeno, el relato ficcioso cae por su propio peso, mostrando al develarse la cruda realidad que sólo pudo tapar por un tiempo, pero que nadie puede tapar por siempre.

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*Uso alternativamente las palabras progresista, socialista y comunista como sinónimos, siendo que esencialmente lo son. En el comunismo se impone la ruina de facto a la sociedad; en el socialismo democrático se vota por la imposición de esa ruina: «es la diferencia que hay entre homicidio y suicidio».

** En un poema llamado «Rosas», Borges define al revisionismo histórico de la siguiente manera: «Hacia 1922 nadie presentía el revisionismo. Este pasatiempo consiste en ‘revisar’ la historia argentina, no para indagar la verdad sino para arribar a una conclusión de antemano resuelta: la justificación de Rosas o de cualquier otro déspota disponible. Sigo siendo, como se ve, un salvaje unitario».

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