La economía y las elecciones. Por Vicente Massot

Hay diferentes temas que, en mayor o menor medida, según cómo evolucionen en los meses por venir, podrán o no tener incidencia en los comicios legislativos programados para octubre. Declaraciones polémicas, como las del director general de Aduanas, Juan José Gómez Centurión, pasaran rápidamente al desván de los trastos viejos y nadie se acordara de que alguna vez ocuparon las primeras planas de los diarios. La repercusión de los arrepentidos brasileños relacionados con el Lava Jato, y ahora con Eike Batista, en el mejor de los casos agregará más nombres a la interminable lista de kirchneristas sospechados y sospechosos que ya existe. Pero una mancha más nada cambiará de la esencia del tigre. La corrupción no cuenta demasiado a la hora de votar y —si acaso importara a la sociedad en general— a los incondicionales de Cristina Fernández cuanto publiquen los diarios y determine la Justicia los tiene sin cuidado alguno.

Es posible que, si el oficialismo cosechara una sonora derrota en el Congreso, cuando se ponga a debate la validez de los decretos de necesidad y urgencia —tarea a la que se abocarán diputados y senadores en pocos días más—, el traspié a nadie le pasaría desapercibido. Claro que, transcurridas dos o tres semanas, sería historia. Lo mismo ocurriría con la acusación enderezada en contra de Gustavo Arribas, la visita oficial de Mauricio Macri a Brasil y a España, la disputa de Swiss Medical y Osde, el inicio o no del ciclo lectivo en varias provincias o cualquiera de las cuestiones que, aún con el suficiente peso específico como para ser consideradas importantes, no mueven el amperímetro electoral. ¿Quién se acuerda de Alfonso Prat–Gay y de Carlos Melconian?

En realidad, hay un sola materia decisiva y no es casualidad que, respecto a la misma, hayan comenzado a rodar toda una serie de diagnósticos, pronósticos, análisis y proyecciones vertidos por los economistas de más renombre de la City. ¿Habrá o no crecimiento de la economía? That is the question. Y si lo hubiese —en lo que pareciera haber coincidencia—, ¿a cuánto llegaría? Puesto de otra manera, que quizá resulte más gráfica: ¿se acabó la recesión o habrá que esperar más tiempo a los efectos de determinarlo con certeza? Porque lo cierto es que la incertidumbre que genera la evolución de la economía tiene una envergadura que viene dada por el calendario electoral. En el año que concluyó, las estimaciones que se hicieron en torno del PBI y de la inflación tenían una relevancia ajena por completo a las urnas. Sencillamente en razón de que no había elecciones en el horizonte. Pero 2017 es, inversamente, un año en el cual el resultado de los comicios determinará la suerte de los últimos veinticuatro meses de la gestión presidencial macrista.

Si se tiene presente que en nuestro país el consumo representa más de 65 % del PBI, la conclusión lógica es que el principal factor capaz de mover hacia arriba la economía, en los nueve meses que faltan para que se abran las urnas, es el poder adquisitivo de la gente. Tan sólo una recuperación del salario real, que lo fuese a expensas de la inflación, generaría el efecto que —no sin cierta preocupación— busca el gobierno. El dato clave estará dado, pues, por las paritarias. La CGT ha mantenido la calma. La prudencia que demostró en el curso de 2016 contrasta con la beligerancia de otras épocas. Es cierto que nadie con algún poder desea prenderle fuego al país; pero también lo es que la pulseada, que se renueva todos los años a comienzos de febrero, en este caso se vincula con los comicios legislativos que se hallan a la vuelta de la esquina.

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No se necesita ser un analista de fuste para darse cuenta de que existe un abismo entre el acuerdo alcanzado por el gobierno bonaerense, a cargo de María Eugenia Vidal, con determinados gremios estatales, y el reclamo de los docentes conducidos por Roberto Baradel. En La Plata lo pactado fue un valor fijo de 18 % con una cláusula de indexación si el índice inflacionario sobrepasara un valor promedio trimestral de 4,5 %. Los maestros, en cambio, hablan de 35 %. Por supuesto que una cosa es hacer declaraciones altisonantes o dejar que trascienda una cifra cualquiera y otra sentarse a negociar en serio. De cómo cierren las paritarias y evolucione el costo de vida dependerá el margen de maniobra —o si se prefiere, el espacio político— que tendrá el oficialismo para manejarse y desarrollar en los próximos meses su estrategia de campaña.

El escenario en el cual le toca desenvolverse de momento al macrismo está lejos del ser el deseado por sus principales figuras. Ello no es sólo producto de los resultados económicos —satisfactorios en cuanto a la baja inflacionaria aunque, al mismo tiempo, preocupantes en punto a una recesión que no termina de desaparecer del mapa— sino de la falta de candidatos en los principales distritos del país. Para saber de qué estamos hablando, comencemos por ponderar qué se discute: Cambiemos debe renovar en la cámara baja 24 de las 39 bancas de la UCR y 14 de las 41 del PRO. En la cámara alta el partido de Alem pondrá en juego 3 de sus 9 bancas. A su vez, el más que heterogéneo bloque que comanda Miguel Pichetto arriesgará 14 bancas de las 24 que se renuevan en el Senado. Si resignase 5 de esas 14 perdería la mayoría absoluta.

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Ahora bien, aún cuando el gobierno lograse quitarle al PJ cinco asientos, y creciesen en número los interbloques de Cambiemos en ambas cámaras, es una verdad sabida —que nada ni nadie podrá modificar, cuando menos hasta el fin del mandato de Macri— que el oficialismo seguirá lejos del quórum en el Senado y deberá anudar alianzas tanto en esa cámara como en la de diputados. El motivo es simple: cualquiera que sea su performance en las urnas, seguirá siendo minoría. Lo cual nos lleva a la madre de todas las batallas, que tendrá lugar —como siempre— en la provincia de Buenos Aires.

Lo que contará al día siguiente de los comicios, la lectura casi excluyente que se hará de los mismos, tendrá relación directa con lo que suceda en el principal distrito electoral del país. Quitarle cinco bancas a Pichetto no compensaría ni por asomo salir segundo o tercero en el territorio que gobierna María Eugenia Vidal. Ganar una cuantas bancas más entre los diputados, tampoco. Puede parecer un juicio reduccionista y exagerado. Sin embargo, no lo es.

Las encuestas que se han difundido hasta hoy muestran un escenario inquietante para el gobierno. Según Management & Fit, Massa y Stolbizer aventajan a Cristina Fernández y a Scioli por entre 6 y 7 puntos, y a Elisa Carrió y a Jorge Macri por 19 puntos. Es dable argumentar que faltan nueve meses para que se substancien los comicios, cosa que es cierta. No obstante, también debe tenerse presente que a las mencionadas dificultades de índole económica hay que agregarle la falta de una figura de peso en las filas de Cambiemos. Aun si Lilita encabezase la boleta, la intención de voto de la Casandra argentina deja hasta hoy bastante que desear. Así como aparece imbatible en la Capital Federal, su musculatura luce débil en el ámbito bonaerense. Sobre todo en las dos secciones fundamentales, la 1ª y la 3ª, Jorge Macri —más allá del peso de su apellido— es un candidato flojísimo. El panorama cambiaría si la actividad económica pegase un salto significativo y entonces bastase con la presencia de María Eugenia Vidal y de Mauricio Macri, que se pondrán la campaña al hombro.

En resumidas cuentas, con recesión y sin candidatos sobresalientes, el oficialismo podría perder en octubre la provincia de Buenos Aires. Ello significaría algo así como recibir un torpedo en la línea de flotación. Con la economía creciendo y el arco opositor dividido entre el PJ y el Frente Renovador, otra sería la historia.

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