La “Amoris Laetitia” como “evento lingüístico” y las guerras del Papa Francisco. Por Ernesto Alonso

En esta nota espigo algunas ideas de dos artículos del sobresaliente profesor italiano Roberto de Mattei publicados en su portal Corrispondenza Romana (www.corrispondenzaromana.it). El primero de ellos se titula “Exsurge, quare obdormis Domine?” (Levántate, Señor, ¿por qué duermes?) del pasado 18 de mayo que, entre otros temas, se refiere a la polémica desatada en torno a la Amoris Laetitia. Es claro que al parafrasear los párrafos del autor manifiesto mi adhesión a lo que allí se expresa.

“Evento lingüístico” es la expresión que ha empleado el cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena, para definir la Amoris Laetitia, exhortación apostólica postsinodal “sobre el amor en la familia” del Santo Padre Francisco, publicada el pasado 19 de marzo. Y ha sido el mismo Papa Francisco quien no sólo recomendó leer la presentación que de dicho documento hiciera el purpurado el 8 de mayo del corriente sino que le atribuyó la interpretación auténtica.

No es nueva la fórmula utilizada por Monseñor Schönbron puesto que la ha empleado también un hermano de religión del Papa, el jesuita John O´Malley, de la Universidad de Georgetown (Washington), pero para referirla a un hecho más lejano. En efecto, y relatando la historia del Concilio Vaticano II, lo ha definido como “un evento lingüístico” (John O’Malley, Che cosa è successo nel Vaticano II, traducción italiana, Vita e Pensiero, Milano 2010, p. 313). Consistió dicho“evento” en un nuevo modo de expresarse que, según el historiador jesuita, “significó una rotura definitiva con los Concilios precedentes”.

Decir “evento lingüístico” no implica minimizar el alcance revolucionario del Vaticano II sino más bien comprender que el lenguaje es en sí mismo un mensaje. Bien se sabe que la elección de un estilo de lenguaje con el cual comunicar expresa un modo de pensar y un modo de ser y de allí que el estilo pastoral del Vaticano II no sólo expresase el carácter propio de ese Concilio sino que puso en marcha “un modo de pensar y un modo de ser”. “El estilo –recuerda el P. O´Malley– es la expresión última del significado y por esa razón es significado, no sólo ornamento, y herramienta hermenéutica por excelencia”. Todo eso para argumentar que el carácter “pastoral” del Vaticano II fue sin duda un “medio” deliberadamente escogido para comunicar el mensaje (la doctrina) pero que con el tiempo ese “medio” devendría principio, mensaje o doctrina irrenunciable.

Leyendo estas consideraciones del jesuita O´Malley no pude dejar de recordar una de las preclaras enseñanzas del canadiense Marshall McLuhan, gran estudioso de la comunicación, de los medios y del lenguaje, cuando afirmó que no el contenido sino que “el medio es el mensaje”. Puede ponerse en marcha una revolución no sólo en lo que se dice sino también en cómo se dice lo que se dice. Lo que estamos comentando no nos consuela porque confirme la tesis de McLuhan; nos entristece porque confirma que una revolución lingüística y de contenidos se ha puesto en marcha en la Iglesia desde hace décadas.

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El propósito de elevar a principio la pastoral dando la impresión de que no se toca la doctrina está presente en la explicación que diera el Cardenal Walter Kasper al comentar la exhortación post-sinodal Amoris Laetitia. “La exhortación apostólica del Papa no cambia nada en la doctrina de la Iglesia o en el derecho canónico pero cambia todo” (Vatican Insider, 14 Aprile 2016). En buen romance, no cambiará la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio pero sí es probable que auspicie cambios en la pastoral respecto de los divorciados y vueltos a casar. Y es posible también que los cambios en la praxis de la Iglesia, por omisión, debilidad o convicción, comportarán una difuminación de la doctrina, aunque se proteste que no sea esa la intención.

Concluye de Mattei que “la brújula del Pontificado del Papa Francisco y la clave de lectura de su última exhortación apostólica post-sinodal está en el principio de un cambio necesario, no en la doctrina, pero sí en la vida de la Iglesia. Sin embargo, para sostener la irrelevancia de la doctrina, el Papa ha escrito un documento de más de 250 páginas en el cual se expone una teoría del primado de la pastoral”.

La “guerra de religión”

y el asesinato del Padre Jacques Hamel

“La verdadera palabra es «guerra» (…) Cuando yo hablo de guerra, hablo de guerra en serio, no de una guerra de religión, no (…) Alguno puede pensar: «está hablando de guerra de religión». No. Todas las religiones queremos la paz. La guerra la quieren los otros. ¿Comprendido?”

Estas son algunas de las palabras que dijo el Papa Francisco a los periodistas mientras viajaba en el avión que lo transportaba hasta Cracovia, Polonia, para participar de la Jornada Mundial de la Juventud. La ocasión fue, precisamente, el asesinato del P. Jacques Hamel en su iglesia parroquial de Saint-Etienne-du-Rouvray (Normandía), acuchillado por dos terroristas islámicos mientras celebraba la Santa Misa. El asesinato se produjo el martes 26 de julio y las palabras del Papa un día después.

El Papa dijo haberse sentido “particularmente turbado por este hecho de violencia que ha tenido lugar en una Iglesia durante la liturgia de la Misa y ha implorado la paz de Dios sobre el mundo”.Turbado, sí ciertamente, pero da la impresión de que no ha querido definir las cosas por su nombre. No ha querido llamar por su nombre a los terroristas ‒¿acaso por temor a que el Islam asuma posiciones más enconadas ahora que ha consumado su primer sacrificio en tierra europea?‒; no ha querido llamar ´martirio´ al asesinato del Padre Hamel, cuando sí ha hablado de mártires con ocasion de las incontables matanzas de católicos en Medio Oriente a manos de musulmanes también. No ha querido, por último, referir los categóricos términos “guerra de religión”.

No son omisiones inocuas que ahorrarán vidas o que mantendrán la ilusión del ecumenismo con el Islam. El Islam, y lo ha de saber bien el Papa Francisco, es un enemigo histórico del Cristianismo y de la Iglesia y la ha perseguido cuanto ha podido. Y hoy lo está haciendo sino con más saña sí con mayor ventaja pues cuenta a su favor con la indefensión voluntaria del Catolicismo. Los asesinos han sacrificado al Padre Hamel no por cuestiones políticas, estratégicas o por el “dominio de un pueblo sobre otro”. A ellos los anima una inspiración religiosa, tan tenaz cuanto perversa, que no acaba de cristalizar en guerra abierta porque la contra-parte no replicará los ataques.

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Pero el Islam está en guerra contra el Catolicismo y en “guerra religiosa” desde hace siglos. Es necedad o defección no ver claramente esa realidad. Las omisiones del Papa Francisco se conjugan, lamentablemente, con las presuntas y oscuras intenciones de las autoridades religiosas del Islam que no han denunciado ‒ni parece que lo harán‒ con voz clara, firme y unánime las atrocidades cometidas en nombre de Alá por parte de sus correligionarios.

Ninguna voz del Islam se ha alzado para declarar con firmeza que los degüellos de cristianos nada tienen que ver con la pacífica religión del profeta Mahoma y del grande Alá. “Si el Papa Francisco anunciase el inicio del proceso de canonización del padre Hamel daría al mundo una señal inequívoca, vigorosa y elocuente, de la voluntad de la Iglesia de defender su propia identidad”, ha dicho con lucidez y valentía Roberto di Mattei en su artículo “I primi martiri dell´Islam in Europa” (Il Tempo, 27/07/2016, reproducido en “Corrispondenza Romana” del mismo día).

Mientras tanto sigo confirmando que la revolución del lenguaje no consiste solo, ni principalmente en ocasiones, en la transmutación de los significados sino en la omisión de palabras que evocan significados que debieran estar pero que no conviene que estén presentes.

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