¿Irá presa? Por Vicente Massot.

Se atribuye a María Estela Martínez de Perón haber dicho, cuando fue notificada por el general Rogelio Villareal, el 24 de marzo de 1976, de que las Fuerzas Armadas habían tomado el poder y que, a partir de ese momento, ella estaba detenida, una frase reveladora de hasta dónde se hallaba fuera de la realidad: “Si ustedes me tocan, correrán ríos de sangre”. Cuarenta años más tarde, a Cristina Fernández le achacan haber pronunciado otra frase, menos dramática que la de Isabelita, pero igualmente desatinada: “Quiero un 17 de octubre”, refiriéndose a la pueblada alrededor de Comodoro Py al momento de ser indagada por el juez Claudio Bonadío.

La omnipotencia parece ser una suerte de segunda naturaleza que acompaña a todos lados a la viuda de Néstor Kirchner. Con una pizca menos de soberbia se hubiese cuidado de imponerlo a Aníbal Fernández como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero se salió con la suya y, con base en ese error mayúsculo, clausuró entonces las chances de Daniel Scioli de llegar a Balcarce 50. Con menos ínfulas y más tino —ante la advertencia del gobierno norteamericano respecto de los enjuagues dinerarios ilegales de Lázaro Báez— le habría cortado la cabeza al socio de su marido ya muerto. Pero no, lo dejó hacer. La impunidad de la cual gozaba le hacía ver un futuro venturoso, a prueba de balas.

La Señora no pierde las mañas, y así como en sus discursos diarios, durante los años que ocupó la presidencia, se convenció ella misma —antes de tratar de convencernos a nosotros— de que vivíamos en el mejor de los mundos, ahora sueña con multitudes apiñadas en torno a los tribunales, dispuestas a defenderla a capa y espada.

El problema con este tipo de deseos imaginarios es que, aun si tuviesen alguna posibilidad de llevarse a la práctica, no servirían. El antikirchnerismo se cansó de sumar gentíos a lo largo y ancho del país, desde el conflicto con el campo en adelante, sin que nada cambiara demasiado. Las grandes concentraciones se agotan no al día siguiente sino al instante en que comienza la desconcentración. Imaginemos que los saldos y retazos del movimiento que soñó quedarse en el poder para siempre, y hoy se halla a la intemperie, lograse juntar treinta mil personas. ¿Acaso intimidaría eso a Bonadío o a los jueces que se aprestan a indagar a la plana mayor kirchnerista en las próximas semanas? Hay multitudes que trasparentan poder sin necesidad de gritar, agitar banderas, entonar cantos bélicos o pintarse la cara. Y hay comparsas políticas que —más allá del folklore— delatan impotencia.

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Cristina Fernández no depende de los muchos simpatizantes que todavía le quedan sino de los pocos arrepentidos que alguna vez formaron parte de su séquito en calidad de generales —como Ricardo Jaime— o de soldados rasos —al estilo de Leonardo Fariña— y ahora, antes de ser condenados a penar sus pecados en silencio, han decidido contar todo cuanto saben, comprometiendo a sus jefes de otrora. En las mafias eso no sucede —salvo en casos excepcionales— porque quienes se quiebran o aceptan colaborar con las autoridades, saben que ellos o sus familias pagarán en el futuro caro su osadía. En las asociaciones ilícitas formadas por chapuceros, en cambio, no hay killers al acecho ni peligros mayores a la vista. Por eso Jaime y Fariña comenzaron a descorrer un velo que amenaza arrastrar, desde Cristina Fernández para abajo, a todo el círculo aúlico K. Julio De Vido está en la mira, igual que Amado Boudou. El ex–ministro ya fue citado por el juez Julián Ercolini. En tanto, el ex–vicepresidente —según los que lo conocen, convertido en una sombra respecto de lo que supo ser— espera turno para ser indagado.

Ni siquiera el escándalo generado por los Panamá Papers —que en circunstancias distintas podría haber obrado a la manera de un milagro y salvado a los K— sirvió de mucho. Primero, en razón de que, de momento, no hay delito en lo hecho por Macri. Segundo, en razón de que Macri es presidente mientras Cristina Fernández dejó de serlo. Tercero, porque comparado con el saqueo organizado por la familia santacruceña, una off shore en Panamá representa una nimiedad.

Mauricio debe preocuparse de borrar la mancha que le produjo una noticia. Cristina debe preocuparse de no ir presa. La diferencia entre una y otra situación es colosal. Aquél, para variar, comunicó el tema que lo aquejaba mal desde el inicio y debió pagar el precio de un gobierno novato, que corre tras los acontecimientos en lugar de adelantarse a los mismos. Pero el daño que sufrió no fue considerable. En todo caso a su imagen la afearon más, en la consideración popular, los aumentos de tarifas y la inflación que un presunto desmanejo financiero en Panamá. La Fernández, inversamente, quedó en la mira de la Justicia federal argentina —dato no menor— dispuesta a analizar, del derecho y del revés, sin temer las represalias del poder político, sus vínculos con el aparato de corrupción montado por su marido.

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Los mismos jueces que miraron para otro lado durante doce largos años y no movieron un dedo cuando sobraban evidencias a los efectos de investigar la posible comisión de delitos por parte del oficialismo de turno, ahora obran a la manera de feroces tardíos. La necesidad de purgar culpas pasadas los hace particularmente peligrosos; y el kirchnerismo lo sabe. No en balde los tuvo domesticados por tanto tiempo.

Las incógnitas que se han abierto a partir del arrepentimiento de Jaime y de Fariña son, cuando menos, tres. A saber: 1) si otros se acogerán a la misma figura legal con el objeto de cambiar información relevante por una reducción de la pena; 2) si también caerá en la volteada Máximo Kirchner; y 3) si Cristina Fernández seguirá más adelante el mismo camino de Milagro Sala. Mientras se develan estos interrogantes —lo que sucederá en el curso de las semanas por venir— el PJ debate, de puertas para adentro, cuál curso de acción es el más conveniente: no hay voluntad mayoritaria —ni mucho menos— de aguantar los trapos y cerrar filas junto a la ex–presidente; tampoco de crucificarla antes de tiempo. Entre la cerrada defensa del titular del partido en el distrito bonaerense, Fernando Espinosa, y la prudente declaración emanada del bloque de senadores justicialista, presidido por Miguel Ángel Pichetto, media un abismo. La viuda de Kirchner condujo al movimiento a una de sus peores derrotas hace cuatro meses, poco más o menos. Ahora lo obliga a una decisión respecto de su caso que el PJ no está en condiciones de adoptar.

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